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e. 01119 2 H. DE BALZAC

e JOGOS Azucena en el valle

NOVELA

TOMO I

La traducción del francés ha sido hecha por M. A. Bedoya

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e a: nj a > > MADRID, 1921

AL SEÑOR D. J. B. NACQUART

MIEMBRO DE LA REAL ACADEMIA DE MEDICINA

Querido doctor: He aquí una de las piedras más trabajadas en el segundo cuerpo de un edificio lite- rario, lenta y laboriosamente construído. En ella quiero grabar el nombre de usted, no sólo para dar las gracias al sabio que me salvó en otro tiempo, sino para honrar al amigo de siempre.

Dx BALzAo.

Honorato de Balzac, el más grande novelista fran» cés del siglo XIX, domina su época, no sólo por la imponente masa de sus inmumerables tomos, sino por la impresionante vitalidad que fluye en esa que él llamó «Comedia humana». Por las venas de sus personajes corre—decta Gautier—roja sangre, en vez de la tinta negra que hacen correr por la de los suyos la mayor parte de los escritores.

En ese torrente ensordecedor, en esa avalancha de vitalidad, aparece como tierna y humilde ¡lor extá- tica esta novela, proj Ímdamente emotiva, que lleva el simbólico nombre de AZUCENA EN EL VALLE. El amor es su tema; pero un amor exaltado en poesta y

en afanes purisimos, un amor más que platónico, un

amor divino, un amor de puros espiritus sobre la tie-

rra, de cándidas azucenas en el valle sensual y abiga- rrado de la vida. La historia sencilla de ese amor excepcional es el único enredijo, sin trama mas que en los corazones. No suceden en esta novela cosas mi casos extraordinarios; todo es intimo, todo acon- tece en el alma. Es, por decirlo ast, un libro de aventuras espirituales.

¡Caso raro en la obra de Balzac! El gran novelista no se detuvo nunea gustoso en pinturas idilicas; pero las pocas que ha dejado consagran su maestria, Aqui, como en todas sus novelas, existe una inti- ma adecuación entre las personas y las cosas. El

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valle y la azucena en él son tan esenciales uno como otra, y si alguna vez el lector pasa por ese maravi- lloso valle del Indre, en Turena, verá por todos los recodos del rio encantador, sobre los bosquecillos, en las praderas, la sombra inmortal de Féliz y Enri- queta, los dos amantes perfectos.

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AZUCENA EN EL VALLE

A LA SEÑORA CONDESA NATALIA DE MANERVILLE

Me rindo a tu deseo, El privilegio de la mujer a quien amamos más de lo que ella nos ama es hacer- nos olvidar a cada instante las reglas del buen sen- tido. Por no ver trazarse una arruga en vuestras frentes, por disipar la enojada expresión de vues- tros labios, que la menor contrariedad entristece, franqueamos milagrosamente las distancias, damos nuestra sangre y malogramos nuestro porvenir. Hoy quieres conocer mi pasado. Helo aquí; pero, sábelo bien, Natalia, para obedecerte he tenido que hollar repugnancias hasta hoy invioladas. Pero ¿por qué sospechas de los súbitos y largos desvaríos que se apoderan de en plena felicidad? ¿Por qué ese tu coqueto enfado de mujer adorada con motivo de un algún silencio? ¿Acaso no puedes jugar con los contrastes de mi carácter, sin preguntarme las causas? ¿Guardas tal vez secretos en tu corazón que para ser perdonados necesitan trocarse por los míos? En fin, lo has adivinado, Natalia, y quizá valga más que lo sepas todo. Sí, mi vida está domi- nada por un fantasma, que se dibuja vagamente a la menor palabra que lo provoca y que se agita a

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menudo por mismo dentro de mí. Tengo impo- nentes recuerdos, ocultos en el fondo de mi alma, como esas floraciones marinas que se distinguen en el fondo del Océano, durante la calma, y que las olas de la tempestad arrojan a la playa. Aunqueel esfuerzo que se necesita para expresar las ideas haya contenido esas antiguas emociones que tanto daño me hacen cuando despiertan, si hay en esta confesión destellos que te hieran, recuerda que me has amenazado si no te obedecía; y no castigues mi acatamiento. Quisiera que mi confidencia dupli- case tu ternura, Hasta esta noche. —FéLIx.

¿A qué talento criado en el llanto deberemos alguna vez la más conmovedora elegía, la des- cripción de los tormentos que sufren en silencio esas almas, cuyas raigambres, tiernas todavía, no hallan sino duros guijarros en el hogar, cuyas pri- meras florescencias son desgarradas por las manos

del odio, y cuyas flores se hielan al instante de -

abrirse? ¿Qué poeta nos contará los dolores del

y 08 cuyos labios amamantan un seno acibarado - cuyas sonrisas son reprimidas por el fuego de--;

vorador de una mirada implacable? La ficción que lograse representar estos pobres corazones, oprimidos por los seres que les rodearon para fa- vorecer el desarrollo de su sensibilidad, sería 1

verdadera historia de mi juventud. ¿Qué vanidat. podía yo herir, infeliz recién nacido? ¿Qué de- fecto físico o moral motivaba la frialdad de mi

madre? ¿Era yo, acaso, el hijo del deber, aquel

euyo nacimiento es obra de la casualidad o cur f vida es un reproche? Fuí dado a criar en el car f po y olvidado por mi familia durante tres añ. cuando regresé al hogar paterno significaba t. [1 poca cosa, que llegué a despertar la compas de los demás. Ignoro el sentimiento y la feliz cif sualidad a cuyo amparo pude levantarme de e primera caída. Dentro de mismo, el niño ignora | y el hombre nada sabe. Lejos de dulcificar mi suerte, mi hermano y mis dos hermanas se entretenían.e hacerme sufrir. El pacto en cuya virtud los niños £ ocultan sus pecadillos y que ya les da una idea del A honor, no existió ib más oline ecuancia 3 fuí castigado por 2upa de mi hermano, sin poder reclamar contra semejantes injusticias, ¿El ser: vilismo, naciente en los niños, les aconsejaba acas contribuir a las persecuciones que me afligían, para ganar valimiento con una madre a quien ellos te bién tenían? ¿Era un efecto de su tendencia a la imitación? ¿Era necesidad de probar sus fuerzas O

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me privaran de las dulzuras de la fraternidad Desheredado de todo afecto, nada podía yo amar,

amante. ¿Recoge un ángel los suspiros de una sen- sibilidad rechazada sin cesar? Si en algunas almas los sentimientos incomprendidos se truecan en odir en la mía concentráronse y cavaron un lecho, den de cuyo fondo irradiaron luego sobre mi vida. La costumbre de temblar relaja las energías, en- gendra el miedo, y el miedo obliga siempre a ceder,

12 : De ahí viene una debilidad que bastardea al hom- bre y le imprime un no qué de esclavo. Pero a las continuas tormentas me acostumbraron a desarrollar una fuerza, que se acrecentó con el . ejercicio y predispuso mi alma a las resistencias morales. Esperando siempre un nuevo dolor, como los mártires esperaban un nuevo golpe, todo mi ser debió expresar una resignación sombría, a cuyo influjo sofocáronse las gracias y los impulsos de la infancia; actitud ésta que pasó por síntoma de idio- tez y justificó los siniestros pronósticos de mi madre, La certidumbre de estas injusticias despertó pre- aturamente en mi alme la altivez, fruto de la :razón, que sin duda detuvo las' malas inclinacio- nes producidas por semejante educación. Aunque “tenido a menos por mi madre, era a veces Objeto de sus eserúpulos, pues hablaba de mi instrucción y ¡manifestaba deseos de ocuparse de ella. Enton- ces me acometían convulsiones horribles al pen- sar en los desgarramientos que me causaría la h cotidiana vida en común con ella. Bendecía mi “abandono, y me sentía dichoso de poder quedarme en el jardín, para jugar con las piedrecillas, obser- —yar los insectos y contemplar el azul del firma- . mento. Aunque la soledad debió conducirme al en- gueño, mi gusto por la contemplación nació de una aventura que dará una idea de mis primeras des- gracias, Tan poco caso se hacía de mí, que la insti- tutriz se olvidaba a menudo de acostarme. Una / noche, agazapado tranquilamente bajo una higuera, ¿miraba una estrella con esta pasión de curiosidad

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que domina a los niños y a la cual mi melancolía precoz añadía una especie de inteligencia senti- mental. Mis hermanos se divertían y gritaban, y yo escuchaba su lejana algarabía, como si fuese un acompañamiento a mis ideas. El ruido cesó; vino la noche. Por casualidad mi madre advirtió mi ausencia. Para evitarse una reprensión, nuestra aya, una terrible señorita Carolina, justificó las falsas aprensiones de mi madre, asegurando que yo miraba la casa con horror; que si no me hubiese vigilado atentamente, ya me habría escapado; que no era imbécil, sino bellaco, y que entre todos los niños puestos bajo sus buidados no había visto uno de tan pésimas inclinaciones como yo. Aparentó buscarme, me llamó, respondí, y se llegó a la higuera, donde sabía que estaba.

¿Qué hacía usted ahí?—me dijo,

—Miraba una estrella.

—No mirabas una estrella —exclamó mi madre, que nos escuchaba desde lo alto de su balcón—. ¿Saben astronomía los niños de tu edad?

—¡Ah, señora —exclamó la señorita Carolina—, ha dejado abierto el grifo del depósito, y el jardín está inundado!

Aquello fué un rumor general. Mis hermanas se habían entretenido en dar vueltas al grifo para ver correr el agua; pero, sorprendidas por un fuerte chorro que las mojó, se aturdieron y escaparon sin acertar a cerrarlo. Convicto de haber urdido aquella aventura, y acusado de mentir porque de- fendía mi inocencia, fuí severamente castigado.

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¡Tremendo castigo! Se burlaron de mi amor por las estrellas, y mi madre me prohibió quedarme de noche en el jardín. Las prohibiciones tiránicas agudizan los deseos, más aún en los niños que en los hombres. Aquéllos tienen sobre éstos la ven- taja de no pensar mas que en la cosa prohibida, que suele ofrecerles atractivos irresistibles. Fre- cuentemente me pegaron por causa de mi estrella. No pudiendo confiarme a persona alguna, contaba a la estrella mis pesares en ese delicioso gorjeo interior con que los niños musitan sus primeras ideas, así como en otro tiempo balbucearon sus primeras palabras. A la edad de doce años, estando en el colegio, todavía la contemplaba, experimen- tando delicias indecibles; ¡tan profundas son las huellas que dejan en el corazón las impresiones recibidas en los comienzos de la vida!

Cinco años mayor que yo, mi hermano Carlog era tan hermoso de niño como lo es hoy de hombre. -Era el preferido de mi padre, el amor de mi madre, la esperanza de mi familia, y, por consiguiente, el rey de la casa. Bien formado y robusto, le pusieron preceptor, Yo, pequeño y enclenque, fuí colocado a los cinco años como externo en un colegio de la ciudad, adonde iba por la mañana y de donde regresaba por la tarde de la mano del ayuda de cámara de mi padre. Salía de casa llevando un cesto poco provisto, mientras que mis compañeros llevaban abundantes provisiones. Este contraste entre mi escasez y su riqueza me hizo sufrir. Las célebres salchichas y chicharrones de Tours com-

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ponían el principal elemento del refrigerio que tomábamos al mediodía, entre el desayuno y la comida de la casa, cuya hora coincidía con la-de nuestra vuelta del colegio. Esta preparación, tan estimada por algunos golosos, se sirve raramente en las mesas aristocráticas de Tours, y aunque había oído hablar de ella antes de ingresar en la escuela, jamás había tenido la dicha de ver untado para un pedazo de pan con este obscuro embu- tido. Pero aunque no hubiese estado de moda en el colegio, no por eso mi deseo hubiera sido me- nos violento, pues se convirtió en idea fija, seme- jante a las ganas que sintió una de nuestras más elegantes duquesas de París de comer los guisotes de las porteras; y las satisfizo, pues era mujer. Los niños adivinan el deseo en las miradas como lees en ellas el amor; me convertí entonces en excelente objeto de mofa. Mis compañeros, que casi todos pertenecían a la pequeña burguesía, venían a enseñarme sus rebanadas de pan, pre- guntándome con tono burlón si sabía cómo se ha» cían los chicharrones, dónde se vendían y por qué no los llevaba yo. Regocijábanse mostrándome esos residuos de cerdo, fritos en su misma grasa, y que simulaban trufas cocidas. Fiscalizaban mi cestillo, y, no encontrando sino queso de Olivet y frutas secas, me asesinaban con un «¿Tú no tienes para comprarlo?», que me enseñó a caleu- lar la distancia que me separaba de mi hermano. Este contraste entre mi abandono y la felicidad de los demás ha marchitado las rosas de mi in-

16 fancia y ajado mi tierna juventud. La primera vez que, engañado por un sentimiento generoso, ex- tendí la mano para aceptar el tan apetecido fiam- bre que se me ofreciora con gesto hipócrita, mi burlador lo retiró, entre las risas de sus compa- fieros, advertidos del preparado desenlace. Si los espíritus más selectos son accesibles a la vanidad, ¿cómo no absolver al niño que llora de verse des- preciado, vejado? ¡Cuántos niños, a consecuencia de este juego, se habrán tornado golosos, pedi- giieños y cobardes! Para evitarme persecuciones, reñí, El valor de la desesperación hízome temible; pero, al ser objeto de odio, quedéme sin defensa contra las traiciones. Una tarde, al salir de la es- cuela, recibí en la espalda un golpe dado con un pañuelo anudado y lleno de piedras. Cuando el criado, que me yengó ejemplarmente, refirió el easo a mi madre, ésta exclamó: E

—Este maldito niño no nos proporcionará mas que disgustos!...

Me poseyó una terrible desconfianza de mis- mo, encontrando en la escuela la misma repulsión que yo inspiraba en mi familia. En la escuela, como en el hogar, me refugié en mi intimidad. Una segun- da nevada retardó la floración de los gérmenes sem- brados en mi alma. Aquellos a quienes yo veía ama- dos eran unos frívolos pilluelos, Mi altivez se apoyó en esta observación, y me quedé aislado. De este modo continuó la imposibilidad de expansionar los sentimientos que llenaban mi pobre corazón, Viéndome siempre sombrío, odiado y solitario, el

177 maestro confirmó las suposiciones equivocadas que mi familia tenía sobre mi mal carácter. Cuando supe leer y escribir, me envió mi madre a Pont-le- Voy, a un colegio dirigido por los padres del Ora- torio, que recibían a los niños de mi edad en un aula denominada la clase de los «Vo latinos», donde permanecían también los escolares cuya tar- día inteligencia resistíase al aprendizaje de los ru- dimentos de latinidad. Allí permanecí ocho años sin ver a nadie y haciendo vida de paria. He aquí cómo y por qué. Los tres francos mensuales que tenía para mis caprichos, apenas me bastaban para plumas, lapiceros, reglas, tinta y papel, de que era iorzoso proveerse. De modo que, no pudiendo ad- quirir ni zancos, ni cuerdas, ni ninguno de los obje- tos necesarios para los juegos de la escuela, quedaba desterrado de los recreos; para ser admitido hubiera tenido que adular a los ricos o a los fuertes de mi sección. La menor de estas cobardías que se permi- ten tan fácilmente los niños sublevaba mi ánimo.

Permanecía bajo un árbol, sumido en quejum- brosas contemplaciones, y leía los libros que men- sualmente nos distribuía el bibliotecario. ¡Cuán- tos dolores se ocultaban en el fondo de esta mons- truosa soledad! ¡Qué angustias engendraba mi abandono! Imaginad lo que mi alma tierna debió sufrir en la primera distribución de premios, donde obíttive los dos más considerados: el del tema y el de la versión. Al ir a recibirlos al teatro, en medio de las aclamaciones y de la música, ni mi padre ni- mi madre estaban allí para felicitarme, mientras

AZUORNA.—T. 1. 2

18 que la sala se hallaba llena de las familias de mis compañeros. En vez de besar al profesor, como es costumbre, me precipité en sus brazos anegado en lágrimas. Por la noche quemé mis laureles en la estufa. Los padres de los estudiantes permanecían en la ciudad durante la semana de exámenes que precedía a la distribución de premios; de modo que mis camaradas salían todos alegremente por la ma- ñana, mientras que yo, no obstante estar apenas separado de mis padres por unas cuantas leguas, permanecía en los patios con los «ultramarinos», mote de aquellos que tenían sus familias en las colonias o en el extranjero. Por la noche, durante la oración, los bárbaros nos enrostraban los festines tenidos con sus padres. Veréis crecer siempre mi des- gracia en proporción de la circunferencia que abar- quen las esferas sociales en que vaya penetrando. ¡Cuántos esfuerzos no hice para anular la sentencia que me condenaba a vivir dentro de mi mismo! ¡Cuántas esperanzas concebidas largo tiempo con mil arrebatos del alma y destruídas en solo un día!... Para decidir a mis padres a venir al colegio, les escribía cartas llenas de sentimiento, quizá en- fáticamente expresado; pero dichas cartas ¡mere- cían haberme atraído los reproches de mi madre, quien me amonestaba con ironía sobre mi estilo? Sin desmayar, prometía cumplir las condiciones que mis padres impusieran. Imploraba el apoyo de mis hermanas, a quienes escribía en las fechas de su santo y cumpleaños con la exactitud de los pobres niños abandonados, pero con inútil persis-

19 tencia. Al aproximarse la distribución de premios, redoblaba mis súplicas y hablaba de los éxitos pre- sentidos. Engañado por el silencio de mis padres, los esperaba con el corazón henchido, anunciándolos a mis compañeros; y cuando, a la llegada de las fa- milias, resonaban en el corredor los pasos del viejo portero que llamaba a los colegiales, sentía enton- ces palpitaciones enfermizas. ¡Jamás ese anciano pronunció mi nombre! El día en que me acusé de haber maldecido la existencia, mi confesor me mos- tró el cielo, donde florecía la palma prometida por el Beati qui lugent?, del Salvador. A partir de mi primera comunión, me precipité en las misterio- sas profundidades de la oración, seducido por las ideas religiosas, cuyas maravillas morales encantan a los espiritus jóvenes. Animado de una ardiente fe, rogué a Dios resucitase en mi favor los fasci- nadores milagros que leía en el Martirologio. A los cinco años había volado tras una estrella; a los doce iba a llamar a la puerta del santuario. El éxtasis hizo florecer en sueños inefables, que poblaron mi imaginación, enriquecieron mi ter- nura y fortificaron mis facultades pensadoras. Con frecuencia atribuí estas visiones sublimes a los ángeles encargados de modelar mi alma para santos destinos; ellas han dotado a mis ojos de la facultad de ver el espíritu íntimo de las cosas; han preparado mi corazón para las magias que hacen desgracia- dos a los poetas, cuando tienen el poder fatal de comparar lo que sienten con lo que es, las grandes cosas anheladas con lo poco que de ellas se logra;

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han escrito en mi mente un libro en que he podido leer lo que debía expresar, y pusieron en mis labios la llama del improvisador.

Mi padre concibió ciertas dudas respecto de la enseñanza oratoriana, y vino a sacarme de Pont- le-Voy y llevarme a París, a un Instituto situado en el Marais. Yo tenía quince años. Una vez sometido a examen, el alumno de la clase de retórica de Pont-le-Voy fué digno de ser admitido en la tercera clase. Pero los mismos dolores que había experi- mentado en el hogar, en la escuela y en el colegio, los encontré, bajo una nueva forma, durante rmi estancia en el Instituto Lepítre. Mi padre no me había dado ningún dinero. Como supiese que estaba bien alimentado, vestido, ahito de latín y relleno de griego, ereía que todo estaba ya resuelto. Durante el . curso de mi vida de colegial, he conocido a unos mil compañeros y en ninguno he encontrado ejerm- plo de parecida indiferencia. Fanáticamente adicto alos Borbones, el señor Lepítre, que había tenido tratos con mi padre durante el período en que algu- nos realistas decididos trataron de sacar del Tem- plo a la reina María Antonieta, reanudó sus rela- ciones con el autor de mis días. El señor Lepítre se ereyó, pues, obligado a subsanar el olvido de mi padre; pero la cantidad que mensualmente me se- ñaló fué escasa, pues ignoraba las intenciones de mi familia. El Instituto estaba instalado en el antiguo Palacio de Joyeuse, en el cual, como en todas las “casas señoriles, había una amplia portería. Durante el recreo que precedía a la hora en que el pasante

> 21 nos llevaba al liceo Carlomagno, los estudiantes opulentos iban a desayunar a casa de nuestro por- tero, llamado Doisy. El señor Lepítre ignoraba o consentía este negocio del 'portero, verdadero con- trabandista, que los discípulos tenían interés en mimar. El era el cómplice de nuestros extravíos, el confidente de nuestras entradas tardías y el in- termediario con los tratantes en libros prohibidos. Desayunar con una taza de café con leche era un gusto aristocrático, y ello se explica por el precio excesivo a que llegaron los artículos coloniales bajo el imperio de Napoleón. Si el uso del azúcar y del café constituía lujo en los padres, en nosotros de- notaba una superioridad vanidosa que hubiese en-. gendrado una pasión de no haber bastado para ello la propensión a imitar, la glotonería y el contagio de la moda. Doisy nos abría crédito, suponiéndo- nos hermanas o tías que aprobasen nuestra vani- dad y pagasen nuestras deudas. Resistí mucho tiempo a estas seducciones, y si mis jueces hubie- sen conocido la fuerza de ellas, las heroicas aspira» ciones de mi alma hacia el estoicismo y los furores contenidos durante una larga resistencia, hubieran enjugado mis lágrimas en vez de hacerlas derra- mar. Pero ¿podría yo tener, niño aún, esa gran- deza: de alma que hace despreciar el desprecio de los demás? Por otra parte, sentía yo la acometida de algunos vicios sociales, cuya fuerza aumentóse por mi codicia. Al terminar el segundo año, mis padres vinieron a París. El día de su llegada me fué anunciado por mi hermano, que habitaba en

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la capital, y que, sin embargo, no me había he- cho una sola visita. Mis hermanas les acompaña- ban y debíamos ver juntos París. El primer día iríamos a cenar al Palais Royal y luego visita- ríamos todos el Teatro Francés, A pesar de la em- briaguez que me causó aquel programa de fies- tas inesperadas, mi alegría fué turbada por ese viento de tempestad que tan rápidamente impre- siona a los familiarizados con la desgracia. Tenía que confesar una deuda de cien francos contraída con Doisy, el cual me amenazaba con pedir en persona el dinero a mis padres. Entonces decidí tomar a mi hermano por dragomán de Doisy, por intérprete de mi arrepentimiento y por in- termediario de rai perdón. Mi padre se inclinó a la indulgencia, pero mi madre fué irreductible. La mirada de sus ojos azules me petrificó; ful- minó terribles profecías. ¿Qué sería yo más tarde si a la edad de diez y siete años hacía semejan- tes calaveradas? ¿Efectivamente era yo su hijo? ¿Trataba de arruinar a la familia? ¿No había que atender a nadie mas que a mí? ¿No exigía la ca- rrera elegida por mi hermano Carlos una dota- ción independiente, merecida por una conducta que honraba a la familia, mientras que yo sería su vergiienza? ¿Se casarían mis hermanas, sin dote? ¿Desconocía yo el valor del dinero y lo que les costaba? ¿De qué servían el café y el azúcar para la educación? Conducirse de ese modo, ¿no era aprender todos los vicios? Marat era un ángel comparado conmigo. Después de haber experi-

23 mentado el choque de aquel torrente, que derramó mil terrores en mi alma, mi hermano me llevó otra vez al colegio... Perdí la comida en “Los Her- manos Provenzales? y me privé de ver a Talma en “Británico». Tal fué mi entrevista con mi madre, después de doce años de separación.

Cuando terminé las humanidades, dejóme mi padre bajo la tutela del señor Lepítre. Debía apren- der matemáticas trascendentes, cursar el primer año de Derecho y comenzar los estudios superio- res. Puesto a pupilo y libre de las clases, estimé que se abría una tregua entre la miseria y yo. Pero, a pesar de mis diez y nueve años, o tal vez a causa de ellos, mi padre continuó el sistema por el cual me había hecho ir a la escuela sin provi- siones de boca; al colegio, sin pequeños gastos, y que había convertido a Doisy en mi acreedor, Tuve.poco dinero a mi disposición. Y ¿qué hacer en París sin dinero? Por otra parte, mi libertad fué sabiamente encadenada. El señor Lepitre hacía que me acompañase a la escuela de Derecho un criado, que me entregaba en manos del profesor, y después venía a buscarme. Una doncella habría sido guardada con menos precauciones que las que los recelos inspiraron a mi madre para conservar ri persona. París espantaba con razón a mis pa- dres. Los escolares piensan secretamente en lo que también preocupa a las señoritas en sus co- legios; por mucho que se haga, éstas hablarán siempre del novio, y aquéllos, de mujeres. Pero en París, a la sazón, las charlas entre compañeros

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eran generalmente inspiradas por el mundo exó- tico y sultanesco del Palais Royal. Este era un Eldorado de amor, donde por la noche corrían los lingotes acuñados. Allí cesaban las dudas más su- tiles, allí se aniquilaba nuestra excitada curiosi- dad. El Palais Royal y yo fuimos dos asintotas, dirigidos uno hacia otro, sin poder encontrarse nunca. He aquí cómo la suerte burló mis tenta- tivas. Mi padre me había presentado en casa de una de mis tías, que habitaba en la isla de San Luis; allí debía yo ir a cenar los jueves y los do- mingos, conducido por la señora o por el señor Lepitre, quienes por aquellos días iban a reco- germe de noche cuando volvían a casa. ¡Singulares recreos! La marquesa de Listomére era una gran dama ceremoniosa, a quien núnca se le ocurrió ofrecerme un escudo. Vieja como una catedral, pintada como una miniatura, suntuosa en sus ata- víos, vivía en su hotel como si Luis XV no hubiese muerto, sin más sociedad que nobles viejas e hidal- gos de antaño, cuerpos fósiles entre los cuales me consideraba como en un cementerio. Nadie me diri- gía la palabra, y nunca me sentí con fuerzas para ser el primero en hablar, Las miradas frías u hosti- les que se me dirigían obligábanme a tener ver- gúenza de mi juventud, que parecía importunar- les. Fundó: el éxito de mi escapatoria en esta indiferencia, proponiéndome escurrir el bulto cierto día, una vez terminada la cena, para volar a las Galerías. Tan pronto como fuese empeñada Ja partida de whist mi tía dejaría de reparar en xní.

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Juan, su criado, se cuidaba muy poco del señor Lepitre; pero aquella malhadada comida se pro- longaba desgraciadamente, a causa de la debili- dad de las mandíbulas o de la imperfección de las dentaduras. Por fin, una noche, entre ocho y nueve, había ganado la escalera, palpitante como Bianca Capello el día de su fuga; pero cuando el portero fué a abrirme la puerta vi. en la calle el coche del señor Lepitre y su voz cavernosa que me llamaba. Tres veces la casualidad se inter- puso entre el infierno del Palais Royal y el pa- raíso de mi juventud. El día en que, avergonzado de ser tan ignorante a los veinte años, resolví afrontar todos los peligros para concluir de una vez, en el momento mismo en que, subiendo el señor Lepitre a su carruaje, trataba yo de. esca- bullirme (pues mi guardián estaba rollizo como Luis XVII y tenía los pies torcidos), para des- aparecer de su vista, en aquel momento mi ma- dre llegaba en silla de posta. Su mirada me de- * tuyo y permanecí como un pájaro delante de la ser- piente. ¿Por qué casualidad se encontraba allí? Nada más natural. Napoleón jugaba su última par- tida, y mi padre, presintiendo la vuelta de los Bor- bones, iba a prevenir a mi hermano, empleado ya en la diplomacia imperial. Había salido de Tours con mi madre, encargada de sacarme de París, para sustraerme a los peligros de que creían amenazada la capital los que seguían con inteligencia la mar- cha de los enemigos.

En pocos minutos fuí sacado de París, en el ins-

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tante en que la permanencia en él iba a serme fatal. Los tormentos de una imaginación sin cesar agi- tada por deseos reprimidos, el agobio de una vida constantemente entristecida por privaciones, me * habían obligado a lanzarme al estudio como en otro tiempo; los hombres cansados de su suerte se recluían en el claustro. El estudio había llegado a ser en una pasión que podía ocasionarme conse- cuencias fatales, durante el período en que los jóvenes deben entregarse a las encantadoras acti- vidades de su naturaleza primaveral,

Este ligero croquis de una juventud en la que adivinas, sin duda, innumerables elegías, era nece- sario para explicar la influencia que el pasado ejerció en mi porvenir. Afectado por tantos ele- mentos mórbidos, era yo, a los veinte años cum- plidos, pequeño, delgado y pálido. Mi alma, llena de deseos, luchaba con mi cuerpo, débil en apa- riencia; pero que, según decía un anciano médico de Tours, sufría la última fusión de un tempe- ramento de hierro. Niño por el cuerpo y viejo por el pensamiento, había leído y meditado tanto, que conocía metafísicamente las alturas de la vida, en el momento en que iba a advertir las dificultades tortuosas de sus desfiladeros y los caminos enare- nados de sus llanuras. Azares inauditos me ha- bían dejado en ese delicioso período en que sur- gen las primeras turbaciones del alma, en que se despiertan las voluptuosidades, en que para ella todo es razonado y fresco. Hallábame entre mi pubertad, prolongada por mis trabajos, y mi vi-

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rilidad, que echaba tardíamente sus verdes ramas. Ningún joven estaba tan preparado para sentir y para amar como yo. Para comprender mi narra- ción, vuelve a esa hermosa edad en que la boca está virgen de mentiras; en que la mirada es fran- ca, aunque velada por los párpados, sobre los cuales gravita la timidez en lucha con el deseo; en que el espíritu no se doblega ante el jesuitismo de la sociedad y en que la cobardía del corazón iguala en violencia a la generosidad del primer impulso.

No te hablaré del viaje que hice de París a Tours en compañía de mi madre. La frialdad de sus mane- ras reprimió la expansión de mi ternura. A partir de cada nuevo relevo me prometía hablarle; pero una mirada, una palabra, desordenaban las frases pru- dentemente meditadas para mi exordio. En Or- leáns, en el momento de acostarse, mi madre me reprochó mi silencio. Me arrojé a sus pies, abracé sus rodillas y llorando a lágrima viva le abrí mi corazón henchido de afectos; traté de conmoverla con la elocuencia de unas quejas que expresaban mis ansias de amor y cuyos lamentos hubieran conmo- vido las entrañas de una madrastra. Mi madre me respondió que yo representaba una comedia. Que- jéóme de su abandono y me llamó hijo desnatura- lizado. Oprimióseme de tal suerte el corazón, que' en Blois corrí al puente para arrojarme al Loire, La altura del parapeto impidió mi suicidio.

Al llegar a casa, mis dos hermanas, que no me conocían, demostraron más extrañeza que cariño. Sin embargo, más tarde, por comparación, me pa-

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recieron llenas de amistad hacia mí. Alojáronme er una habitación del tercer piso. Comprenderás la importancia de mis miserias cuando te diga que mi madre me dejó a mí, joven de veinte años, sin más ropa blanca que la de mi pobre equipo del colegio, y sin otros trajes que los de París. Si volaba de un extremo a otro del salón para reco- ger su pañuelo, me daba Jas gracias como pudiera darlas a un criado. Obligado a observarla para co- nocer si había en su corazón lugares accesibles en donde pudiese arraigar algún afecto, vi en ella una mujer seca y delgada, fría, egoísta e imper- tinente, como todas las Listomére, en quienes la impertinencia forma parte de la dote. No veía en la vida sino deberes que llenar. Todas las muje- res frías que he conocido hacían, como ella, una religión del deber. Recibía nuestras adoraciones como un sacerdote recibe el incienso en la misa. Mi hermano mayor parecía haber absorbido el poco amor maternal que había en su corazón. Nos punzaba sin cesar con salidas de una ironía mor- daz, arma de las gentes sin corazón, y de la cual se servía contra nosotros, que no podíamos res- ponderle. A pesar de estas barreras erizadas de es- pinas, los sentimientos instintivos se mantienen por tales raíces y conserva tantos lazos en el reli- gioso temor inspirado por una madre, de la que cuesta mucho trabajo desesperar, que el sublime error de nuestro cariño continuó hasta el día en que, más avanzados en la vida, fué soberanamente iuzgada. En ese día comienzan las represalias de

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tos hijos; su indiferencia, engendrada por las de- cepciones del pasado y aumentada por los restos cenagosos que arrastran, se extiende hasta la tum- ba. Aquel terrible despotismo ahuyentó las ideas vyoluptuosas que locamente había esperado satis- facer en Tours. Me recluí, desesperado, en la biblio- teca de mi padre, y me dediqué a leer todos los libros que no conocía. Mis largas horas de trabajo me evitaron todo contacto con mi madre, pero agravaron mi situación moral. A veces, mi her- mana mayor, la casada con mi primo el marqués de Listomére, procuraba consolarme sin poder cal- mar la irritación de que era presa, Quería morir.

Grandes acontecimientos, a los cuales yo era extraño, preparábanse a la sazón. Habiendo salido de Burdeos el duque de Angulema, para unirse a Luis XVIII en París, recibía a su paso por todas las ciudades las ovaciones preparadas por el entu- siasmo que producía en la vieja Francia la vuelta de los Borbones. La Turena, conmovida por sus príncipes legítimos; la ciudad, en agitación; los balcones empavesados; los habitantes, endomin- gados; los preparativos de la fiesta y un no qué esparcido por el aire, que me embriagó, inspirá- ronme el deseo de asistir al baile ofrecido al prín- cipe. Cuando reuní la audacia suficiente para ex- presar este deseo a mi madre, demasiado enferma entonces para asistir a la fiesta, se enfureció gran- demente. ¿Llegaba yo del Congo para no saber nada? ¿Cómo podía imaginarme que nuestra fa- milia no había de estar representada en aquel

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baile? En ausencia de mi padre y de mi hermano, ¿no era yo quien debía asistir? ¿No tenía yo una madre que únicamente pensaba en la felicidad de sus hijos? En un momento, el hijo casi descali- ficado convertíase en un personaje. Me vi tan abru- mado por mi importancia, como por el diluvio de razones, irónicamente expresadas por mi madre, al escuchar mis súplicas. Interrogué a mis hermanas y supe que mi madre, a quien gustaban estos golpes de teatro, se había ocupado de mi traje. Ocupados en satisfacer las exigencias de sus clientes, ningún sastre había podido encargarse de vestirme. Mi madre había apelado a su costurera, que, según es uso en provincias, sabía hacer toda clase de ves- tidos. Bien o mal, se me confeecionó un frac azul. Encontráronse fácilmente medias de seda y escar- pines nuevos. Como los chalecos se llevaban cortos, pude ponerme uno de mi padre, y por primera vez tuve una camisa con chorreras cuyos encajes cu- brieron mi pecho y se arrugaron bajo el nudo de la corbata. Cuando estuve vestido me encontré tan desfigurado, que mis hermanas tuvieron que darme con sus felicitaciones valor para presentarme ante la Turena reunida,

¡Atrevida empresa! En aquella fiesta había de- masiados llamados para que hubiese bastantes ele- gidos. Gracias a mi exigua estatura pude deslizar- me hasta llegar a una tienda construída en los jar- dines de la casa Papion y colocarme cerca de la poltrona que servía de trono al príncipe. En un momento fuí sofocado por el calor, deslumbrado

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por las iluminaciones, por los tapices rojos, por los adornos dorados, por los vestidos y los diarnantes de la primera fiesta pública a que asistía.

Me atropellaba una multitud de hombres que se amontonaban unos sobre otros y se empujaban en medio de una nube de polvo. Los cobres sonoros y los ruidosos acordes de la música militar quedaban ahogados por los gritos de ¡Viva el duque de Angu- lema! ¡Viva el rey! ¡Vivan los Borbones!» Esta fiesta era un derroche de entusiasmo, en que cada uno trataba de sobrepujar a los demás en el feroz afán de saludar al naciente sol de los Borbones. Verda,

dero egoísmo de partido, que me dejó frío y quemas 3 an

movió a reconcentrarme en mismo.

Llevado como un átomo por aquel torbellinody úe

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tuve el deseo infantil de ser.duque de Angulema y de mezclarme entre aquellos príncipes que así se mostraban ante un público entusiasmado. La necia envidia del turenés hizo brotar en una ambi- ción que mi carácter y las cireunstancias ennoble- cieron. ¿Quién no ha envidiado alguna vez esa apoteosis, cuya repetición grandiosa pude presen- ciar algunos meses después, cuando París entero se precipitaba hacia el emperador, a su regreso de la isla de Elba? Ese imperio ejercido sobre las masas, cuyos sentimientos y cuya vida se encie- rran y reconcentran en una sola personalidad, en una sola alma, me consagró de repente a la gloria, sacerdotisa que degúella a los franceses de hoy, como en otro tiempo la druida sacrificaba a los galos. De pronto encontré a la mujer que debía agui-

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jonear sin tregua mis ambiciosos deseos y colmar- los, lanzándome al corazón de la realeza. Como era demasiado tímido para invitar a bailar a una dama, y temía, por otra parte, embrollar las figu- ras, me sentí naturalmente turbado, no sabiendo qué hacer de mi persona. Cuando más sufría el malestar causado por los apretones de la multi- tud, un oficial me pisó los pies, que yo tenía hinchados, tanto por la compresión del cuero como por el calor. Este último incidente hizo que me disgustase la fiesta, y, siéndome imposible sa- lir, me refugié en un rincón, sentándome sobre el extremo de una banqueta abandonada, donde ¡permanecí con los ojos fijos, inmóvil y enfadado. Engañada por mi mezquina apariencia, una mu- jer me tomó sin duda por un niño, dispuesto a dormirse esperando la vuelta de su madre, y se «colocó a mi lado con el movimiento de un pájaro que se lanza sobre su nido. En el mismo ins- tante sentí un perfume de mujer que embriagó mi alma como la poesía oriental. Miré a mi vecina y quedé más deslumbrado por su hermosura que lo había sido por la fiesta; ella fué para la fiesta toda. Si has comprendido bien mi vida an- terior, adivinarás los sentimientos que nacieron en mi corazón. Mis ojos se fijaron en unos hombros blancos y mórbidos, sobre los cuales hubiera querido poder precipitarme; unos hombros ligeramente son- rosados, que parecían enrojecer por el rubor, como si se encontrasen desnudos por vez primera; unos hombros púdicos, que tenían un alma, y cuya piel

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33 satinada brillaba a la luz como un tisú de seda; esos hombros, en fin, dividíalos una raya, a lo largo de la cual corrió mi mirada, más atrevida que mi mano. Me empiné, palpitante de emoción, para verle el escote, y quedé completamente fascinado por un pecho castamente cubierto con una gasa, pero cuyos globos azulados, de una redondez per- fecta, reposaban dulcemente sobre olas de encaje. Los más ligeros detalles de aquella cabeza fueron incentivos que despertaron en goces infinitos; el brillo de los cabellos ondulantes sobre un cuello aterciopelado como el de una niña; las líneas blan- eas que el peine había dibujado en ellos y por las cuales corrió mi imaginación como por frescos . senderos, todo esto me hizo perder la cabeza. Des- pués de asegurarme de que nadie me veía, me su- mergí en aquellas espaldas como un niño se arroja al seno de su madre, y besé aquellos hombros, rodando por ellos mi cabeza. La dama lanzó un grito penetrante, que la música apagó; volvióse, me vió y me dijo: «Caballero!...»

¡Oh! Si me hubiese dicho: «¿qué te pasa, niño?» tal vez la hubiese matado; pero al oír aquel «caba- llero!», lágrimas ardientes brotaron de mis ojos y quedé petrificado ante aquella mirada, que animaba una santa cólera, ante aquella cabeza sublime coro- nada por una diadema de cabellos negros en armo- nía con aquellos hombros de amor. La púrpura del pudor ofendido brilló en su rostro, que des- armaba ya el perdón de la mujer que comprende un frenesí, cuando ella misma lo inspira, y que

AZUCENA.—T 1, 3

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adivina adoraciones infinitas en las lágrimas del arrepentimiento. Alejóse con ademán de reina; sentí el ridículo de mi posición, y solamente entonces conocí que estaba vestido como el mono de un saboyano; tuve vergúenza de mí, y permanecí ale- lado, saboreando la manzana que acababa de robar, conservando sobre mis labios el calor de aquella sangre que había sorbido y siguiendo con la mirada a esa mujer que bajaba del cielo. Dominado por el primer aspecto carnal de la gran fiebre del co- razón, erró por el baile, que ya estaba desierto, sin poder encontrar a mi desconocida. Me fuí a dormir, metamorfoseado. »

Un alma nueva, un alma de alas diamantinas había roto su larva. Caída de las azules esferas en que la admiraba, mi querida estrella se había hecho mujer, conservando su claridad, sus fulgores y su frescura. Amaba de repente, sin saber lo que era amor. ¿No es una cosa extraña esta primera irrup- ción del sentimiento más vivo del hombre? En el salón de mi tía había visto algunas jóvenes her- mosas, y ninguna me había impresionado. ¿Existe, pues, una hora, una conjunción de astros, una re- unión de circunstancias expresas, una mujer espe- cial entre todas, para determinar una pasión ex- clusiva, cuando llega el tiempo en que la pasión abraza el sexo entero? Pensando que mi elegida vivía en Turena, aspiraba el aire con delicia y encontraba en el azul del cielo una hermosura que antes no había notado. Si estaba mentalmente tras- tornado, parecía también gravemente enfermo, y

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mi madre tuvo temores mezclados con remordi- mientos. Semejante a los animales que presienten el mal, iba a acurrucarme en un rincón del jar- dín para soñar con el beso que había robado.

Algunos días después de aquel baile memora- ble, mi madre atribuía el abandono de mis traba» jos, mi indiferencia ante sus miradas opresoras, el poco caso que hacía de sus ironías, y mi sombría actitud, a las crisis naturales que deben sufrir los jóvenes a mi edad. El campo, eterno recurso con- tra las enfermedades de las cuales nada sabe la medicina, fué considerado como el mejor medio para sacarme de mi apatía. Mi madre decidió que iría a pasar algunos días a Frapesle, castillo situado sobre el Indre, entre Montbazón y Azay-le-Rideau, a casa de uno de sus amigos, a quien sin duda dió instrucciones secretas. El día en que me vi dueño de mismo, había nadado tan raudo por el océano del amor, que ya lo había atravesado, Ignoraba el nombre de mi desconocida. ¿Cómo llamarla? ¿Dón- de encontrarla? Por otra parte, ¿a quién podía ha- blar de ella? Mi carácter tímido aumentaba los te- mores inexplicables que se apoderan de los corazo- nes jóvenes en los comienzos del amor, haciéndome empezar por la melancolía, con que terminan gene- ralmente las pasiones sin esperanza. No deseaba sino ir, venir y correr a través del campo. Con ese valor de niño que de nada duda y tiene algo de ca- balleresco, me propuse registrar todos los castillos de Turena, viajando a pie y diciendo a cada linda torrecilla: «¡Ahí está!»

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El jueves por la mañana salí de Tours por la barrera de San Eloy, atravesé el puente de San Salvador, llegué a Poncher, levantando la cabeza ante cada casa, y gané el camino de Chinón. Por primera vez en mi vida podía detenerme bajo un árbol o marchar lentamente a mi gusto sin que nadie me dijese nada. Para un pobre ser oprimido por los diferentes despotismos que poco o mucho pesan sobre todos los jóvenes, el primer uso del libre albedrío, aunque ejercido en cosa sin impor- tancia, lleva al alma no qué misteriosa expan- sión. Muchas razones se reunieron para hacer de ese día una fiesta llena de encanto. Mis paseos, en mi infancia, no me habían conducido más allá de una legua fuera de la ciudad, ni los que di en París re habían enseñado nada sobre las bellezas de la naturaleza campestre. Sin embargo, de los pri- meros recuerdos de mi vida me quedaba el senti- miento de la belleza que respira el paisaje de Tours, con el cual me había familiarizado. Aunque la poesía de aquellos sitios era completamente nueva para mí, yo era exigente a mi modo, como sucede a los que, sin tener la práctica de un arte, se han for- mado de antemano un ideal. Para ir al castillo de Frapesle, los viajeros a pie o a caballo abrevian el camino pasando por las landas llamadas de Carlomagno, tierras baldías situadas en la meseta de la planicie que separa la cuenca del Cher de la del Indre, y por las cuales va un camino de atajo que empieza en Champy. Estas llanuras arenosas, que durante una legua entristecen el ánimo del

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viajero, conducen, por un sendero situado en el bosque, al camino de Saché, nombre del concejo de que depende Frapesle; este camino, que desem- boca en el de Chinón, más allá de Ballán, se pro- longa por una pradera poco accidentada hasta el país de Artanne. Allí se descubre un valle que co- mienza en Montbazón y acaba en el Loira, y pa- rece saltar bajo los castillos situados sobre aque- llas dobles colinas; magnífica capa de esmeraldas, en el fondo de la cual el Indre se desliza con mo- vimientos serpentinos. Al ver este sitio encantador, se apoderó de una extrañeza voluptuosa, que había preparado la monotonía de las landas y la fatiga del camino. Si aquella mujer, la flor de su sexo, habitaba un lugar en el mundo, ¿no tenía que ser éste? Ante tal pensamiento me apoyé contra un nogal, y desde aquel día reposo bajo su sombra cuantas veces vuelvo a mi querido valle. Bajo este árbol, confidente de mis pensamientos, me he in- terrogado acerca de los cambios que he sufrido durante el tiempo que ha pasado desde el día que partí. Ella vivía allí; mi corazón no me engañaba; el primer castillo que veía en la pendiente de una colina era su morada. Cuando me senté bajo el nogal, el sol del mediodía se reflejaba en las pi- zarras de su tejado y en los cristales de sus ven- tanas. Su falda de percal era el punto blanco que distinguía en sus viñas bajo un cenador. Ella era, como sabes ya, sin saber nada aún, «La Azucena de aquel valle», en el que crecía para el cielo, llenándolo con el perfume de sus virtudes. El amor

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infinito, sin otro alimento que un objeto apenas entrevisto, pero que llenaba mi alma, lo encon- traba representado por aquella larga cinta de agua que resplandecía al sol, entre dos verdes márge- nes; por aquellas hileras de álamos, que adornaban con sus móviles encajes aquel valle de amor; por los bosques de encinas, que avanzaban entre los viñedos sobre laderas que el río rodeaba de dife- rentes formas, y por esos horizontes que huyen al aproximarnos. Si quieres ver la Naturaleza bella y virgen como una prometida, ve allí un día de pri- mavera; si quieres curar las sangrientas heridas de tu corazón, vuelve en los últimos días de otoño: en la primavera el amor bate allí sus alas en ple- no cielo; en el otoño se piensa en los que ya no existen. El pulmón enfermo respira un fresco bien- hechor; la vista reposa sobre espesuras doradas, que comunican al alma sus apacibles dulzuras. En aquel momento los molinos situados en las cascadas del Indre daban voz a aquel valle que vive; los álamos se balanceaban, como riendo; ni una nube en el cielo; cantaban los pájaros; chirriaban las cigarras..., todo era allí melodía. No me preguntes ya más por qué amo a Turena. No la amo ni como se ama la cuna, ni como se ama un oasis en el desierto; la amo como un artista ama el arte, la amo menos que te amo; pero sin Turena tal vez yo no viviría. Sin saber por qué, mis ojosse fijaban siempre en aquel punto blanco, sobre la mujer que brillaba en aquel vasto jardín, como brilla en medio de los verdes matorrales la campanilla del convól-

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vulo, que se marchita si se la toca. Descendí, con el alma conmovida, al fondo de aquella canastilla, y pronto vi una aldea que la poesía que me domi- naba me hizo encontrar sin igual. Figúrate tres molinos situados entre islas graciosamente recor- tadas y floreadas de algunos bosquecillos, en medio de una pradera de agua, porque ¿qué otro nombre dar a esas vegetaciones acuáticas tan vivas, tan ricas de color, que tapizan el río, surgen sobre su superficie, ondulan con ella obedeciendo a los ca- prichos y plegándose a las tempestades de la co- rriente azotada por las ruedas de los molinos? Aquí y allá se levantan masas de rocas, contra las cuales se rompe el agua, formando cintas en que brilla el sol, y los amarilis, el nenúfar, el lirio acuá- tico, los juncos y las espadañas decoran las ori- llas con sus magníficas tapicerías. Un puente tem- bloroso, compuesto de vigas podridas, cuyas baran- dillas, cubiertas de hierbas vivaces y de atercio- pelados musgos, se inclinan. pero no caen sobre el ' río; redes de pescadores; el canto monótono de un pastor; los patos que ffagan entre las islas o sacu- den sus plumas sobre la gruesa arena; los ¡arrieros, con el gorro echado sobre la oreja, ocupados en cargar sus mulas, cada uno de estos detalles daba a está escena una novedad sorprendente, Figúrate más allá del puente dos o tres granjas, un palomar, tórtolas, una treintena de chozas separadas por jardines cercados con vallas de enredaderas, jaz- mines y clemátides; después, estiércol jlorido delan- te de todas las puertas, gallinas y gallos por los ca-

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minos...; he aquí Pont-de-Ruán, linda aldea domi- nada por una iglesia llena de carácter, una iglesia del tiempo de las Cruzadas, como las que los pin- tores buscan para sus cuadros. Rodea este conjunto de añosos nogales, de jóvenes álamos de hojas color oro pálido, con graciosas construcciones en medio de anchas praderas donde la mirada se pierde bajo un cielo cálido y vaporoso, y te habrás formado una idea de uno de los mil puntos de vista de este hermoso país. Seguí el camino de Saché por la mar- gen izquierda del río, observando los detalles de las colinas que accidentan la otra orilla. Al fin, lHegué a un parque poblado de árboles seculares, que me indicó la proximidad del camino de Fra- pesle. Llegué precisamente cuando la campana lla- maba a almorzar. Después del almuerzo, mi hués- ped, no sospechando que yo hubiese ido desde Tours a pie, me hizo recorrer las cercanías de su posesión, desde la cual pude contemplar el valle bajo todas sus formas. Mis ojos fueron atraídos hacia el horizonte por la bella cinta de oro del Loira, donde, entre los vapltes, las velas dibujaban fantásticas figuras que huían llevadas por el viento. Subiendo una cuesta admiré por primera vezel casti- llo de Azay, diamante tallado en facetas, engarzado por el Indre y montado sobre pilotes cubiertos de flores. Luego vi en el fondo del valle las masas ro- mánticas del castillo de Saché, melancólica man- sión llena de armonías demasiado graves para las gentes superficiales y caras a los poetas de alma “dolorida. También yo he amado más tarde el silen-

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cio, los grandes árboles nudosos y el no qué de misterioso que reina en aquel valle solitario. De pronto, mis ojos encontraron en la pendiente de una colina cercana aquel castillito escogido por mi pri- mera mirada, y me detuve contemplándolo,

—¡Eh!—me dijo mi huésped, leyendo en mis ojos la expresión de uno de esos deseos que a los veinte años se manifiestan tan ingenuamente—. Adivina usted desde lejos una mujer bonita, lo mismo que los perros huelen la caza.

No me gustó esta comparación; pero le pregunté el nombre del castillo y el de su propietario.

—Es el castillo de Clochegourde —me dijo—, una bonita casa perteneciente al conde de Mortsauf, representante de una familia histórica en Turena, cuya fortuna data de Luis XI y cuyo nombre indica la aventura a que debe sus armas y su lustre. Desciende de un hombre que sobrevivió a la horca; así, los Mortsauf (1) llevan, ven campo de oro, una eruz negra con una flor de lis de oro en el centro», con la divisa «Dios salve al rey nuestro señor», El conde vino a estífblecerse a este dominio a su vuelta de la emigración; el castillo pertenece a su esposa, una Lenoncourt-Givry, cuyo apellido ya a extinguirse, porque la señora de Mortsauf es hija única. Los pocos bienes de esta familia contrastan tan singularmente con el lustre histórico de sus nombres, que por orgullo, o tal vez por necesidad, permanecen siempre en Clochegourde y no ven a

(1) Mortsauf tiene la versión literal en castellano: muerto-salyo, o sea muerto a salyo, muerto-salvado.

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nadie. Hasta ahora su adhesión a los Borbones po- día justificar su aislamiento; pero dudo mucho que la vuelta del rey cambie su manera de vivir. Cuan- do vinieron a establecerse aquí el año pasado fuí a hacerles una visita de cumplido; me la devol- vieron y me invitaron a comer. El invierno nos ha separado durante algunos meses; luego los acon- tecimientos políticos han retardado nuestra vuelta, pues hace muy poco tiempo que estoy en Pra- pesle. La señora Mortsauf es una mujer que podría ocupar en todas partes el primer lugar.

¿Va con frecuencia a Tours?

—Nunca. Pero... —añadió rectificándose—, sí, sí. Ultimamente ha ido, al pasar el duque de Angu- loma, que se mostró muy cariñoso y amable con el señor de Mortsauf.

—¡Es ella! —exclamé.

—¡Ella! ¿Quién?

—Una mujer de hombros hermosísimos.

—¡Oh! Se encuentran en Turena muchas mujeres que tienen hombros hermosísimos—repuso rien- do—; pero, si no está ustedifansado, podemos pa- sar el río y subir a Clochegóurde, donde podrá re- conocer esos hombros,

Acepté, no sin ruborizáarme de placer y de ver- gúenza, A eso de las cuatro llegamos al castillo que acariciaban mis ojos hacía bastante tiempo. Aque- lla construcción, que hace un buen efecto en el paisaje, es realmente modesta. Tiene cinco ven- -«tanas en cada frente; cada una de las que terminan la fachada, expuesta al mediodía, se adelanta cerca

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de dos toesas, artificio de arquitectura que simula

dos pabellones y da gracia al edificio; la de en me- dio sirve de puerta, y por una doble escalinata se baja a los jardines, que se extienden hasta una pra- dera situada a lo largo del Indre. Aunque un cami.- no vecinal separa esta pradera de la última terraza, sombreada por una calle de acacias, este camino parece formar parte de los jardines, encajado como está entre la terraza, de un lado, y una cerca, del otro. Las rampas, bien calculadas, dejan bastante distancia entre el río y la habitación para salvar los inconvenientes de la vecindad del agua sin quitar lo que tiene de agradable. Bajo la casa se encuentran las cuadras, las cocheras y las cocinas, cuyas diversas aberturas dibujan bellas arcadas. Los techos están graciosamente contorneados en los ángulos y bellamente esculpidos con ramilletes de color plomo en las cornisas; el tejado, en abandono sin duda durante la revolución, está cargado de ese óxido producido por los musgos rojizos que

crecen sobre las casas expuestas al mediodía. La.

puerta vidriera de la galería está coronada por una media naranja, donde SB ve esculpido el escudo de los Blamont-Chauvry: «cuartelado de gules con un soporte de filas de campanas de plata sobre campo azul y flanqueado de dos manos apalmadas de color de carne y oro, con dos montículos de avena puestos a manera de cabrío». La divisa «¡Mírenme y no me toquen!» me sorprendió en extremo. Los soportes, que los forman un grifo y un dragón de gules con cadenas de oro, hacen, esculpidos, un

44 bonito efecto. La revolución arrancó la corona ducal y la cimera, que se componía de una palmera de sipople con frutos de oro. Senart, secretario del Comité de Salud pública, era bailío de Sachó en 1781, lo que explica estas devastaciones. Tales disposiciones dan una forma elegante a este «castillo, labrado como una flor y que parece no pesar sobre el suelo. Visto desde el valle, el piso bajo parece el principal; pero del lado del patio está al mismo nivel, con una larga avenida enare- nada, dando sobre una terraza adornada de macetas de flores. A derecha e izquierda, las viñas, los cerca- dos y las tierras de labor plantadas de nogales, descendiendo rápidamente, envuelven la casa con sus espesuras y llegan hasta las orillas del Indre, que en este sitio están orladas de bosquecillos dis- puestos por la misma Naturaleza. Subiendo por el camino que costea a Clochegourde, admiraba estas masas tan bien dispuestas y respiraba una atmós- fera cargada de felicidad. ¿Tiene, pues, la natura- leza. moral, como la naturaleza física, sus conmo- ciones eléctricas y sus rápidos cambios de tempe- ratura? Mi corazón palfítaba violentamente pre- viendo la proximidad de acontecimientos secre- “tos que debían modificarle para siempre, como los animales se regocijan previendo la llegada del buen tiempo. Aquel día, tan importante en mi vida, no careció de ninguna de las cireunstancias que podían solermnizarle. La Naturaleza se había ata- viado como una mujer que va al encuentro de su bien amado; mi alma había oído su voz por primera

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vez; mis ojos la habían admirado tan fecuhda, tan variada como me la representara mi imaginación en mis sueños de colegio, de los cuales te he dicho sólo algunas palabras, insuficientes para explicarte su influencia, pues fueron una especie de Apo- calipsis en que mi vida fuéme predicha de un modo figurado, y en que cada acontecimiento infeliz o venturoso estaba representado por imágenes ex- + trañas, visibles tan sólo para los ojos del alma. Atravesamos un primer patio rodeado de los edifi- cios necesarios para las explotaciones rurales, una granja, un hogar, establos, cuadras. Advertido por los ladridos de un perro, un criado salió a nuestro encuentro y nos dijo que el señor conde había partido para Azay por la mañana, que debía volver muy pronto, y que la señóra condesa estaba en casa. Mi huésped me miró. Yo temblé ante el pen- samiento de que no quisiera ver a la señora de Mortsauf en ausencia de su marido; pero dijo al eriado que nos anunciase. Arrastrado por una an- siedad de niño, me precipité en la larga antesala que atraviesa la casa.

—YEntren ustedes —dijo entonces una voz de oro.

Aunque la señora de Mortsauf no había pronun- ciado mas que una palabra en el baile, reconocí su voz, que penetró en mi alma y la llenó, como un rayo de sol llena y dora el calabozo de un prisione- ro. Pensando que podría fecordar mis facciones, quise huir; pero ya no había tiempo: la condesa acababa de aparecer en el umbral de la puerta, y nuestros ojos se encontraron. No cuál de los

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dos enrojeció más vivamente. Harto turbada paras decir una palabra, volvió a ocupar su asiento ante un bastidor de bordar, después que el criado nos hubo acercado dos sillas; fingió que concluía su trabajo, a fin de dar algún pretexto a su silencio, contó algunos puntos, y, al fin, dulce y altiva a la par, se dirigió al señor de Chessel preguntándole a qué feliz circunstancia debía su visita. Aunque de- seando saber la verdad sobre mi aparición, no nos miró y sus ojos estuvieron constantemente fijos en el río; pero por la manera que tenía de escuchar se hubiera dicho que, al igual que las ciegas, sabía reconocer las agitaciones del alma en las imper- ceptibles inflexiones de la voz. Y así era en verdad. El señor de Chessel dijo mi nombre e hizo mi bio- grafía. Pocos meses antes había llegado a Tours, adonde mis padres me trajeron cuando la guerra amenazó a París. Hijo de la Turena y desconocedor de mi país, veía en un joven, debilitado por tra- bajos excesivos, enviado a Frapesle para divertirse, y que quería visitar su tierra, adonde venía por primera vez. Yo no le había referido mi viaje a pie desde Tours a Frapesle hasta que estuvimos cerca del castillo, y temiendo por mi salud, ya débil, se había permitido entrar en Clochegourde, creyendo que allí se me dejaría descansar. El señor de Chessel decía la verdad; pero las casua- lidades felices parecen fan buscadas, que la señora de Mortsauf conservó alguna desconfianza y di- rigió hacia sus ojos fríos y severos, que me hicieron bajar los párpados, tanto por no qué

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sentimiento de humillación como por ocultar las lágrimas que temblaban en mis pestañas. La im- ponente castellana vió mi frente bañada en sudor; tal vez adivinó mis lágrimas, porque me ofreció ' todo lo que pudiera necesitar, manifestando una bondad consoladora que me devolvió la palabra. Ruboricéme como una niña cogida en falta, y con voz balbuciente, como la de un viejo, respondí negativamente expresando mi agradecimiento,

—Todo lo que deseo—le dije alzando hasta ella mis ojos, que por segunda vez se encontraron con los suyos, aunque sólo durante un momento, tan rápido como un relámpago—es que me permita usted descansar: estoy tan rendido por la fatiga, que no podría dar ni un solo paso.

—¿Acaso desconfía usted de la hospitalidad de * nuestro hermoso país? —me dijo—; y, volviéndose a su vecino, añadió: —¿Me concederá usted la dicha de comer en Clochegourde?

Dirigí a mi protector una mirada en la que bri- llaban tantas súplicas, que se decidió a aceptar

aquella proposición, cuya fórmula exigía una negati- va. Si la costumbre de sociedad permitía al señor de Chessel distinguir estos matices, yo, joven sin experiencia, creí tan firmemente en la unión de la palabra y el pensamiento de una mujer hermosa, que me sorprendí mucho cuando, por la noche, al regresar a su casa, me dijo hi huésped:

—Me he quedado porque usted no se muriera de deseos; pero, si no arregla usted las cosas, tal vez me haya malquistado con mis vecinos.

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Este «si no arregla usted las cosas» me hizo medi | tar mucho tiempo. Si yo agradaba a la señora de Mortsauf, ésta no podría querer mal al que me había introducido en su casa. El señor de Chessel me suponía, pues, el poder de interesarla, y esta expli- cación que yo me daba corroboró rni esperanza en el momento en que más necesidad tenía de socorro.

—Me parece difícil —respondió mi huésped a la invitación de la condesa—; mi esposa nos espera.

—Ella lo tiene a usted a diario —repuso la con- desa—, y podemos avisarla. ¿Está sola?

—La acompaña el señor abate de Quelus.

—Pues bien, comen ustedes con nosotros.

Esta vez el señor de Chessel la creyó franca, y me dirigió una mirada de felicitación. Desde que tuve la seguridad de permanecer una tarde entera debajo de aquel techo, me creí verdaderamente en la gloria. Para muchos seres desgraciados, ma- ñana es una palabra llena de esperanzas; pero yo pertenecía al número de los que no tienen ninguna fe en el porvenir, y, cuando contaba con algunas horas mías, las dedicaba exclusivamente a mis ideas voluptuosas. La señora de Mortsauf empezó a hablar del país, de las cosechas y de las viñas, conversación a la cual yo permanecía extraño. En una señora de su casa, esta manera de obrar acusa falta. de educación, o desprecio para quien así queda fuera de su corflersación; pero en la condesa fué consecuencia de su turbación. Si al principio creí que afectaba tratarme como a un niño; si envidié el privilegio de los hombres de treinta

años, que permitía al señor de Chessel co con su vecina de asuntos graves, de los que nada comprendía yo; si sentí cierto despecho dicién- dome que todo era para él, algunos meses des- pués supe cuán significativo es el silencio de una mujer y cuántos pensamientos oculta una con- versación difusa. Traté primero de colocarme có- modamente en el sillón, y luego reconocí las ven- tajas de mi posición, dejándome dominar por el encanto de escuchar la voz de la condesa. El soplo de su espíritu se desarrollaba en los re- pliegues de las sílabas, como el sonido se divide «bajo las llaves de una flauta; ondulaba expirante en el oído, precipitando desde aquí la acción de la sangre. Su manera de decir las terminaciones en + se parecía al canto de un pájaro; pronun- ciaba la ch como si fuera una caricia, y su modo de atacar la t anunciaba el despotismo del cora- zón. Extendía así, sin saberlo, el sentido de las palabras, y arrastraba insensiblemente el alma a un mundo sobrenatural. ¡Cuántas veces la he dejado seguir una discusión que podía evitar! ¡Cuán- tas veces me he hecho reprender injustamente, por oír ese concierto de la voz humana, por aspirar el aire que salía de sus labios, cargado con su alma, por apagar aquella luz hablada con el ardor que hubiera puesto en estrechar a la condesa sobre mi pecho! ¡Qué canto de alegre golondrina, cuando reía! ¡Qué voz de cis amando a su hembra, cuando hablaba de sus pesares! La desatención de la condesa me permitió examinarla, Mi mirada se AZUORNA,—T. L 4

WN? 80 “deleitaba acariciándola, rodeaba su talle, besaba su pie, se deslizaba entre los bucles de sus cabellos. Sin embargo, me dominaba un terror que compren- derán fácilmente los que hayan experimentado en su vida las alegrías ilimitadas de una pasión ver- dadera. Tenía miedo de que sorprendiese mis ojos fijos en el sitio de sus hombros que tan ardientemen- te había besado; este temor aumentaba la tentación; sucumbí y los miré. Mis ojos desgarraron la tela, y volví a ver el lunar que marcaba el nacimiento de la hermosa línea que dividía su espalda, mosca naufragada en blanca leche, que desde aquel sarao resplandecía para en esas tinieblas donde se mece el alma de los jóvenes de imaginación ar- diente y vida casta.

Puedo dibujarte los rasgos principales que el rostro de la condesa ofrecía a las miradas; pero ni el dibujo más correcto, ni el color más cálido, nada alcanzaría a expresarlo. Su rostro es uno de esos cuyo retrato exige al artista saber apoderarse del reflejo de los fuegos interiores y reproducir ese vapor luminoso que la ciencia niega, que la pala- bra no traduce; pero que un amante ve. Sus cabe- llos, finos y cenicientos, la hacían sufrir con fre- cuencia, y sus sufrimientos eran, sin duda, produ- cidos por súbitos arrebatos de sangre a la cabeza. Su frente, encorvada, prominente como la de Gio- conda, parecía llena deilbas inexpresadas, de senti- mientos contenidos, dé*Hores sumergidas en aguas amargas. Sus ojos verdosos, sembrados de puntos obseuros, estaban siempre tristes; pero si se tra-

51 taba de sus hijos, si se le escapaban esas vivas efusiones de alegría o dolor, tan raras en la vida de las mujeres resignadas, aquellos ojos lanzaban una luz sutil que parecía inflamar las fuentes de la vida y agotarlas a un tiempo mismo; relámpago sombrío que me había arrancado lágrimas cuando su desdén formidable cayó sobre mí, y que le bas- taba para hacer bajar la vista a los más atrevidos. Una nariz griega, como dibujada por Fidias, y unida por un doble arco a unos labios elegantemente sinuosos, espiritualizaba su rostro, de forma oval, cuya tez, comparable al tisú de las camelias blan- cas, se animaba en las mejillas con bellos tonos sonrosados. Su robustez no destruía ni la gracia de su talle ni la voluptuosa armonía de sus formas, que permanecían bellas dentro de un magnífico desarrollo. Comprenderás este género de perfección cuando sepas que, uniendo al an azo los des- lumbrantes tesoros que me habían fascinado, pa- recía que no debían formar ningún pliegue. La parte inferior de su cabeza no presentaba ninguno de esos hoyos que hacen que la nuca de ciertas mujeres parezca semejarse a troncos de árboles; sus músculos se dibujaban dulcemente, y por todas partes sus líneas se redondeaban en curvas tan desesperantes para la mirada como para el pincel. Un ligero vello moría a lo largo de sus mejillas, reteniendo la luz y ofrec o con ella tonos sedosos. Las orejas, pequeñas ien contorneadas, eran, según su expresión, orejas de esclava 0 de madre, Y, en efecto, más tarde, cuando ya me pertenecía su

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corazón, me decía: «Ahí viene el señor de Mortsaut», y tenía razón; entretanto yo nada oía, y eso que tengo excelente oído. Sus brazos eran hermosos; gus manos, de dedos afilados, eran largas, y, como en las estatuas griegas, las yemas de sus dedos pasaban el nivel de las uñas, sonrosadas y de suave curvatura. Te disgustaría dando a los talles rectos la ventaja sobre los talles redondos, si no fueses una excepción de la regla. El talle redondo es un signo de fuerza, y las mujeres así formadas son imperiosas, altivas, más voluptuosas que tiernas; por el contrario, las mujeres de talle recto son abne- gadas, llenas de ternura, inclinadas a la melan- «olía; son más mujeres que las otras. El talle recto es fino y flexible; el redondo, inflexivo y celoso. Ya sabes cómo ella era. Tenía el pie de una mujer aristocrática, ese pie que anda poco, que se cansa en seguida y que regocija la vista cuando se deja ver entre los pliegues de la falda. Aunque era madre «de dos niños, no he encontrado en su sexo una per- sona más virgen. Su aspecto denotaba una gran sencillez, unida a una expresión soñadora, que ejer- cía un atractivo poderoso, como lo ejerce sobre el pintor la figura en que su genio ha traducido un mundo de sentimientos. Sus cualidades visibles no pueden, por otra parte, expresarse sino por medio de comparaciones. Acuérdate del perfume casto y sil- vestre de aquella ramagle brezo que cogimos vol- viendo de la villa Di cuya flor negra y rosada tanto alabaste, y adivinarás cómo aquella mujer podía ser elegante lejos de la sociedad, natural en

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sus expansiones, distinguida en las cosas que hacía suyas, es decir, a la vez negra y rosada. Su cuerpo tenía la frescura que admiramos en las hojas re- cién desplegadas; su talento, la profunda concisión del salvaje; era, a la vez, niña por el sentimiento, grave por el dolor, matrona y chiquilla; así es que, sin necesidad de artificio, agradaba por su manera de sentarse, de levantarse, de callar o de lanzar una frase. Habitualmente concentrada, atenta como el centinela sobre quien descansa la salvación de todo el ejército y que espía el peligro y evita la desgracia, escapábansele a veces sonrisas que reve- laban una naturaleza alegre, sepultada bajo el continente severo exigido por su vida. Su coquete- ría se había convertido en misterio: hacía soñar en yez de inspirar la atención galante que solicitan las mujeres, y dejaba entrever su primitiva natu- raleza de llama viva, sus primeros sueños azules, como se ye el cielo por los claros de las nubes. Esta revelación involuntaria hacía meditar a los que no comprendían que había allí una lágrima interior evaporada por el fuego de los deseos. La sobriedad de sus gestos y, sobre todo, de sus mi- radas (pues exceptuando a sus hijos no miraba a nadie) daba una increíble solemnidad a lo que de- cía o hacía, cuando hacía o decía algo con ese aire que saben tomar las mujeres en el momento de comprometer su di con una confesión, Aquel día la señora de Mortsauf vestía un traje color de rosa con rayas menudas, un cuellecito blanco de ancho dobladillo, un cinturón negro y

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botinas del mismo color. Sus cabellos, sencilla- mente torcidos sobre la cabeza, estaban sostenidos por un peine de concha. Tal es el imperfecto boceto prometido; pero la constante emanación de su alma, esa esencia nutritiva que se derrama a oleadas, como emite el sol su luz, su naturaleza íntima, su actitud en las horas serenas, su resignación en los momentos de tempestad, todos esos remolinos de la vida en que el carácter se despliega, obedecen, como los cambios atmosféricos, a cireunstancias in- esperadas y fugitivas que no se asemejan entre sino por el fondo en que se destacan, y cuya pintura estaría necesariamente confundida con los aconte- cimientos de esta historia, verdadera epopeya do- méstica, tan grande a los ojos del sabio como lo son las tragedias a los de la multitud, y cuyo relato te interesará, tanto por la parte que en ella tomo yo como por su semejanza con un gran número de destinos femeniles.

Todo en Clochegourde llevaba el sello de una pulcritud verdaderamente inglesa. El salón en que se hallaba la condesa estaba enteramente ensam- blado y pintado de un color gris a dos matices; la chimenea tenía por adorno un reloj contenido en un trozo de caoba, coronado por una copa, y dos grandes vasos de porcelana blanca con filetes de oro, de los que salían brezos del Cabo. Sólo había un quinqué sobre da consola; enfrente de la chimenea se veía un juego de chaquete. Dos anchos alzapaños de algodón retenían las cortinas de per- cal blanco, sin franjas, y fundas grises bordadas

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de galón verde cubrían la sillería; el bordado ten- dido en el bastidor de la condesa decía con bastante claridad por qué estaba así cubierto el mobiliario. Esta sencillez lindaba con la grandeza. Ninguna habitación entre las que después he visto me ha causado impresiones más fecundas, más flori- das que las que experimenté en aquel salón de Clochegourde, tranquilo y retirado como la vida de la condesa, y en el cual se adivinaba la regularidad conventual de sus ocupaciones. La mayor parte de mis ideas, aun las más audaces en ciencia o en política, han nacido allí, como los perfumes emanan de las flores, pues allí reverdecía la planta desco- nocida que arrojó sobre mi alma su polen fecun- dante; allí brillaba la luz solar que desarrolló mis buenas cualidades y secó las malas. Desde la ven- tana la mirada abarcaba-el valle y la colina, donde se alzaba Pont-de-Ruán, hasta el castillo de Azay, siguiendo las sinuosidades del costado opuesto que cortan las torres de Frapesle; luego, la iglesia, la aldea y el viejo castillo de Saché, cuyas masas do- minan la pradera. En armonía con esta vida repo- sada, y sin otras emociones que las producidas por la familia, aquellos lugares comunicaban al alma su serenidad. Si la hubiera encontrado por primera vez allí entre el conde y sus hijos, en lugar de hallar- la espléndida y deslumbrante con su traje de baile, seguramente que no la hpbría robado aquel deli- tante beso, cuyos remordimientos sentía entonces, ereyendo que destruiría el porvenir de mi amor. No; en las negras disposiciones en que la desgracia

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me había colocado, habría doblado la rodilla, be- sado sus pies, regúndolos con mis lágrimas, y me hubiera arrojado al Indre. Pero después de haber aspirado el fresco jazmín de su tez y bebido la leche de aquella copa llena de amor, tenía en el alma el gusto y la esperanza de las voluptuosidades huma- nas, quería vivir y esperar la hora del placer, como espía el salvaje la hora de la venganza; quería subir a los árboles, recorrer las viñas, sumergirme en el río; quería tener por cómplices el silencio de la noche, el cansancio de la vida, el calor del sol, a fin de devorar la manzana deliciosa que había mordido ya. Si ella me hubiera pedido la flor que canta o las riquezas escondidas por los compañeros de Morgán, el Exterminador, hubiéraselas llevado - para obtener las riquezas ciertas y la callada flor que deseaba. Cuando cesó el sueño en que me había sumergido la larga contemplación de mi ídolo, du- rante el cual un criado cambió con ella algunas palabras, que hablaba del conde. Entonces pensé que una mujer debía pertenecer solamente a su marido, y este pensamiento me dió vértigos. Luego se apoderó de una furiosa y sombría euriosi- dad de conocer al dueño de aquel tesoro. Dos sen- timientos me dominaron: el odio y el miedo, un odio que no conocía ningún obstáculo y que los medía todos sin temerlos; un miedo vago, pero real, del combate, de su térmifio, de ELLA, sobre todo. Presa de indecibles presentimientos, temía esos apretones de manos que deshonran, entreveía esas dificultades elásticas en que se estrellan las más

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rudas voluntades, y me daba miedo esa fuerza de inercia que hoy despoja a la vida social de los des- . enlaces que buscan las almas apasionadas.

—Ya está aquí el señor de Mortsauf—dijo la condesa.

Me enderecé sobre mis piernas como un caballo espantado; aunque este movimiento no se le escapó al señor de Chessel ni a la condesa, no me valió ninguna observación muda, gracias tal vez a la entrada de una niña como de seis años, que apare- ció gritando:

—¡Aquí está papá!

—¡Pero, Magdalena! —dijo su madre.

La niña tendió una mano al señor de Chessel, y me miró muy atentamente, después de haberme dirigido un saludo lleno de extrañeza.

—¿Cómo está la niña? —preguntó el señor de Chessel a la condesa.

—Está mejor—respondió la madre acariciando

“la cabellera de la pequeña, sentada ya en su regazo.

Una pregunta del señor de Chessel me hizo saber «que Magdalena tenía nueve años; demostré alguna sorpresa por mi error, y vi que una nube de tristeza cubría la frente de su madre. Mi introductor me echó una de esas miradas significativas con que los hombres de mundo nos dan una segunda educa- ción; allí había sin duda una de esas heridas mater- nales cuyo apósito debe ser respetado. Delgada, pe- queña, con los ojos llenos de tristeza y la tez blanca como una porcelana bañada por la luz, Magdalena no habría podido vivir en la atmósfera de una ciu-

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dad. El aire del campo, los cuidados de que su madre la rodeaba, conservaban la vida en aquel cuerpo tan delicado como una planta nacida bajo los rigores de un clima extraño. Aunque no se seme- jaba en nada a su madre, Magdalena parecía tener su alma, y esta alma la sostenía. Sus cabellos, ralos y negros, sus ojos hundidos, sus mejillas descolori- das, sus brazos enflaquecidos y su pecho hundido, anunciaban una lucha entre la vida y la muerte, lucha sin tregua, en la cual hasta entonces la conde- sa había alcanzado la victoria. Fingía contento, sin duda para evitar lágrimas a su madre; pero, en ciertos momentos en que ésta no la observaba, su actitud se parecía a la de un sauce llorón. Se la habría tomado por una gitanilla hambrienta que llegaba mendigando, agotadas sus fuerzas, pero ani- mosa y adornada para el público.

¿Dónde se ha quedado Santiago? —le preguntó la madre besando la blanca raya que dividía sus cabellos en dos bandas semejantes a las alas de un cuervo.

—Viene con papá —respondió la niña,,

En aquel momento entró el conde, acompañado de su hijo, a quien llevaba de la manó. Santiago, vivo retrato de su hermana, ofrecía los mismos sín- tomas de debilidad. Viendo aquellos dos niños ma- cilentos y flacos, al lado de una madre tan magnífi- camente bella, era imposible no adivinar las fuentes del dolor que laceraba el corazón de la condesa y que le hacía callar uno de esos pensamientos que no tienen otro confidente que Dios, pero que dan a la

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frente terribles significaciones. Al saludarme, el señor de Mortsauf me dirigió esa mirada menos observadora que inquieta del hombre cuya des- confianza proviene de su poca costumbre de mane- jar el análisis. Después de haberle dado a conocer la situación y de haberme nombrado, su mujer le dejó su lugar y nos abandonó. Sus hijos, cuyos ojos estaban fijos en los de su madre, como si los fasci- nase su luz, quisieron acompañarla, pero les dijo: ¿Quedaos, ángeles míos», y al mismo tiempo puso el dedo sobre sus labios. Ellos obedecieron, pero veláronge sus miradas. ¡Ah! ¿Qué no hubiera yo hecho por oírme llamar ¿ángel mío»? Lo mismo que los niños, sentí frío cuando ella hubo salido, Mi nombre cambió las disposiciones del conde respecto de mí; su frialdad se trocó en político afecto; me dió pruebas de consideración, y pareció que mi pre- sencia le complacía. En otro tiempo mi padre había representado un papel peligroso, aunque obscuro, en las conspiraciones legitimistas. Cuando todo se hubo perdido por el acceso de Napoleón a la cúspide del Poder, se-retiró, como otros muchós conspirado- res secretos, a las dulzuras de la provincia y de la vida privada, soportando acusaciones tan duras como inmerecidas, salario inevitable de los conspira- dores que arriesgan el todo por el todo y sucumben después de haber servido de eje a la máquina polí- tica. No sabiendo nada de la fortuna, de los ante- eedentes ni del porvenir de mi familia, ignoraba igualmente las particularidades de que me hablaba el conde de Mortsauf. Sin embargo, si la antigiiedad

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del nombre, la más pri de un hombre a sus ojos, podía justificar aquella acogida que me dejó confuso, no supe hasta más tarde la verdadera razón. Por el momento esa transición súbita me tráanquilizó. Cuando los dos niños vieron la conver- sación entablada entre nosotros tres, Magdalena desprendió su cabeza de las manos de su padre, miró la puerta abierta y se deslizó fuera como una anguila; Santiago la siguió. Pronto se reunieron a su madre, pues sus voces y sus movimientos, semejantes al zumbido de las abejas en torno de la colmena,

Contemplé al conde, tratando de adivinar su ca- rácter, pues algunos rasgos principales me intere- saron lo bastante para detenerme en el examen superficial de su fisonomía. Contando cuarenta y cinco años solamente, parecía aproximarse a los sesenta: tanto le había envejecido el gran naufragio con que terminó el siglo xvi11. La media corona que ceñía monásticamente la parte superior de su cabeza, desprovista de cabellos, venía a morir en las orejas, acariciando las sienes con algunos me- chones grises. Su rostro se parecía vagamente al de un lobo blanco que tuviera sangre en el hocico, pues su nariz aparecía encendida como la de un hombre cuya vida está alterada en sus principios, cuyo estómago está bastante debilitado y cuyos humores han sido viciados por antiguas enferme- dades. Su frente chata, demasiado ancha para su rostro terminado en punta, y surcada transversal-

mente por arrugas desiguales, anunciaba las cos-'

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tumbres de la vida al aire libre y no las fatigas de la inteligencia, el peso de umiinfortunio constante y no los esfuerzos hechos para dominarlo. Sus pómulos, salientes y morenos en medio de los tonos pálidos de su tez, indicaban una naturaleza bastante fuerte para asegurarle una larga vida. Sus ojos claros, amarillos y duros, se fijaban como un rayo de sol de invierno, luminosos sin calor, inquietos sin pen- samiento, desconfiados sin objeto. Su boca era vio- lenta e imperiosa, y su barba, larga y recta. Delgado y de elevada estatura, tenía el continente del gentil- hombre que se apoya en un valor convencional y que ignora si es superior a los demás en virtud de un derecho o sólo por un hecho, El descuido del campo le había acostumbrado a mirar con negligencia su exterior, y su traje era el del campesino en quien los labradores, así como los vecinos, no consideran sino la fortuna territorial, Su calzado era ordinario, y sus manos, ennegrecidas y nerviosas, demostra- ban que no se ponía guantes sino para montar a caballo y para ir el domingo a misa. Aunque diez años de emigración y diez de vida campestre habían influido sobre su físico, subsistían en él grandes vestigios de nobleza, y el más envidioso liberal, palabra que aun no era corriente, habría recono- cido fácilmente en €l la lealtad caballeresca y las convicciones inaccesibles del lector ordinario y acé- ' rrimo de El Cotidiano, al mismo tiempo que admi- rado al hombre religioso, apasionado por su causa, franco en sus antipatías políticas, incapaz de servir ¿Personalmente a su partido, muy capaz de perderle, -

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y sin conocimiento de los asuntos de Francia. El conde de Mortsaulf era, en efecto, uno de esos hom- bres rectos que no se prestan a nada y que lo obs- truyen tercamente todo, buenos para servir con el arma al brazo, en el puesto que se les designe, pero bastante avaros para dar su vida antes que sus escudos. Durante la comida noté la depresión de sus mejillas ajadas, y en ciertas miradas dirigidas a. sus hijos las huellas de pensamientos importunos, cuyas manifestaciones expiraban al salir a la super- ficiée. ¿Quién, viéndole, no le hubiera comprendido? ¿Quién no le hubiera acusado de haber transmitido fatalmente a sus hijos aquellos cuerpos en que fal- taba la vida? Si se condenaba a mismo, negaba a los demás el derecho de condenarle. Amargo como un poder que comprende su debilidad, y no teniendo bastante grandeza ni encanto para compensar la suma de dolor que había echado en la balanza, su vida íntima debía presentarle asperezas que se re- velaban en sus facciones angulosas, en sus ojos in- cesantemente inquietos. Cuando su mujer entró con sus dos hijos pegados a la falda, sospeché que había aquí alguna desgracia, del mismo modo que la pre- sienten los pies de aquellos que, al carninar sobre la bóveda de una cueva, van con sumo tiento, eomo teniendo conciencia de su profundidad. Viendo re- unidas a aquellas cuatro personas, abrazando sus fisonomías y sus actitudes respectivas, pensarnien- tos impregnados de melancolía cayeron sobre ri corazón, al igual que una lluvia fina y helada obs- curece un hermoso paisaje, después de un bello

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amanecer, Cuando se agotó el objeto de la conver- sación, el conde me volvió a sacar a escena, con detrimento del señor de Chessel, haciendo conocer a su esposa varias circunstancias concernientes a mi familia y que me eran desconocidas. Me preguntó mi edad, y cuando se la hube dicho, la condesa me devolvió aquel movimiento de sorpresa que yo hice a propósito de su hija. Acaso me echaba catorce años. Este fué, según supe después, el segundo lazo que tan fuertemente la unió a mí. Yo leí en su alma: su maternidad se estremeció iluminada por el tardío ' rayo solar de la esperanza. Viéndome, a los veinte años cumplidos, tan enclenque, delicado y nervio- so, tal vez una voz le gritaba:

—«Vivirán!»

Me miró con curiosidad y sentí que en aquel momento se rompía el hielo entre nosotros. Pareció que tenía que hacerme mil preguntas, y las calló todas.

—Si el estudio le ha puesto a usted enfermo dijo—, el aire de nuestro valle le restablecerá.

—La educación moderna es fatal para los ni- ños—repuso el conde—; los nutrimos de matemá- ticas, los matamos a fuerza de ciencia y los gasta- mos antes de tiempo. Necesitaba usted descansar aquí—me dijo—; está usted aplastado por la ava- lancha de ideas que ha rodado sobre usted. ¡Qué . siglo nos prepara esta enseñanza, puesta al alcance de todos, si no se previene el mal devolviendo la

instrucción pública a las corporaciones religiosas! Estas palabras corroboraban las que dijo un día

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de elecciones, negando su voto a un hombre cuyos talentos podían servir a la causa realista: «Siempre desconfiaré de las gentes de talento», respondió al agente electoral. Nos propuso ir a dar una vuelta por el jardín, y se levantó.

—Pero...—le dijo la condesa.

—¿Qué, esposa mía? —respondió volviéndose con una brusca altivez, que denotaba cuán absoluto quería ser en su casa, pero cuán poco lo era en- tonces.

—El señor ha venido de Tours a pie; el señor de Chessel no lo sabía... y lo ha paseado por Frapesle.

—Ha eometido usted una imprudencia—mo dijo—, aunque a su edad...

Y movió la cabeza con expresión apesadum- brada,

Se reanudó la conversación, y no tardé en reco- nocer cuán intratable era su monarquismo y cuán- tas vueltas había que dar para navegar en sus aguas sin temor a un choque. El criado, que se había puesto librea, anunció la comida; el señor de Chessel presentó su brazo a la condesa, y el conde se cogió alegremente al mío, para pasar al comedor, que, según la disposición del piso bajo, se hallaba enfrente del salón. Estaba enladrillado con baldosas blancas fabricadas en Turena, enmaderado hasta la altura del cuerpo y tapizado con un papel que figuraba grandes paños encuadrados de flores y frutas; las ventanas tenían cortinas de percal blan- co, adornadas con galones rojos; los aparadoros eran viejos muebles de Boule, y las sillas estaban

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guarnecidas de tapicería hecha a mano, de roble tallado. La mesa no ofrecía nada de lujoso, pero estaba abundantemente servida; antigua plata de familia sin unidad de forma, porcelana de Sajonia que ya no estaba de moda, garrafas octogonales. cuchillos con mango de ágata, porta-botellas de laca de la China, y floreros dorados sosteniendo dos hermosos ramilletes; esto constituía el servicio. Yo amo estas antigiiedades, y encuentro de un gusto soberbio el papel Reveillón y sus bordados de flores. El contento que hinchaba todas mis velas impedíame ver las inextricables dificultades pues- bas entre «ella» y yo por la vida tan coherente de la soledad y del campo. Estaba cerca de «ella», a su derecha, y la servía de beber. Sí, ¡felicidad inespe- rada!, rozaba su vestido, comía su pan... Mi vida se mezclaba con su vida... En fin, estábamos ligados por aquel terrible beso, especie de secreto que nos inspiraba una vergúenza mutua. Cometí una bajeza heroica: me dediqué a estudiar el modo de corm- placer al conde, que se prestaba a todos mis obse- quios; hubiera acariciado al perro y satisfecho los menores deseos de los niños, trayéndoles sus ju- guetes o sirviéndoles de caballo. El amor tiene $us intuiciones, como el genio las suyas, y yo veía con- fusamente que la violencia, la pedantería y la hos- - tilidad arruinarían mis esperanzas. La comida pasó, llena para de alegrías interiores. Viéndome en su casa, no hacía alto en su frialdad real ni en la indiferencia que cubría la política del conde. El amor tiene también, como la vida, una pubertad, AZUOENA.—T. L 5

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durante la cual se basta a mismo. Di algunas respuestas en armonía con los secretos tumultos de la pasión; pero era imposible que nadie adivi- nase, ni aun «ella», que nada sabía del amor. El resto del tiempo pasó como un sueño; pero este hermoso sueño cesó cuando, a la luz de la luna y en una noche tibia y perfumada, atravesé el Indre en medio de las vagas sombras que flotaban sobre los prados, los ribazos y las colinas, oyendo el canto claro, la nota única, llena de melancolía, que lanzaba de cuando en cuando una ranita, cuyo nombre científico ignoro, pero cuyo canto no es- eucho desde aquel día solemne sin sentir delicias infinitas. Allí, como en otras partes, reconocí un poco tarde esa insensibilidad de mármol contra la cual se habían hasta entonces estrellado mis senti- mientos; me preguntaba si sería siempre así; creía estar bajo una fatal influencia, y los siniestros acontecimientos del pasado luchaban con. los pla- ceres puramente personales que había gozado. An- tes de llegar a Frapesle miré hacia Clochegourde, y vi cerca una barca atada a un fresno y balanceada por el agua: pertenecía al señor de Mortsauf, que se servía de ella para pescar,

—Vamos—me dijo el señor de Chessel cuando no pudimos ser oídos—, no tengo necesidad de pre- guntarle a usted si ha encontrado sus bellos hom- bros; hay que felicitarle por la acogida que le ha dispensado el señor de Mortsauf. ¡Diantre!, al pri- mer ataque se ha metido usted hasta el corazón de la plaza.

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Estas frases, seguidas de otras de que ya he hablado, reanimaron mi corazón abatido. Yo no había dicho una palabra desde que salimos de Clochegourde, y el señor de Chessel atribuía mi silencio a mi felicidad.

¡Cómo así! —respondí con un tono irónico que podía parecer dictado por la pasión contenida.

—Nunca ha recibido tan bien a nadie.

—Le confieso a usted que yo mismo estoy asom- brado de esa recepción—le dije, comprendiendo la amargura interior que sus últimas palabras des- cubrían,

Aunque demasiado inexperto para adivinar la causa del sentimiento que experimentaba el señor de Chessel, me extrañó, sin embargo, la expresión con que lo reveló. Mi huésped tenía la desgracia de llamarse Durand, y había dado en la ridícula manía de renegar del apellido de su padre, ilustre

fabricante que cuando la revolución había hecho una magnífica fortuna. Su mujer era la única heredera de los Chessel, vieja familia de togados pertenecientes a la clase media en tiempo de En- rique 1V, como las de la mayor parte de los ma- magistrados parisienses. Como ambicioso de alta posición, el señor de Chessel quiso matar su Durand Original para llegar a los altos destinos que so- Maba: se llamó primero Durand de Chessel; des- pués, D. de Chessel, y era a la sazón el señor de Chessel. Bajo la restauración fundó un mayorazgo con el título de conde, en virtud de decretos otor- ¿gados por Luis XVIII, y sus hijos recogieron los

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frutos. de su valor sin conocer su grandeza. Una frase cáustica de cierto príncipe pesaba con fre- cuencia sobre su cabeza. «El señor de Chessel se muestra, generalmente, poco Durand.» Esta frase se hizo célebre en Turena. Los advenedizos son como los monos, y suelen tener su destreza: se les ve en la altura, se admira su agilidad durante la subida; pero una vez en la cima, no se repara sino en sus vergonzosas flaquezas. El reverso de mi anfi- trión está compuesto de pequeñeces engrosadas por la envidia: la dignidad de par y él son hasta el día dos tangentes imposibles. Tener una pretensión y Justificarla es la impertinencia de la fuerza; pero estar muy por debajo de las pretensiones confesa- das constituye un ridículo constante, en que caen con frecuencia las medianías. Además, el señor de Chessel no sigue la marcha recta y segura del hom- bre fuerte: dos veces diputado y otras dos veces rechazado en las elecciones; ayer director general y hoy nada, sus éxitos y sus fracasos han gastado su carácter, dándole la aspereza del ambicioso in- válido. Aunque hombre galante, espiritual y capaz: de grandes cosas, tal vez la envidia que apasiona la existencia en Turena (pues los tureneses emplean su talento en envidiarlo todo) le fué funesta en las altas esferas sociales, donde hacen muy mal papel esos rostros crispados por los éxitos de otro y esos labios burlones rebeldes a la felicitación y siemn- pre dispuestos al epigrama. Ambicionando menos, tal vez habría obtenido más; desgraciadamente, tendría hastante superioridad para querer marchar

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siempre erguido. En aquel momento, el señor de Chessel estaba en el crepúsculo de su ambición: el monarquismo le sonreía. Tal yez sus maneras de gran señor eran afectadas, pero yo le encontraba perfecto. Por otra parte, me gustó, por una razón bien sencilla: gozaba de reposo en su casa por pri- mera vez. Como era tan desgraciado con mi fami- lia, el débil interés que me demostraba parecióme una imagen del amor paternal, y los cuidados de su hospitalidad contrastaban tanto con la indife- rencia que hasta entonces me había anonadado, que manifestaba una gratitud infantil por vivir sin cadenas y casi acariciado. Los castellanos de Fra- _pesle están, pues, tan mezclados con la aurora de mi felicidad, que mi pensamiento los confunde con los recuerdos en que quiero vivir. Más tarde, y principalmente en el negocio de las cartas-patentes, tuve el gusto de hacer algunos favores a mi hués- ped. El señor de Chessel gozaba de su fortuna con un fausto que ofendía a muchos de sus vecinos; podía renovar con frecuencia sus caballos y sus coches; su mujer era esmerada en el vestir y en su tocado, recibía con esplendidez, comía a lo prín- cipe, y su servidumbre era más numerosa de lo que requerían las costumbres del país. Las tierras de Frapesle eran, además, inmensas. En presen- cia de su vecino, y ante este lujo, el conde de Mortsauf, reducido al cabriolé de familia, que en Turena es el término medio entre la tartana y la silla de posta, y obligado por la medianía de su fortuna a hacer producir a Clochegourde, fué tu-

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renés, es decir, envidioso hasta el día en que los favores reales dieron a su familia un brillo inespe- rado; su acogida al hijo menor de una familia arruinada, pero cuyo blasón databa del tiempo de las Cruzadas, le sirvió para humillar la brillante fortuna y empequeñecer los bosques y prados de su vecino, que no era noble. El señor de Chessel comprendió al conde. Sus relaciones eran, pues, corteses y amistosas, pero sin ese trato diario ni esa agradabla intimidad que hubiera debido exis- tir entre Clochegourde y Frapesle, dominios sepa- rados por el Indre y cuyas castellanas podían hacer- se señas de balcón a balcón.

No era la envidia la única razón de la soledad en que vivía el señor de Mortsauf, Su primera educa- ción fué la de la mayor parte de los hijos de las grandes familias: una incompleta y superficial ins- trucción, cuyos defectos solían remediar la ense- ñanza del mundo, los usos de la corte y el ejercicio de los grandes cargos de la corona o de los grandes destinos. El señor de Mortsauf había emigrado pre- cisamente en la época en que empezaba su segunda educación, y ésta le faltó. Fué de los que creyeron en el pronto restablecimiento de la monarquía en Francia, y en esta persuasión su destierro había transcurrido en la más deplorable de las ociosidades. Cuando se dispersó el ejército de Condé, en el cual fué de los primeros en alistarse, creyó volver muy pronto bajo la bandera blanca, y no trató, como alguños emigrados, de crearse una existencia in- dustriosa. Tal vez no tuvo tampoco la fortaleza

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de alma necesaria para abdicar de sus preocu- paciones aristocráticas, a fin de ganar su pan eon los sudores de un trabajo despreciado. Sus es- peranzas, siempre remitidas a mañana, y puede ser que su honor, le impidieron ponerse al servi- cio de las potencias extranjeras. El sufrimiento minó su valor. Largas caminatas emprendidas a pie sin el alimento suficiente, tras esperanzas siem- pre fallidas, alteraron su salud y debilitaron su alma. Si la miseria es un tónico para muchos hom- bres, para otros es un disolvente, y el conde per- tenecía a estos últimos.

Contemplando a aquel infortunado caballero arrastrándose por los caminos de Hungría y par- tiendo un cuarto de carnero con los pastores del príncipe Esterhazy, a quienes el viajero pedía el pan que el noble no hubiera aceptado del amo y que rehusó muchas veces de manos enemigas de Fran- cia, jamás he sentido en mi corazón desprecio para el emigrado, ni aun cuando lo vi ridículo en el triunfo. Los cabellos blancos del señor de Morb- sauf me habían revelado dolores espantosos, y yo simpatizo demasiado con los desterrados para po- derlos juzgar. La alegría francesa y turenesa su- cumbió en el conde; se puso pesado, cayó enfermo, y fué curado por caridad en un hospital alemán, Su enfermedad era una inflamación del mesen- terio, dolencia generalmente mortal, cuya cura- ción produce cambios de carácter y lleva casi siem- pre a la hipocondría. Sus amores, sepultados en el fondo de su alma, y que únicamente yo he des-

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cubierto, fueron amores de baja esfera, que no sólo atacaron a su vida, sino que arruins Jn su porvenir. Después de doce años de miseria, volvió los ojos hacia Francia, cuyas puertas le abría el decreto de Napoleón. Cuando pasó el Rin y el peatón cansado vió en una hermosa tarde el campanario de Es- trasburgo, desfalleció.

«¡Francia! ¡Francia!», exclamó como grita un niño «¡Mamá!» euando está herido. Rico antes de nacer, encontrábase pobre; nacido para mandar un regimiento o gobernar el Estado, veíase sin autoridad y sin porvenir; criado fuerte y robusto, volvía enfermo y gastado, sin instrucción, en medio de un país en que los hombres y las casas habían crecido, y, por consiguiente, sin influencia posible, vióse despojado de todo, hasta de las fuerzas fí- sicas y morales. Su falta de fortuna le hizo pesado su nombre, y sus opiniones inquebrantables, sus antecedentes del ejército de Condé, sus penas, sus recuerdos, su salud perdida, le dieron una suscep- tibilidad muy poco a propósito para vivir en Fran- cia, el país de las burlas. Llegó medio moribundo al Maine, donde, por un azar debido tal vez a la guerra civil, el Gobierno revolucionario se había ol- vidado de poner en venta una finca importante en extensión y que su arrendatario conservaba hacien- do creer que la tenía en propiedad. Cuando la farmi- lia de Lenoncourt, que vivía en Givry, dominio situado cerca de esta hacienda, supo la llegada del conde de Mortsauf, el duque de Lenencourt fué a ofrecerle su casa para que la habitase, mientras

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se le preparaba un departamento conveniente en su hacienda. La. familia de Lenoncourt se mostró noblemente generosa con el conde, que vivió con ella durante algunos meses, haciendo esfuerzos para ocultar sus dolores. Los Lenoncourt habían per- dido sus inmensos bienes, y, por el ilustre nombre del señor de Mortsauf, era éste un partido acepta- ble para su hija. Lejos de oponerse a su matrimo- nio con un hombre de treinta y cinco años, enfer- mizo y envejecido, la señorita de Lenoncourt pare- ció consentir en él con alegría. Un matrimonio la daba el derecho de vivir con su tía, la duquesa de Verneuil, hermana del príncipe de Blamont- Chauvry, que era para ella una madre de adopción.

Amiga íntima de la duquesa de Borbón, la se- ñora de Verneuil formaba parte de una sociedad religiosa cuya alma era el señor Saint-Martin, nacido en Turena y apodado el Filósojo descono- cido. Los discípulos de este filósofo practicaban las virtudes aconsejadas por las santas especula- ciones del iluminismo místico. Esta doctrina daba la clave del mundo divino; explicaba la existencia por las transformaciones sucesivas en que el hom- bre camina hacia destinos sublimes; libraba al deber de su degradación legal; aplicaba a las penas de la vida la dulzura inalterable del cuáquero, y aconsejaba el desprecio del dolor, inspirando un no qué maternal para el ángel que llevamos al cie- lo; era el estoicismo con un porvenir. El amor puro y la oración activa eran los elementos de e que salía del catolicismo de la Iglesia romana j

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74 volver a entrar en el cristianismo de la Iglesia pri- mitiva. La señorita de Lenoncourt permanecía, sin embargo, en el seno de la Iglesia apostólica, a la cual su tía fué siempre igualmente fiel. Ruda- mente probada por las tormentas revolucionarias, la duquesa de Verneuil había adquirido, en los últimos años de su vida, un tinte de piedad apa- sionada, que vertió en el alma de su querida hija «la luz del amor celeste y el óleo de la alegría ín- tima», para emplear las mismas expresiones de Saint-Martin. La condesa recibió varias veces en Clochegourde a este hombre pacífico, virtuoso y sabio, después de la muerte de su tía, a la cual vi- sitaba con frecuencia, y desde Clochegourde vi- gilaba Saint-Martin la impresión de sus últimos hibros, que hacía en Tours, en casa de Letourmy. Inspirada por la sabiduría de las viejas que han experimentado las borrascosas estrecheces de la vida, la señora de Verneuil hizo donación de Clo- chegourde a la recién casada, e fin de que tuvie- ra una casa. Con la gracia de las ancianas, que es siempre perfecta, cuando éstas son graciosas, la duquesa lo abandonó todo a su sobrina, contentán- dose con un cuarto encima del que antes ocupaba, y que tomó la condesa. Su muerte casi repentina enlutó las alegrías de esta unión e imprimió una negra tristeza en Clochegourde y en el alma supers- ticiosa de la recién casada. Los primeros días de su establecimiento en Turena fueron para la condesa la sola época, no feliz, sino tranquila de su vida. Después de las angustias de su permanencia en

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el extranjero, el señor de Mortsauf, satisfecho con entrever un porvenir clemente, tuvo una especie de convalecencia del alma y respiró en aquel valle los perfumes embriagadores de una esperanza flo- rida. Obligado a cuidar de su fortuna, se dedicó a los preparativos de su empresa agronómica y co- menzó a experimentar alguna alegría; pero el na- cimiento de Santiago fué un golpe que arruinó el presente y el porvenir: el médico condenó al re- ción nacido. El conde ocultó cuidadosamente esta sentencia a su esposa; después consultó por mismo y recibió respuestas desesperantes, que fue- ron confirmadas por el nacimiento de Magdalena. Estos dos acontecimientos y una especie de certi- dumbre interior sobre la fatal sentencia aumentaron las disposiciones enfermizas de] emigrado. Su nom- bre, extinguido para siempre; una mujer, joven, pura, irreprochable, desgraciada a su lado y consa- grada a las angustias de la maternidad, sin tener gus placeres; el humus de su antigua vida, de que germinaban nuevos sufrimientos: todo esto cayó sobre su corazón y acabó por destruirlo. La con- ,desa adivinó el pasado por el presente y leyó en el porvenir. Aunque nada es más difícil que hacer feliz a un hombre que se siente defectuoso, la con- desa intentó esta empresa digna de un ángel. Hí- zose estoica en un día; después de bajar a un abis- mo desde el cual pudo contemplar el cielo, se con- sagró por un solo hombre a la misión que abraza la hermana de la caridad por todos, y a fin de re- conciliarle consigo mismo le perdonó lo que él no

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se perdonaba,. El conde se hizo avaro, aceptó las privaciones impuestas; temía ser engañado, como temen todos los que no han conocido la vida del mundo mas que para experimentar repugnancias, y ella se retiró a la soledad y se plegó, sin murmu- rar, sobre sus desconfianzas; hizo más aún: em- pleó las astucias de la mujer en hacerle querer lo bueno, y consiguió que así se crease ideas y gozase a su lado de los placeres de la superioridad, que no hubiera tenido en ninguna parte. Después, tras algún tiempo de matrimonio, se resolvió a no salir jamás de Clochegourde, reconociendo en el conde un alma histérica, cuyos extravíos podían, en un país de malicia y de murmuración, perjudicar a sus hijos. Nadie, pues, sospechaba la incapacidad real del señor de Mortsauf; ella había revestido aquellas ruinas con un espeso manto de hiedra. El carácter variable, no descontentadizo, sino incontentable, del conde encontró en su mujer una tierra dulce y fácil, en la cual pudo extenderse, sintiendo sus secretos dolores aliviados por la frescura del bálsamo.

Esta historia es la más sencilla expresión de los discursos arrancados al señor de Chessel por un oculto despecho. Su conocimiento del mundo le había hecho entrever algunos de los secretos se- pultados en Clochegourde; pero si, por su sublime actitud, la señora de Mortsauf engañaba al mundo, no pudo engañar a los inteligentes sentidos del amor. Cuando me encontré en mi cuartito, el pre- sentimiento de la verdad me hizo saltar en mi le-

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cho y no quise estar en Frapesle cuando podía ver las ventanas de su habitación; me vestí, bajé silen- ciosamente y salí del castillo por la puerta de una torre a que se llegaba por una escalera de caracol, El frío de la noche me serenó. Pasé el Indre por el puente del Molino Rojo y llegué a la barca de Clo- chegourde, donde brillaba una luz en la última ventana, del lado de Azay. Volví a encontrar mis antiguas contemplaciones, pero apacibles y embe- llecidas por el trino del ruiseñor y la nota única de la rana, despertando en ideas que se desli- zaban como fantasmas y levantando los negros crespones que hasta entonces me habían ocultado el porvenir. ¡El alma y los sentidos estaban igual- mente encantados! ¡Con qué violencia mis deseos subían hasta ella! ¡Cuántas veces me dije, como un insensato su obsesión: «¿Será mía?! Si durante los días precedentes el universo se había agran- dado para mí, en una sola noche encontré su cen- tro. A ella se referían mis deseos y mis ambicio- nes, y ansiaba ser todo suyo a fin de rehacer y llenar su corazón desgarrado. ¡Hermosa fué aquella noche pasadá bajo sus ventanas, en medio del murmullo de las aguas, que se deslizaban por en- tre los molinos y entrecortado por la voz de las horas que sonaban en el campanario de Saché! Durante toda la noche, bañada de resplandores, en que aquella flor sideral iluminó mi vida, yo le consagré mi espíritu con la fe de aquel pobre caballero castellano de quien nos burlamos con Cervantes, con la cual comenzamos el amor, Con

78 la luz inicial de la aurora, con el primer trino de los pájaros, corrí al parque de Frapesle: ningún campesino me vió, nadie sospechó de mi escapa- toria, y dormí hasta el momento en que la cam- pana indicó la hora de almorzar. A pesar del ca- lor, después del almuerzo bajé a la pradera, a fin de ver el Indre y sus islas, el valle y sus co- linas, de que parecía apasionado admirador; pero con esa velocidad que desafía a la del caballo des- bocado, pronto me encontré junto a la barca y los sauces de Clochegourde. Todo estaba silencioso, palpitante, como está el campo al mediodía; las frondas inmóviles se recortaban limpiamente so- bre el fondo azul del cielo; los insectos que viven de la luz, mariposas, abejas, cantáridas, volaban hacia sus fresnos, hacia sus rosales; los rebaños rumiaban a la sombra; las tierras rojas de la vid ardían, y las culebras se deslizaban a lo largo de los ribazos. ¡Qué cambio en aquel paisaje, tan fresco y tan poético antes de mi sueño! De repente saltó de la barca y me dirigí al camino para dar la vuelta a Clochegourde, de donde creía haber visto salir al conde. No me engañaba: iba. por un seto para ganar sin duda una puerta que daba al camino de Azay, que sigue la orilla del río.

—¿Cómo se encuentra usted esta mañana, se- ñor Conde?—le preguntó.

Me miró con aire alegre: muy pocas veces se oía. llamar así.

—Bien—dijo—; pero ¿tanto le gusta a usted el campo, que se pasea con este calor?

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—¿No me han enviado aquí para vivir al aire libre? —repliqué.

—Está bien. ¡Quiere usted venir a ver segar la cebada?

—Con mucho gusto; pero le advierto que soy “un ignorante completo; no distingo la cebada del trigo, ni el álamo del chopo, y nada de agricul- tura ni de los diferentes métodos de explotar la tierra.

—Bueno; venga usted—dijo alegremente vol- viendo sobre sus pasos—; entre por la puertecilla

de allá arriba.

Y siguió a lo largo del seto por la parte de aden- tro, mientras yo iba por la de afuera.

—El señor de Chessel no podría enseñarle a usted nada de eso —dijo—; es demasiado gran señor para ocuparse de otra cosa que de recibir las cuen- tas de sus administradores.

Me enseñó luego los patios y las dependencias, los jardines de recreo y las huertas; en fin, me llevó hacia aquella larga avenida de acacias, lamida por el río, en cuyos extremos distinguí, sentada en un banco, a la señora de Mortsauf, rodeada de sus hijos. Sorprendida tal vez de mi cándido apresu- ramiento, no se movió, sabiendo que iríamos hacia ella. El conde me hizo admirar la perspectiva del valle, que desde allí ofrecía un espectáculo muy diferente de los que había contemplado hasta en- tonces según las alturas por donde habíamos pasa- do. Se hubiera creído ver un rincón de Suiza. La pradera, surcada por multitud de arroyos que des-

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aguaban en el Indre, se descubría en toda su ex- tensión, perdiéndose en lejanos vapores. Del lado de Montbazón, la mirada se extendía sobre una inmensa llanura verde, y por todos los demás puntos se encontraba detenida por colinas, por masas de árboles y por rocas. Alargamos el paso para ir a saludar a la señora de Mortsauf, que, de pronto, dejó caer el libro en que leía Magdalena y tomó sobre sus rodillas a Santiago, que era presa de una tos gonvulsiva.

¡Qué tiene? —exclamó, palideciendo, el conde,

—Le duele la garganta —respondió la madre, que | parecía no verme—; pero no será nada. j

Y mientras sujetaba la frente y la espalda del niño, brotaban de sus ojos dos rayos que parecían | infundir la vida en aquella débil criatura.

—Cometes imprudencias increíbles—repuso el conde, econ aspereza—; le expones a la humedad del río y lo sientas en un banco de piedra... !

—Pero, papá, ¡si el banco quema! —exclamó Mag- dalena. |

—Se ahogaban arriba—repuso la condesa.

—Las mujeres siempre quieren tener razón— replicó el conde, mirándome.

Para evitarme el tener que aprobar o reprobar con la mirada, contemplaba a Santiago, que se quejaba de ardor en la garganta, y a quien su ma- dre se llevó. Antes de alejarse pudo aún oír a su marido, que decía:

—Cuando se engendran niños tan delicados, es preciso saber cuidarlos. ,

«dei

[

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Estas palabras eran profundamente injustas; pero su amor propio le arrastraba a justificarse a costa de su mujer. La condesa volaba al subir las rampas y la escalinata; la vi desaparecer tras la puerta-ventana. El señor de Mortsauf se había sen- tado pensativo en el banco y con la cabeza incli- nada. Mi situación híizose intolerable, pues.ni me miraba ni me hablaba. ¡Adiós aquel paseo en el que esperaba intimar con ella! ¡No recuerdo haber pasado en mi vida un cuarto de hora más horrible que aquél! Mi frente estaba cubierta de sudor, y me preguntaba si'me marcharía o me quedaría, ¿Qué pensamientos tan tristes llenaban la imagi- nación del conde, para hacerle olvidarse de ir a ver cómo se encontraba Santiago? Se levantó brus- camente, se acercó a y nos volvimos para con- templar el risueño valle.

—Dejaremos para otro día nuestro paseo, señor conde—le dije con dulzura.

—No, salgamos —respondió —; desgraciadamen- te, estoy acostumbrado a ver con [recuencia seme- jantes crisis, cuando daría mi vida sin sentimiento alguno por conservar la de ese niño.

—Santiago está mejor y se ha dormido, amigo mío —dijo la voz de oro.

La señora de Mortsauf se presentó súbitamente en el extremo de la avenida. Acercóse sin hiel, sin amargura, y, al devolverme el saludo que la hice, me dijo:

—Veo con placer que le agrada a usted Cloche- gourde.

AZUCENA,—T. L 6

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'“—¡Quieres, amiga mía, que monte a caballo y que vaya a buscar al señor Deslandes?—preguntó el conde, mostrando deseos de hacerse perdonar su injusticia.

—No te molestes —respondió la condesa —; San- tiago no ha dormido esta noche: es todo lo que tiene. Se trata de un niño muy nervioso; tuyo una pesa- dilla y he pasado gran parte de la noche contándole cuentos para que durmiese. Su tos es puramente nerviosa; la he calmado con una pastilla de goma, y ahora duerme.

—¡Pobre esposa mía! —dijo el conde estrechán- dole las manos—. ¡Y yo que no sabía nada!

—¿A qué inquietarse por pequeñeces? Ve a tu cebada. Ya sabes que, si no estás allí, los se- gadores dejarán entrar en el campo a las espi- gadoras forasteras antes de que estén retirados los haces.

—Señora—le dije —, voy a seguir mi primer curso de agricultura.

—Lleva usted buen maestro —respondió, indi- cando al conde, cuya boca se contrajo con una son- risa de contento.

Hasta dos meses después no supe que había pasado aquella noche dominada por angustias ho- rribles, temiendo que su hijo tuviera la difteria, ¡Y yo estaba en la barca, mecido por pensamientos de amor, imaginándome que desde su ventana me vería adorando la luz de aquella bujía que entonces alumbraba su frente, arrugada por mortales alar- mas! La difteria reinaba en Tours y hacía grandes

83 estragos. En la puerta, el conde me dijo con voz conmovida:

—Mi mujer es un ángel.

Esta frase me hizo vacilar. No conocía mas que ¡superficialmente a aquella familia, y el remordi- miento, tan natural en un alma joven, me de- cía: «¿Con qué derecho vas a turbar esta paz pro- funda?»

Feliz por tener de interlocutor a un joven sobre el cual podía alcanzar fáciles triunfos, el conde me habló del porvenir que la vuelta de los Borbones preparaba a Francia. Entablamos una conversación en la cual le verdaderas niñerías, que me sor- prendieron profundamente. Ignoraba hechos de una evidencia geométrica, tenía miedo de las gen- tes instruídas, negaba las superioridades, se bur- laba, puede que con razón, de los progresos, y, en fin, reconocí en él una gran cantidad de fibras dolorosas, que obligaban a tomar infinitas precau- ciones para no herirle, por lo que una conversación con él venía a ser un trabajo ímprobo. Cuando, por decirlo así, hube palpado sus defectos, me plegué a ellos con tanta flexibilidad como demostraba la condesa en acariciarle. En otra época de mi vida le hubiera indudablemente replicado; pero entonces, tímido como un niño, creyendo no saber nada o que los hombres formados lo sabían todo, me mara- villaba de los progresos obtenidos por aquel pa- ciente agricultor. Escuché sus planes con admira- ción, lisonja involuntaria que me valió la benevo- lencia del viejo noble; envidié aquella tierra, su

84 posición, aquel paraíso terrestre, poniéndolo muy por encima de Frapesle.

—Frapesle—le dije—es una pieza maciza de plata; pero Clochegourde es un estuche de piedras preciosas.

Frase que después repitió con mucha frecuen- cia, citando al autor.

—Antes de que viniésemos —dijo—esto era una desolación.

Yo me sentía todo oídos cuando hablaba de sus siembras y de sus recolecciones. Nuevo en los tra- bajos del campo, le abrumaba a preguntas sobre los precios de los géneros, sobre los medios de ex- plotación, y me pareció feliz al darme a conocer tantos detalles.

—¿Qué le han enseñado a usted?—me pregun- taba con asombro.

Después de este primer paseo, el conde dijo a su mujer al entrar;

—El señor don Félix es un joven encantador.

Por la noche escribí a mi madre diciéndole me enviase ropa y anunciándole al mismo tiempo rni resolución de quedarme en Frapesle. Ignorando la gran revolución que entonces se realizaba, y no comprendiendo la influencia que debía ejercer sobre mi destino, creía volver a París para acabar el es- tudio de Derecho; pero como el curso no empezaba hasta los primeros días de noviembre me quedaban libres dos meses y medio.

Durante los primeros días de mi permanencia intenté unirme al conde, alcanzando crueles im-

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presiones. Descubrí en aquel hombre una irascibi- lidad injustificada y una prontitud de acción en los casos desesperados, que me espantaron. Encon- trábanse en él rasgos repentinos del valeroso caba- llero del ejército de Condé, y algunos relámpagos parabólicos de esas voluntades que pueden, en un día de circunstancias graves, hundir la política a la manera de las bombas, y que, por los azares de la rectitud y del valor, hacen de un hombre condenado a vivir en su señorío un d'Elbée, un Bouchamps, un Charette. Ante ciertas suposi- ciones, su nariz se contraía, su frente se iluminaba y sus ojos lanzaban un fuego que en seguida des- vanecíase. Tenía miedo de que el señor de Mort- sauf sorprendiese el lenguaje de mis ojos y. me ma- tase en un arrebato. Por aquella época yo no era sino un hombre todo ternura, La voluntad, que tan extrañamente modifica a los hombres, apenas si apuntaba en mí. Mis excesivos deseos me habían comunicado esos rápidos estremecimientos de la sensibilidad que se parecen a las sacudidas del miedo. La lucha no me hacía temblar; pero no quería perder la vida sin haber gozado de la feli- cidad de un amor correspondido. Las dificulta- des y mis deseos se agrandaban sobre dos líneas paralelas. ¿Cómo hablar de mis sentimientos? Era presa de crueles perplejidades; esperaba una ca- sualidad; observaba, me familiarizaba con los niños, de quienes me hice querer, y traté de identificarme con las costumbres de la casa. Insensiblermente el conde se hizo más expansivo conmigo, y de este

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modo fuí conociendo sus rápidos cambios de ca- rácter, sus profundas tristezas sin motivo, sus bruscos arrebatos, sus amargas quejas, su frialdad * envidiosa, sus reprimidos raptos de locura, sus gemidos de niño, sus gritos de hombre desespera- do y sus imprevistas cóleras. La naturaleza moral se distingue de la naturaleza física en que nada hay en aquélla de absoluto: la intensidad de los efectos está en razón de la fuerza de los caracteres o de las ideas que reunimos o agrupamos en torno de un hecho, Mis visitas a Clochegourde y el porve- nir de mi vida dependían de aquella voluntad ca- prichosa. No sabía expresar qué angustias oprimían mi alma, tan fácil entonces de contraerse como de dilatarse, cuando al entrar me preguntaba: «¿Cómo me recibirá?» Era una inquietud horrible y conti- nua, y al fin caí bajo el despotismo de aquel hom- bre. Mis sufrimientos me hicieron adivinar los de la señora de Mortsauf: empezamos a cambiar mi- radas de inteligencia, y algunas veces mis lágrimas corrían cuando ella contenía las suyas. De este modo la condesa y yo nos probamos por el dolor. ¡Cuán- tos descubrimientos hice durante aquellos cuarenta primeros días llenos de amarguras reales, de ale- grías tácitas, de esperanzas tan pronto sumergidas como flotantes! Una tarde la encontré religiosa mente pensativa ante una puesta de sol, que enro jecía tan voluptuosamente las cimas, dejando ver el valle como un lecho, que era imposible no escuchar la voz de aquel eterno Cantar de los cantares con que la Naturaleza convidaba sus criaturas al amor.

Pa

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¿Rehacía la joven sus ilusiones perdidas? ¿Sutría por alguna comparación secreta? Creí ver en su actitud un abandono muy a propósito para una primera declaración, y la dije:

—Hay días difíciles.

—Lee usted en mi alma—me contestó —; pero, ¿cómo-es posible?

—¡Tenemos tantos puntos de contacto! —respons

dí—. ¿No pertenecemos los dos al pequeño número 3)

de criaturas privilegiadas para el dolor y para el placer, cuyas cualidades sensibles brillan todas al unísono produciendo grandes ecos interiores, y cuya naturaleza nerviosa está en armonía constante con el principio de las cosas? Colocadas en un medio en que todo sea disonancia, esas personas sufren horriblemente, del mismo modo que su placer llege a la exaltación cuando encuentran ideas, sensacio- nes y seres que les son simpáticos. Pero hay para nosotros un tercer estado, cuyas desgracias no son conocidas sino de las almas afectadas por la misma enfermedad, y entre las cuales existen compren- siones fraternales. Puede sucedernos no estar im- presionados ni bien ni mal. Un órgano expresivo dotado de movimiento muévese entonces en nos- otros como en el yacío, se apasiona sin objeto, lanza sonidos sin producir melodías, arroja acentos que se pierden en el silencio: especie de contra- dicción terrible de un alma que se revuelve contra la inutilidad de la nada; fuego extenuante, en el cual nuestro poder se escapa entero, sin alimento, como la sangre por una herida ignorada. La sensibilidad

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corre a torrentes, y esto produce desfallecimientos horribles e inexplicables melancolías, que ni aun - enel confesonario pueden revelarse. ¿No he logrado expresar acaso nuestros dolores comunes?

Estremecióse, y, sin apartar la vista del sol, que se ocultaba, me dijo:

—¿Cómo sabe usted todo eso a sus pocos años? ¿Acaso ha sido usted mujer?

—¡Ah!—]a respondi—. Mi infancia ha sido como una larga enfermedad.

—Oigo toser a Magdalena —me dijo, leyantán- dose con precipitación.

La condesa me vió frecuentar su casa y no se preocupó, por dos razones: primera, porque era pura como un niño e incapaz de concebir una sos- pecha; después, porque yo distraía al conde y era como una presa arrojada a aquel león sin uñas y sin melena. En fin, había acabado por encontrar. una razón que a todos nos parecía plausible. Yo* no sabía jugar al chaquete; el señor Mortsauf me propuso enseñármelo, y acepté, A partir del ins- tante en que nos pusimos de acuerdo, la condesa no pudo menos de dirigirme una mirada de com- pasión, que quería decir: «Se mete usted en la boca del lobo.» Si el primer día no lo comprendí, al tercero sabía ya a lo que me había comprome- tido. Mi inagotable paciencia, ese fruto de mi ni- ñez, se maduró durante aquella temporada de prueba. El conde experimentaba un gran contento entregándose a crueles burlas cuando yo ponía en práctica el principio o la regla que me había ex-

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plicado; si reflexionaba, se quejaba del fastidio que le proporcionaba el que jugara con mucha lentitud; si jugaba con viveza, decía que le es- poleaba, y si cometía torpezas, se aprovecha- ba de ellas, diciendo que me apresuraba dema- siado. Era “aquélla una tiranía de maestro, un despotismo de férula del que no se puede tener idea sino suponiendo a Epicteto caído bajo el yugo de un chiquillo malintencionado. Cuando jugábamos dinero, sus constantes ganancias le causaban una alegría mezquina y de mal gusto; pero una palabra de su mujer me consolaba y le devolvía rápidamente el sentimiento de la cor- tesía y de las conveniencias. Muy pronto me en- contré en las hogueras de un suplicio imprevisto; en aquella tarea se fué mi dinero. Aunque el con- de permanecía entre su esposa y yo hasta que me retiraba, algunas veces muy tarde, consolábame la esperanza de encontrar un momento oportuno para deslizarme en su corazón; mas para conseguir esta hora, con la dolorosa paciencia del cazador, tenía que continuar aquellas malditas partidas de jue- go que desgarraban mi alma y se llevaban mi di- nero. ¡Cuántas veces nos habíamos quedado si- lenciosos, ocupados en mirar un efecto de sol en pradera, las nubes en un cielo gris, las colinas vaporosas o los reflejos de la luna en las piedras del río, sin decir otra cosa que:

—¡Qué hermosa es la noche!

—Como que la noche es mujer, señora.

—¡Qué ambiente de serenidad!

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—Sí; aquí no se puede ser completamente des- graciado.

Después de esto, ella volvía a su labor; pero yo había llegado a adivinar que sus entrañas se con- movían a impulsos de un sentimiento que pugnaba por predominar. Sin dinero, ¡adiós las veladas! Escribí a mi madre rogándole que me lo enviase; mi madre me llamó derrochador, se irritó y me mandó una suma insuficiente para ocho días. ¿A quién pedir? ¡Y se trataba de mi vida! Encontré, pues, en medio de mi primera felicidad, los sufri- mientos que me habían atormentado en todas par- tes; pero en París, en el colegio, en la pensión, había podido reducirme a la abstinencia, y mi desgra- cia había sido negativa; en Frapesle fué activa, y entonces conocí la tentación del robo, esos crí- menes soñados, esos furores espantosos que estre- mecen el alma y que debemos ahogar, so pena de perder la propia estimación. Los recuerdos de las crueles meditaciones, de las terribles angustias que me imponía la tacañería de mi madre, me han inspirado hacia los jóvenes la santa indulgencia de los que, sin haber caído, han llegado al borde del abismo y han podido medir su profundidad. Aunque mi honradez, nutrida de sudores fríos, se haya for- tificado en esos momentos en que la vida se entre- abre y deja ver su árido fondo, siempre que la terrible justicia humana ha herido con su cuchji- lla el cuello de un hombre me he dicho que las le- yes penales han sido hechas para los que han co- nocido la desgracia. En tal apuro descubrí en la

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biblioteca del señor de Chessel un «Tratado del <haqueto», y lo estudié; además, mi huésped me dió algunas lecciones, y. enseñado con menos dureza, pude hacer progresos y aplicar las reglas y los cáleu- los que había aprendido de memoria. En pocos días estuve en disposición de dominar a mi maestro; pero cuando le ganaba se ponía de un humor exe- crablo, sus ojos relampagueaban como los de un tigre, crispábase su rostro; sus cejas se fruncían <omo no he visto fruncirlas a nadie. Quejábase como un niño irritado; a veces arrojaba los dados, se enfurecía, pateaba; mordía su cubilete y me lle- naba de injurias. Estas violencias tuvieron un término. Cuando hube adquirido una gran supe- rioridad, conducía el juego a mi gusto y me arre- glaba de modo que al fin quedásemos iguales, de- jándole ganar durante la primera mitad de la partida y restableciendo el equilibrio durante la segunda. El fin del mundo no le hubiera sorpren- dido tanto como la rápida superioridad de su dis- cípulo; pero nunca la reconoció; y el desenlace cons. tante de nuestras partidas fué un nuevo pasto de que se apoderó su espíritu,

—Decididamente —decía—, mi pobre cabeza se fatiga; al final de la partida gana usted siempre; y es porque entonces he perdido ya mis facultades.

La condesa, que conocía el juego, advirtió mi manejo desde el primer día y adivinó aquel in- menso testimonio de afecto. Estos detalles no pue- den ser apreciados sino por los que conocen las horribles dificultades del chaquete. ¡Qué no decía

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aquella pequeñez! Pero el amor, como el dios de Bossuet, coloca por encima de las más grandes vic- torias el vaso de agua del pobre y el esfuerzo del soldado que muere ignoto. La condesa me conce- dió una de esas pruebas de mudo agradecimiento que hacen estremecerse un corazón joven: me otor- la mirada que reservaba para sus hijos. Desde aquella noche bienaventurada, me miró: siempre al hablarme. No podría explicar en qué estado me separé de ella. Mi alma había absorbido mi cuerpo; no pisaba; no caminaba, volaba; sentía en aque- lla mirada que me había inundado de luz, como su «¡adiós, caballero!» había hecho resonar en mi alma las armonías que contiene el O filii, o filie! de la resurrección pascual. Nacía a nueva vida, puesto que era algo para ella. Me dormí envuelto en lla- mas de púrpura, y ante mis ojos cerrados pasa- ron luces que se perseguían en las tinieblas, como esos puntos de fuego que corren unos tras otros en las pavesas del papel quemado. En mi sueño su voz se convirtió en un no qué de palpable, en una atmósfera que me envolvió en luz y en perfu- mes, en una melodía que acarició mi alma. Al día siguiente, su acogida expresó la plenitud de los sentimientos otorgados; y fuí desde entonces ini- ciado en los secretos de su voz. Aquel día debía ser uno de los más notables de mi vida. Después de comer fuimos a pasearnos por las alturas y llegamos a una llanura árida, de suelo pedregoso, seco y des- provisto de tierra vegetal. Crecían allí, sin embargo, algunos robles y matorrales espinosos; pero, en vez

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de hierbas, extendíase sobre el suelo un tapiz de musgos mezquinos, enrojecidos por el sol poniente, sobre el cual se deslizaban los pies. Yo llevaba a Magdalena de la mano y la condesa daba el brazo a Santiago. De pronto el conde, que iba delante, se volvió, hirió la tierra con su bastón y dijo con acen- to terrible:

—¡He aquí mi vida!

Mas reprimiéndose y mirando a su mujer, aña- dió, como para excusarse:

—¡Oh! ¡Pero antes de haberte conocido!

¡Reparación tardía! La condesa había palide- cido; pero ¿qué mujer no hubiera vacilado, como ella, al recibir aquel golpe?

—¡Qué aromas tan deliciosos llegan hasta aquí! ¡Qué bellos efectos de luz!—exclamé—; quisiera que esta llanura fuese mía; tal vez labrándola sa- caría de ella tesoros, aunque el más seguro sería la vecindad de ustedes, ¿Quién, por otra parte, no pa- garía caro ese magnífico panorama, ese río en que el alma se baña entre log fresnos y los sauces? Vea usted la diferencia de gustos: para usted este rin- cón de tierra es una landa; para es un paraíso.

La condesa me dió las gracias con una mirada.

—¡Égloga! —dijo el conde con tono amargo—. No está aquí la vida de un noble que lJeya el nom- bre de usted.

Y, después de un momento de interrupción, añadió:

—¿No oye usted las campanas de Azay? Yo las oigo, positivamente.

La señora de Mortsauf me miró con aire asus- tado; Magdalena me apretó la mano,

¡Quiere usted que volvamos a jugar una par- tida?—le dije—; el ruido de los dados le evitará oír las campanas.

Volvimos a Clochegourde hablando sin cesar. El conde se quejaba de vivos dolores, sin precisar- los. Cuando estuvimos en el salón, reinó entre nos- otros una incertidumbre indefinible. El conde es- taba sumergido en su sillón, absorto en una con- templación, respetada por su mujer, que conocía los síntomas de la enfermedad y sabía prever los abscesos. Yo imité su silencio. Si no me rogó que me fuera, debióse tal vez a que esperaba que la partida de chaquete distraería al conde y disipa- ría aquellas fatales crisis nerviosas cuyos estalli- dos la mataban. Nada más fácil que obligar al conde a empezar aquel juego, al que tenía siempre ganas de jugar. Semejante a una niña voluntario- sa, quería que le rogasen, que le obligasen, a fin de que no pareciese que quedaba agradecido, tal vez por lo mismo que era así. Si por consecuencia de una conversación interesante olvidaba yo las vo- ces del juego, se ponía de mal humor y cortaba la conversación contradiciéndolo todo. Advertido por su mal humor, le propuse una partida, y me con- testó:

—Ya es tarde; además, ese juego me aburre.

A lo que siguieron mil melindres desordenados, como los que usan las mujeres que acaban por ha- cernos ignorar sus verdaderos deseos. Me humillé,

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le supliqué que me ejercitase en una ciencia tan fácil de olvidar si no se practicaba, y tuve necesi- dad de fingir una alegría loca para decidirle a ju- gar. Quejábase de aturdimientos que le impedían calcular; decía que tenía la cabeza oprimidá como en un ataúd, estaba sofocado y lanzaba enormes suspiros, Al fin consintió en jugar. La señora de Mortsauf nos dejó para acostar a sus hijos y ha- cerles rezar antes de que se durmiesen. Durante su ausencia todo fué bien: hice de manera que el señor de Mortsauf ganase, y la felicidad le invadió bruscamente. El paso repentino de una tristeza que le arrancaba terribles predicciones sobre mismo a aquella alegría de ebrio, a aquella risa loca y sin razón, me inquietó y me dejó helado. Nunca le había visto en un ataque tan francamente acusado. Nuestras íntimas relaciones daban ya sus frutos y no se contenía conmigo. Cada día trataba - de envolverme en su tiranía, asegurando un nuevo pasto a su humor, pues parece verdaderamente que las enfermedades morales son criaturas que tienen sus apetitos, sus instintos, y que tratan de aumentar el espacio de su imperio como un propietario quie- re aumentar sus posesiones. Bajó la condesa y se sentó cerca del juego para ver mejor; pero se puso a trabajar con una aprensión mal disimulada. Un golpe funesto, que no pude impedir, cambió la faz del conde: de alegre se puso sombrío, de encendido se tornó amarillo, y sus ojos empezaron a extra- viarse. Luego sucedió una nueva desgracia, que no pude prever ni reparar. El señor de Mortsauf echó

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un dado que decidió su ruina. En seguida se le- vantó, arrojó sobre el tablero, y el quinqué a tierra; dió un puñetazo en la consola, y empezó a saltar, más bien que andar, a lo largo del salón. El torrente de injurias, de apóstrofes, de impreca- ciones, de frases incoherentes que brotó de su boca, le hubiera hecho tomar por uno de aquellos céle- bres endemoniados de la Edad Media, Calcula mi situación.

+ —Váyase usted al jardín—me dijo la condesa, estrechándome la mano.

Salí sin que el conde lo advirtiese.

Desde la terraza, donde me puse a pasear lenta- mente, oía sus voces y sus gemidos, que salían de un cuarto situado junto al comedor. En medio de aquella tempestad oía también la 'voz del ángel, que a intervalos se elevaba como el canto del rui- señor en el momento en que cesa la lluvia. Me pa- seaba bajo las acacias, alumbrado por. la hermosa luna de agosto, esperando que la condesa se re- uniese a mí: iba a venir; su acento me lo había pro- metido, Hacía algunos días que una explicación flotaba entre nosotros, y parecía deber estallar'a la primera palabra que hiciese brotar el manantial, demasiado lleno, de nuestras almas. ¿Qué pudor re- tardaba la hora de nuestro perfecto acuerdo? ¡Aca- so amaba ella tanto como yo ese estremecimiento, semejante a las emociones del miedo, que martiriza la sensibilidad durante esos instantes en que se de- tiene la vida pronta a desbordarse, y en que se va- cila para mostrar claramente lo que se siente, obe-

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deciendo al pudor que agita a las jóvenes antes de _ presentarse ante el esposo amado? ¡Habíamos en- grandecido, por nuestros pensamientos acumula- dos, aquella primera confidencia que se había hecho necesaria? Pasó una hora. Estaba yo sentado sobre la balaustrada de ladrillos, cuando el ruido de su paso, mezclado con el roce de su falda, animó el aire tranquilo de la noche. Tuve una de esas sen- saciones que el corazón no puede resistir.

—El señor de Mortsauf se ha quedado dormi- do—me dijo—; cuando está así le doy una taza de agua en la que he tenido en infusión algunas ador- mideras, y las crisis son lo bastante espaciadas para que ese remedio tan sencillo tenga siempre el mis- mo éxito.

Y, cambiando de tono y haciendo más persua- siva la inflexión de su voz, añadió:

—Caballero: una casualidad desgraciada le ha entregado secretos hasta hoy cuidadosamente guar- dados; prométame usted guardar en su corazón el recuerdo de esta escena. Hágalo por rmí, se lo ruego; no le pido juramento; déme sólo el «sí» del hombre de honor, y me basta.

—¿Tengo necesidad de pronunciar ese «sí»? —la dije—. ¿Acaso no nos hemos comprendido?

—No-juzgue usted desfavorablemente al señor de Mortsauf, viendo los largos sufrimientos pade- cidos durante la emigración —repuso—. Mañana ig- norará completamente lo que ha dicho, y le en- contrará usted amable y afectuoso.

—Deje usted, señora—la respondí—, de justifi-

AZUCENA.—T. L 7

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car al señor de Mortsauf; haré todo lo que usted quiera. Me arrc,.ría sin vacilar al Indre si así pu- diera cambiar al conde y proporcionarle a usted * una vida feliz; lo que no puedo rehacer es mi opi- nión; nada hay más arraigado en mí. La daría a usted mi vida, pero no puedo darla mi concien- cia; podría no escucharla, pero no puedo impedir que hable. Y en mi opinión, el señor de Mort- saul €8...

—Le comprendo a usted —me interrumpió con insólita brusquedad—, tiene usted razón: el conde es nervioso como una niña mimada —añadió, para apartar la idea de la locura, suavizando la frase—; pero sólo está así de tiempo en tiempo, una vez al año lo más, en la época de los grandes calores. ¡Cuántos males causados por la emigración! ¡Cuán- tas hermosas existencias perdidas! Sin esto, estoy segura, hubiera sido un gran hombre de guerra, el o o de su país.

—Lo sé—contesté, interrumpiéndola a mi vez y haciéndola comprender que era inútil engañarme.

Se detuvo, pasó una de sus manos por su frente y me dijo:

—¿Quién le ha introducido a usted en nuestra existencia? ¿Acaso Dios ha querido enviarme un socorro, una amistad que me sostenga? —añadió, apoyando su mano con fuerza sobre la mía—. Por- que usted es bueno, generoso.

Levantó sus ojos al cielo, como para invocar un visible testimonio que le confirmase sms secretas esperanzas, y luego los fijó en mí. Electrizado por

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7 ' - LA

di SS dr ie 99 aquella mirada, que inoculaba su alma en la mía, cometí, según la jurisprudencia mundana, una falta de tacto; pero ¿no es esto en ciertas almas delicadas precipitación generosa ante el peligro, deseo de pre- venir un choque, temor de una desgracia que no llega, y con más frecuencia aún, una pregunta brusca hecha al corazón, un golpe dado para saber si encuentra eco? Muchos pensamientos se eleva: ron en como llamas vivas, y me aconsejaron la- var la mancha que ennegrecía mi candor en el mo- mento en que preveía una completa iniciación,

—Antes de ir más lejos —la dije con voz alterada por palpitaciones que se oían fácilmente, a causa del profundo silencio que nos rodeaba—, permí- tame usted purificar un recuerdo del pasado,

—¡Cállese!—me dijo vivamente, llevando a mis labios un dedo, que retiró al instante.

Después, mirándome con la altivez de una mu- jer que se cree demasiado alta para que pueda al- canzarla una injuria, me dijo con voz timbrada:;

—8S6 lo que quiere usted decir; se trata del pri- mero, del último, del único ultraje que he recibido. ¡No me hable usted jamás de aquel baile! Si la cristiana se lo ha perdonado, la mujer sufre to- davía.

—No sea usted más implacable que Dios—la dije, reteniendo en mis pestañas las lágrimas que venían a mis ojos.

—Debo ser más severa, porque soy más débil— contestó. :

Pero—repliqué con una especie de rebelión in-

100 fantil —escúcheme usted, aunque no sea mas que por la primera, la última, la única vez en su vida.

—Bien, hable usted; de otro modo, creería que temo escucharle.

Entonces, comprendiendo que aquel momento era único en nuestra vida, la dije, con ese acen- to que no pide, sino que impone atención, que cuantas mujeres había visto en el baile y antes del baile me habían sido indiferentes; pero que, al ver- la, yo, que consagraba mi vida sólo al estudio; yo, que era tan poco atrevido, me sentí como, arreba- tado por un frenesí que no podrán condenar los que jamás lo hayan sentido, pues cuando el cora- zón está completamente lleno de un deseo nada le resiste y todo lo vence, aun a la misma muerte...

—¿Y al desprecio? —me interrumpió.

—¿Me ha despreciado usted?—le pregunté.

—No hablemos de eso—repuso.

—Hablemos, sí—exclamé con una exaltación producida por un dolor sobrehumano—; se trata de todo mi ser, de mi vida desconocida, de un se- ereto que no debe usted ignorar, o moriré de des- esperación. ¿Y no se trata también de usted, que, sin saberlo, ha sido la dama en cuyas manos bri- 11ó la corona prometida a los vencedores del torneo?

Y la referí nr infancia y mi juventud, no como te las he relatado, sino con las palabras ardientes del joven cuyas heridas sangran todavía. Mi voz resonó como el golpe de hacha de los leñadores en el bosque; y ante ella cayeron. con estruendo los años muertos y los largos dolores que los habían

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erizado de ramas sin follaje. La pinté con febriles palabras una multitud de detalles terribles, que he omitido en este relato; extendí ante sus ojos el tesoro de mis brillantes aspiraciones, el diamante virgen de mis deseos, todo un corazón ardiente, conservado bajo las nieves de esos Alpes helados por un continuo invierno. Y cuando bajo el peso de mis sufrimientos esperaba una palabra de aque- lla mujer, que me escuchaba con la cabeza ineli- nada, su mirada iluminó las tinieblas y su acento animó los mundos terrestres y divinos con una sola frase;

—Hemos tenido la misma infancia —exclamó, dejándome ver un rostro en torno del cual lucía la aureola del martirio.

Y después de una pausa, en la que nuestras al- mas se desposaron con este mismo sedativo pen- samiento: «No era yo solo en sufrir», la condesa me dijo, con la voz que reservaba para hablar a sus niños, que había tenido la desgracia de nacer hija cuando ya los hijos habían muerto. Me expli- las diferencias que su estado de niña, sujeta siempre al lado de su madre, creaba entre sus do- lores y los de un niño arrojado al mundo de los colegios. Mi soledad había sido un paraíso, com- parada con el contacto de la rueda que había martirizado incesantemente su alma hasta el día en que su verdadera madre, su cariñosa tía, ha- bíala salvado, arrancándola de aquel suplicio, cu- yos horribles detalles me relató. Eran éstos inexpli- cables punzadas, insufribles para las naturalezas

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nerviosas que no retroceden ante una puñalada y mueren, sin embargo, ante la sola amenaza de la espada de Damocles; ya era una expansión generosa, detenida por una orden glacial; ya un beso fríamente recibido; un silencio impuesto y luego reprochado; lágrimas devoradas que que: maban el corazón; en fin, las mil tiranías del con- vento, ocultas a los ojos de- los extraños bajo las apariencias de una maternidad gloriosamente exaltada. Su madre fundaba en ella su vanidad y la ostentaba; pero al día siguiente pagaba ca- ras aquellas lisonjas, necesarias para el triunfo de la institutriz. Cuando, a fuerza de obediencia y de dulzura, creía haber alcanzado una victoria y que el corazón de su madre se abría para ella, reapa- recía el tirano armado de aquellas confidencias: un espía no hubiera sido ni más bajo ni más traidor. Todos sus placeres, todas sus alegrías de joven la habían sido vendidas a un precio muy caro, pues era reprendida severamente su hermosura, como si hubiera estado en su mano nacer fea. Jamás las enseñanzas de su noble educación la habían sido dadas con amor, sino con una sangrienta ironía. No amaba a su madre, y sólo se reprochaba sen- tir por ella más terror que cariño. ¿Tal vez, pen- saba aquel ángel, aquellas severidades habían sido necesarias para prepararla a su vida actual.» Es- cuchándola me parecía que el arpa de Job, de la cual yo había sacado tan salvajes acordes, pulsa- da ahora por dedos eristianos, respondía cantando las letanías do la Virgen al pie de la cruz.

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—Vivíamos en la misma esfera antes de encon- trarnos aquí—dije—; usted, viniendo de Orien- to; de Occidente, yo.

Ella agitó la cabeza con un movimiento deses- perado, y dijo:

—Para usted el Oriente; para el Occidente. Usted vivirá feliz; yo moriré de dolor. Los hom- bres forman por mismos los acontecimientos de su vida, y la mía está fijada ya para siempre. Nin- guna fuerza humana puede romper esta cadena que la mujer toma por un anillo de oro, emblema de la pureza de los esposos.

Sintiéndonos entonces gemelos en el dolor, la condesa no concibió que Jas confidencias se hicie- sen a medias entre hermanos que beben en la mis- ma fuente. Después del suspiro natural que al abrirse exhalan los corazones puros, me refirió sus primeros días de matrimonio, sus primeras decep- ciones, toda la renovación de su desgracia. Como yo, había conocido las pequeñeces, tan grandes para las almas cuya límpida substancia se que- branta al menor choque, a la manera como una piedra arrojada en un lago agita igualmente la superficio y el fondo. Al casarse poseía algunos ahorros, ese poco de oro que representa las horas felices, los mil deseos de la edad primera; en un día de escasez los había entregado generosamente, sin decir que eran recuerdos y no monedas; pero ja- más su marido se lo había tenido en cuenta, ni se había considerado su deudor; y a cambio de este tesoro, que se perdi5 en las obscuras aguas

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del olvido, no había podido obtener esa mirada cariñosa que todo lo cura y que, para las almas ge- nerosas, es como una eterna joya, cuyos fuegos brillan en los días aciagos. ¡Cómo había camina- do de dolor en dolor! El señor de Mortsauf olvida- ba a veces darla el dinero necesario para la casa, y parecía despertar de un sueño cuando, después de haber vencido sus timideces de mujer, ella se lo pedía. ¡Y ni una sola vez le había evitado estas crueles opresiones del corazón! ¡Qué terror la so- brecogió en el momento de manifestarse la natu- raleza enfermiza de aquel hombre en ruinas! ¡Por cuántas reflexiones había pasado antes de consi- derar como nulo a su marido, esa figura imponen- te que domina la existencia de una mujer! ¡De qué horribles calamidades fueron seguidos sus dos alumbramientos! ¡Qué sobrecogimiento ante el es- pectáculo de dos niños medio muertos! ¡Qué va- lor para decirse: «¡Yo les inocularé la vida! ¡Yo los pariré de nuevo todos los días!» Y luego, ¡qué des- esperación al encontrar un obstáculo precisamen- te en el corazón y en la mano de donde las mu- jeres sacan sus socorros! Había visto esta inmensa desgracia desarrollando sus sabanas espinosas a cada dificultad vencida, y al llegar a la cima de cada roca había distinguido nuevos desiertos que tenía que atravesar, hasta el día en que, como el joven arrancado por Napoleón a los tiernos cuida- dos del hogar doméstico, hubo habituado sus pies a marchar por el lodo y por la nieve, y acostur- brado su frente a las balas, y todo su ser a la pasiva

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obediencia del soldado. Esto, que yo te refiero en resumen, me lo contó ella con toda su tene- brosa extensión, con su cortejo de hechos desola- dores, de tremendas batallas conyugales perdidas, de ensayos infructuosos.

—En fin—me dijo para terminar—, sería pre- ciso que viviese usted aquí algunos meses para sa- ber cuántos sufrimientos me cuestan las mejoras de Clochegourde, cuántas astucias fatigosas ten- go que emplear para hacerle querer la cosa más útil a sus intereses. ¡Qué malicia de niño le domi- na cuando una cosa debida a mis consejos no tie- ne éxito en seguida! ¡Con qué alegría se atribuye el bien! ¡Qué paciencia necesito para oírle quejar- se incesantemente cuando me esfuerzo por endul- zar sus horas, por embalsamar su ambiente, por cubrir de flores los caminos que él siembra de pie- dras! Mi recompensa es esta terrible frase: «¡Quie- ro morir! ¡La vida me pesa!» Si por casualidad hay gente extraña en casa, entonces todo se borra, y es amable y cortés. ¿Por qué no es así para su fa- milia? Yo no cómo explicar esa falta de lealtad en un hombre a veces caballeroso y que es capaz de ir secretamente a París a rienda suelta para traerme un adorno, como hizo últimamente para el baile de la ciudad. Avaro en su casa, sería pró- digo para mí, si yo quisiera; debiera ser al contra- rio, porque nada necesito y la casa cuesta mucho. En mi deseo de hacerle feliz, y sin pensar que se- ría madre, le he acostumbrado tal vez a tomarme por víctima, cuando, empleando algunas lisonjas,

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lo manejaría como a un niño, si pudiera rebajarme hasta representar un papel que me parece infa- me. El interés de nuestra casa exige que sea tran- quila y severa como la estatua de la Justicia, y, sin embargo, tengo el alma expansiva y tierna.

—¿Por qué—la dije—no usa usted de sea in- fluencia para hacerse dueña de él, para gober- narle?

—Si no se tratase mas que de mí, no sabría ni vencer su obtuso silencio, opuesto durante horas enteras a justos argumentos, ni responder a ra- zones sin lógica, verdaderas razones de niño. No tengo valor contra la debilidad ni contra la in- fancia, que pueden herirme sin que les oponga re- sistencia; tal vez opondría la fuerza a la fuerza; pero carezco de energía contra los que se quejan. Si para salvar a Magdalena fuera preciso contra- decirle en algo, moriría con ella. La lástima dis- tiende mis fibras y embota mis nervios. Las vio- lentas sacudidas de estos diez años me han abati- do; ahora mi sensibilidad, tan frecuentemente ata- cada, se encuentra a veces sin consistencia y nada la regenera; a veces también me falta la energía con que antes sufría las tempestades. Sí, en oca- siones me siento vencida; falta de reposo y de ba- ños de mar que regeneren mis nervios, moriré. El señor de Mortsauf me habrá matado, y mi muerte le matará,

—¿Por qué no deja usted Clochegourde por al- gunos meses? ¿Por qué no va con los niños a la orilla del mar?

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—Primero, porque el señor de Mortsauf se cree- ría perdido si yo me alejara. Aunque no quiere creer en su situación, tiene conciencia de ella; con- vienen en él el hombre y el enfermo, dos natura- lezas distintas, cuyas contradicciones explican sus rarezas. Después, porque tendría razón en temblar:

“ausente yo, todo iría mal aquí. Tal vez ha visto

usted en la madre de familia ocupada en prote- ger a sus hijos contra el milano que se cierne so- bre ellos, terrible tarea aumentada con los cuida- dos exigidos por el señor de Mortsauf, que va siem- pre preguntando: «¿Dónde está la señora?» Pues no es esto todo; soy también el preceptor de San- tiago y el aya de Magdalena. Y esto tampoco es nada; soy el intendente y el administrador. Com-

—prenderá usted el alcance de mis palabras cuando

sepa que la explotación de una tierra es aquí la más fatigosa de las industrias. Tenemos muy pocas rentas en dinero, y nuestras haciendas son culti- vadas a medias, sistema que exige una vigilancia continua. Es preciso vender por mismo el gra- no, el ganado, los productos de todo género; nos hacen competencia nuestros propios colonos, que en la taberna se entienden con nuestros compra? dores y sientan los precios después de haher acu- dido ellos los primeros. Le aburriría si le explica- se las mil dificultades de nuestra industria. Por mucha que sea mi actividad, no puedo vigilar para que nuestros colonos no beneficien sus tie- rras propias con nuestros abonos; no puedo ir a ver si nuestros segadores se entienden con ellos

108 cuando se parte la cosecha, ni puedo tampoco sa- ber el momento oportuno para la venta. Luego, si tiene usted en cuenta la poca memoria del señor de Mortsauf y el trabajo que me ha visto usted tomar para obligarle a ocuparse de sus negocios, comprenderá lo pesado de mi cargo y la imposi- bilidad de que lo suelte un momento. Si me ausen-. tase, quedaríamos arruinados: nadie le escucha- ría y sus órdenes serían discutidas. Por otra parte, nadie le quiere: es demasiado áspero, demasiado absoluto; además, como todos los seres débiles, es- cucha demasiado fácilmente a sus inferiores para que pueda inspirar en torno suyo ese afecto que une a las familias. Si me marchase, ningún cria- do permanecería aquí ocho días. Ya ve usted que estoy sujeta a Clochegourde como esos ramos de plomo lo están al tejado. No le callo nada, caba- llero: todo el mundo ignora los secretos de Cloche- gourde, y usted los sabe; no diga nada que no sea bueno y digno de elogio y tendrá mi estimación y reconocimiento —añadió con voz más dulce to- davía—; a este precio, puede usted volver siem- - pre a Olochegourde, y encontrará aquí corazones amigos...

—Pero—dije—yo jamás he sufrido. Usted sola...

—No—repuso, dejando ver esa sonrisa de las mu- jeres resignadas capaces de conmover al granito—; esta confidencia le presenta la vida tal cual es y no como su imaginación se la ha hecho esperar. To- dos tenemos defectos y cualidades. Si me hubiera

casado con algún pródigo, me habría arruinado;

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si mi marido hubiera sido un joven ardiente y vo- luptuoso, habría tenido otros amores; tal vez no hubiera sabido conservarle, me habría abandona- do, y yo habría muerto de celos..., porque ¡soy ce- losa! —dijo con un acento de exaltación que pa- recía el trueno de una tormenta—. Pues bien, el señor de Mortsauf me ama cuanto puede amar, y todo el afecto que su corazón encierra lo derra- ma a mis pies, como la Magdalena vertió el resto de sus perfumes a los pies del Salvador. Créalo us- ted: una vida de ambr es una fatal excepción de la ley terrestre; toda flor se marchita y muere. Los grandes júbilos tienen siempre un mañana dolo- roso, si llegan a tener ese día siguiente. La vida real es una vida de angustias; su imagen es como esa ortiga que nació al pie de la terraza, y que, sin sol, permanece verde en su tallo. Aquí, como en los países del Norte, hay en el cielo sonrisas que compensan sobradamente nuestras penas. En fin, las mujeres que son exclusivamente madres, ¿no se unen más bien por los sacrificios que por los placeres? Yo atraigo hacia mis hombros las borras- cas que han de estallar sobre los demás o sobre mis hijos, y, haciendo esto, experimento cierta sen- sación inexplicable, que me da una fuerza secreta. La resignación de la víspera me ha proporciona- do siempre la del día siguiente; y Dios, por otra parte, tampoco me ha dejado sin esperanzas, Si en un principio me desesperó la salud de mis hijos, hoy, cuanto más avanzan en la vida, van mejorán- dose más. Por otra parte, nuestra casa se ha embe-

110 llecido, muestra fortuna se repara..., ¿quién sabe 'si al fin haré feliz la vejez del señor de Mortsauf? Créame usted: si un ser se presenta ante el Juez Supremo con una palma verde en la mano, ha- biendo consolado a los que maldecían la vida, ese ser habrá convertido sus dolores en delicias. Si mis sufrimientos sirven para la felicidad de mi fami- lia, ¿podré decir entonces que son sufrimientos? —Si—contesté—; pero habrán sido necesarios, como lo son los míos, para hacernos apreciar el de- licioso sabor del fruto nacido en las rocas de nues- tra vida. ¡Tal vez ahora lo gustaremos juntos! ¡Tal vez admiraremos los prodigios de esos torren- tes de afección con que inunda las almas de esa savia que reanima las hojas marchitas! ¡Dios mío! ¿No me oís? —repuse sirviéndome del lenguaje mís- tico a que nuestra educación nos había acostum- brado—. ¡Ved por qué vías hemos marchado el uno hacia el otro, qué imán nos ha dirigido por este amargo océano hacia el manantial de agua dulce que corre al pie de los montes, sobre un le- cho de blanca arena, entre riberas verdes y flori- das! ¿No hemos seguido, como los magos, la mis ma estrella? Estamos aquí ante el lugar bíblico donde se levanta un divino niño, que hará brotar las hojas de los árboles desnudos, que animará el mundo con sus alegres gritos, que hará dichosa la vida con placeres incesantes, que devolverá a las noches el sueño y el júbilo a los días, ¿Quién ha estrechado cada año nuevos lazos entre nosotros? ¡No somos más que hermano y hermana? No des-

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una usted jamás lo que el cielo ha unido. Los su- frimientos de que habla son el grano sembrado por la mano del labrador para hacer brotar la cose- cha, ya dorada por el más hermoso de los soles. ¿No iremos juntos a recogerla? ¿Qué fuerza hay en para que me atreva a hablarla de ese modo? Respóndame usted, o no volveré a atravesar el Indre. . ———Me ha ahorrado usted la palabra «amor»—dijo, interrumpiéndome con voz severa—; pero ha ha- blado de un sentimiento que ignoro y que no me está permitido; es usted un niño y le perdono aún, pero por última vez. Mi corazón, sépalo usted, está embriagado de maternidad. No amo al señor de Mortsauf ni por deber social, ni por ganar la felicidad eterna, sino por un sentimiento irresis- tible, que le une a todas las fibras de mi corazón. ¿Fuí acaso violentada en mi matrimonio? No; lo decidió mi simpatía por los infortunios. ¿No es la misión de la mujer reparar los males del tiempo y consolar a los que caen sobre la brecha y vuel- * ven heridos? ¿Qué le diré a usted? He sentido cier- to contento egoísta al ver que usted le distraía; y ¿no es esto maternidad pura? ¿No le ha mostra- do mi confesión los tres tniños» a quienes nunca debo faltar, sobre los que debo hacer lloyer un ro- cío generador? ¡No agríe usted la leche de una ma- dre! Aunque en la esposa sea invulnerable, no me hable usted nunca de ese modo. Si no respeta usted esta prohibición tan sencilla, las puertas de esta lcasa, se lo prevengo, se cerrarán para usted.

112 «Yo creía en las amistades puras, en las fraternida- des voluntarias, más ciertas que todas las frater- nidades impuestas, y me he engañado; quería un amigo que no fuese un juez, un amigo que me es- cuchase en estos momentos de debilidad, en que la voz que riñe es una voz asesina; un amigo san- to de quien nada tuviera que temer. La juventud es noble sin doblez, capaz de sacrificios, desinte- resada; viendo la persistencia de usted, he creído, lo confieso, en un designio del cielo; he creído que había un alma que me pertenecía a sola, como el sacerdote pertenece a todos; un corazón en el cual podría desahogar mis dolores cuando rebo- saran, y que respondería a mis sollozos cuando el sollozo se hace irresistible y mortal de seguir de- vorándolo. De este modo, mi existencia, tan pre- ciosa para esos niños, hubiera podido prolongar- se hasta el momento en que Santiago fuese hom- bre. ¿No es esto egoísmo? ¡Acaso la Laura de Pe- trarca puede reproducirse? Me he engañado... ¡Dios no lo quiere! Será preciso morir en mi puesto, como el soldado, sin amigo; mi confesor es duro, austero... Por otra parte, mi tía no existe ya. Dos gruesas lágrimas, iluminadas por un rayo de luna, rodaron por sus mejillas e iban a caer en tierra; pero extendí la mano a tiempo para reci- birlas, y las bebí con una avidez piadosa, excitada por aquellas palabras selladas por diez años de lá- grimas secretas, de sensibilidad gastada, de eni- dados constantes, de alarmas perpotuas, de elevado heroísmo, el más alto de que es capaz su sexo.

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He aquí la dije la santa comunión del amor, Acabo de participar de sus dolores, de unir- me a su alma, como nos unimos a Cristo bebiendo su divina substancia. Amar sin esperanza es tam- bién una felicidad, ¡Ol! ¿Qué mujer podría dar- me en la tierra una alegría más grande que la de haber sorbido sus lágrimas? Yo acepto ese contra- to, que debe resolverse en sufrimientos para mí; me entrego a usted sin reserva, y seré lo que usted quiera que sea.

Me detuvo con un gesto y me dijo con voz grave:

—Consiento en ese pacto, eon tal que nunca pre- tenda usted estrechar los lazos que nos unen.

—Si—contesté—; cuanto menos me conceda us. ted, más cierto estaré de poseer más.

—¿Empieza usted por una desconfianza?—re- plicó, expresando la melancolía de la duda.

—No, sino por una alogría pura. Escúcheme: quiero de usted un nombre que nadie posea, como es único el sentimiento que nos confesamos.

—Es mucho—respondió—; no soy tan niña como cree usted. El señor de Mortsauf me llama Blan- caz una sola persona en el mundo, la que más he amado, mi adorable tía, me llamaba Enriqueta; volveré a ser Enriqueta para usted.

Tomé su mano y la besé; ella me la abandonó con esa confianza que hace a la mujer tan supe- rior a nosotros y que nos anonada. Luego se apo- sobre la balaustrada y miró al río.

—Ha hecho usted mal —me dijo—en llegar del Primer salto al fin de la carrera, en agotar del pri-

AZUOESA.—T. 1 8

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mer sorbo una copa que el candor le ofrecía. Pero un verdadero sentimiento no se divide: o existe entero o no existe.

Y después de un momento de silencio, añadió:

—El señor de Mortsauf es, sobre todo, leal y altivo. Tal vez por hacerme un favor tendrá us- ted la intención de olvidar lo que le ha dicho; pero si él no sabe nada, mañana yo le informaré de todo. No venga usted en algún tiempo a Cloche- gourde, y le estimará más aún. El domingo que viene, al salir de la iglesia, él irá a su encuentro; lo conozco bien: borrará sus faltas y le agradece- que le haya tratado como un hombre responsa- ble de sus acciones y de sus palabras.

—¡Cinco días sin verla, sin oírla!...

' —No ponga usted nunca ese calor en las frases que me dirija —contestó.

Quise besar su mano, y vaciló; re la dió, al fin, y me dijo en tono de súplica:

—No la tome usted sino cuando yo se la dé; déjeme mi libre albedrío: sin él sería como una cosa suya, y eso no debe ser,

En medio del mayor silencio dimos dos vueltas per la terraza, y luego me dijo, con un tono de mando que probaba que había tomado posesión de mi alma:

—Es tarde; separémonos.

—Adiós—contestó.

Me abrió la puertecilla baja y salí. En el mo- mento en que iba a cerrar se detuvo, me tendió la mano y me dijo:

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—En verdad, ha sido usted muy bueno esta no- che; me ha consolado pata el porvenir. Tome, ami- go mío, tome.

Besé aquella mano repetidas veces, y, cuando abrí los ojos, vi lágrimas en los suyos. Volvió a su- bir a la azotea, y me miró un momento, mientras atravesaba la pradera. Cuando estuve en el cami- no de Frapesle, vi su traje blanco iluminado por la luna, y algunos momentos después brilló una luz en su cuarto.

—¡Ah, Enriqueta! —exclamé—. ¡Para ti el amor más puro que haya existido jamás en la tierra!

Llegué a Frapesle volviéndome a cada paso. Sentía en un contento desconocido e inefable, Una brillante carrera se abría en fin a la ternura de que está lleno todo corazón joven y que hasta entonces había sido en una fuerza inerte. Seme- jante al sacerdote que con un solo paso entra en una vida nueva, yo estaba consagrado. Un simple a¡sí, señora!» me había comprometido a guardar para solo, enel fondo de mi corazón, un amor irresistible, a no abusar de la amistad para llevar- la poco a poco al amor, Todos los sentimientos no- bles despertados en hacían oír sus voces con- fusas, y antes de encerrarme en la estrechez de mi cuarto quise gozar aún de aquel cielo azul sembra- do de estrellas, oír en mi alma aquellos arrullos de paloma querida y reunir en el aire todos los efluvios de aquella alma para aspirarlos como el perfume de una flor. ¡Cuán grande me parecía aquella mujer, con su profundo olvido de mis-

116 ma, con su religión por los.seres débiles o heridos por el dolor, con su adhesión superior a los víneu- los legales! ¡Allí estaba, severa y tranquila, sobre la pira del martirio y de la santidad! Admiraba su hermoso rostro, que se me aparecía en medio de las tinieblas, cuando de pronto creí encontrar a sus palabras un sentido, una significación mis- teriosa, que la sublimó más y más. ¿Quería tal vez que yo fuese para ella lo que ella era para su familia? ¿Sacar de su fuerza y sus consuelos, colocándome así en su esfera, a su nivel, o más alto aún? Los astros, según dicen algunos atrevidos constructores de mundos, se comunican así el mo- vimiento y la luz. Este pensamiento me elevó de pronto a las alturas etéreas; me remonté al cielo de mis antiguos sueños, y me expliqué las penas de mi infancia por la felicidad inmensa en que nadaba. ¡Genios extinguidos en lágrimas; corazones des- conocidos; santas Clarisa Harlowe ignoradas; hijos abandonados; proseriptos inocentes; vosotros, to- dos los que habéis encontrado por doquiera ros- tros indiferentes, corazones fríos, oídos cerrados, ¡no os quejéis! Sólo vosotros podéis conocer lo in- finito de la alegría en el momento en que un cora- zón os ama, en que un oído os escucha, en que una mirada os responde. ¡Un día feliz borra todos los días desgraciados! Los dolores, las meditaciones, la desesperación, las melancolías pasadas y no olvi- dadas, son otros tantos lazos que unen el alma con el alma confidente. Embellecida por nuestros re- primidos deseos, una mujer recoge entonces sus

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suspiros y sus amores perdidos; nos restituye, en- grandecidos, todos los afectos engañados, y expli- ca los anteriores pesares como la compensación exigida por el destino a cambio de los desposorios del alma. Sólo los ángeles dicen el nuevo nombre que debe llevar su santo amor, del mismo modo que sólo vosotros, mártires queridos, podéis sa- ber lo que la señora de Mortsauf había llegado a ser para mí.

Esta escena había pasado un martes, y esperé hasta el domingo, sin atravesar el Indre en mis paseos. Durante estos cinco días, grandes aconte- cimientos ocurrieron en Clochegourde. El conde recibió el despacho de mariscal de campo, la cruz de San Luis y una pensión de cuatro mil francos. El duque de Lenoncourt-Givry, nombrado par de Francia, recobró dos magníficos bosques, volvió a su puesto en la corte, y su mujer entró en pose- sión de sus bienes no vendidos que habían forma. do parte del dominio de la corona imperial. La condesa de Mortsauf venía a ser así una de las herederas más ricas del Maine. Su madre había ve- nido a traerle cien mil francos, economizados so- bre las rentas de Givry, cantidad a que ascendía su dote, que aun no había sido pagada, y de la cual el conde no hablaba jamás, a pesar de sus apuros, porque en lo relativo a la vida exterior la conducta de este hombre demostraba el más al- tivo desinterés. Uniendo a esta suma sus econo- mías, el conde podía comprar dos posesiones ve- cinas, que producían cerca de nueve mil libras

118 anuales de renta. Debiendo su hijo suceder en el cargo de par de Francia a su abuelo, preciso era constituirle un mayorazgo, que se compondría de la fortuna territorial de las dos familias, sin cuidar- se de Magdalena, la cual, mediante la influencia y el favor de su abuelo, podría sin duda hacer un buen matrimonio. Estos arreglos y esta felici- dad aliviaron en cierto modo los dolores del emi- grado. La llegada de la duquesa de Lenoncourt a Clochegourde fué un verdadero acontecimiento para el país; pensé dolorosamente que aquella mu- jer era una gran dama, y advertí entonces en su hija el espíritu de raza, velado a mis ojos por la nobleza de sus sentimientos. ¿Quién era yo, po- bre y sin otro porvenir que mi valor y mis facul- tades? No pensé en las consecuéncias de la Res- tauración, ni para ni para los demás. El do- mingo, en la iglesia, desde la capilla reservada en que me hallaba con la señora de Chessel y el aba- te de Quelús, mis miradas se dirigieron ávidamen- te a otra capilla lateral, en la que estaban la du- quesa y su hija, el conde y sus hijos. El sombrero de paja que me ocultaba a mi ídolo no se movió, y este olvido de pareció enlazarme con ella más vivamente que todo el pasado. Aquella her- mosa Enriqueta de Lenoncourt, que era ya mi amada Enriqueta, y cuya vida quería hacer di- chosa, rogaba con ardor, y la fe comunicaba a su actitud una expresión tan humilde, tan devota, que hacía de ella una especie de estatua religiosa que conmovió mi alma.

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Según la costumbre de los curas de aldea, las vísperas debían cantarse poco tiempo después de la misa. Al salir de la iglesia, la señora de Chessel propuso a sus vecinos pasar en Frapesle las dos ho- ras de espera, en vez de atravesar dos vecés el Indre y la llanura, con tanto calor. El ofrecimien- to fué aceptado. El señor de Chessel dió el brazo a la duquesa, la señora de Chessel aceptó el del con- de y yo presenté el mío a la condesa, sintiendo por primera vez en mi costado aquel brazo tan her- 1050.

Durante el trayecto desde la parroquia a Fra- pesle, trayecto que se hacía a través del bosque de Saché, cuyas frondas, interceptando la luz del sol, proyectaban sobre la arena del camino sombras confusas, sentí un orgullo inexplicable y tuve ideas que me causaron violentas palpitaciones.

—¿Qué tiene usted?—me preguntó Enriqueta después de un silencio que yo no osaba romper—. Su corazón late violentamente.

—Han llegado a noticias de sucesos felices para usted —contesté--; y, como los que aman de veras, siento temores vagos. Sus grandezas, ¿per- judicarán acaso sus afectos?

—¿Yo? Otra idea como ésa, y no le despreciaré, sino que le olvidaré para siempre.

La miré, dominado por una embriaguez que de- bió ser comunicativa. :

* —Nos aprovechamos del beneficio de leyes que no hemos provocado ni pedido; pero no seremos mendicantes ni ávidos; y, además, bien sabe us-

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ted —repuso—que ni el señor de Mortsauf ni yo podemos salir de Clochegourde; así es que, por consejo mío, ha renunciado al mando a que tenía derecho en la Casa Roja. Nos hasta con que mi padre vuelva al ejercicio de su cargo; pero nues- tra modestia forzada ha servido ya a nuestro hijo, porque el rey, al lado del cual está de servicio mi padre, ha dicho bondadosamente que haría re- caer sobre Santiago el favor a que nosotros renun- ciamos. La educación de Santiago, de la que es preciso cuidar, es ahora objcto de serias discusio- nes, porque va a representar dos casas ilustres: la de Lenoncourt y la de Mortsauf. Yo no puedo te- ner ambición sino por él, y esto aumenta mis in- quietudes, pues no solamente Santiago debe vi- vir, sino que debe también hacerse digno de su nombre: dos obligaciones que se contrarían. Has- ta hoy he podido atender a su educación, subor- dinando el trabajo a la medida de sus fuerzas; pero ahora, ¿cómo encontrar un preceptor que me con- venga? Y luego, pasado algún tiempo, ¿qué ami- go me lo conservará en ese horrible París, donde todo son lazos para el alma y peligros para el cuer- po? Amigo mío—me dijo con yoz conmovida—, al ver su frente y sus ojos, ¿quién no adivinará en usted una de esas aves que deben vivir en las gran- des alturas? Tome usted vuelo, y sea un día el pa- drino de mi querido hijo. Vaya usted a París; si su hermano y su padre no le secundan, nuestra fami- lia, mi madre sobre todo, que tiene el genio de los negocios, le protegerá con su influencia; aprové-

DOLLAR

Aim PyUl 121 | chese de nuestro crédito y no le faltarán apoyo ni socorros en la carrera que elija; empleo lo super- fluo de sus fuerzas en una noble ambición...

—La entiendo a usted—dije, interrumpiéndo- la—; la ambición será mi querida: no tengo nece- sidad de eso para ser todo de usted. No quiero que recompense usted mi discroción aquí con favores allá. Iré a la corte y me elevaré solo, por mis- mo: de usted lo aceptaría todo; de los demás nada quiero.

—¡Niñerías! —murmuró, disimulando mal una sonrisa de contento.

—Por otra parte —repuse—, me he consagrado a usted; y, meditando sobre nuestra situación, he pensado ligarme a usted con lazos que jamás puedan romperse.

Estremecióse ligeramente y me miró con fi- jeza.

—¿Qué quiere usted decir? —exclamó, dejando que se adelantasen las dos parejas que nos prece- dían y reteniendo a sus hijos a su lado.

—Pues bien—respondií—: dígame francamente cómo quiere que la ame.

—Ámeme usted como me amaba mi tía, cuyos derechos le he dado al autorizarle para que me llamase con el nombre que ella había elegido en- tre los míos.

—La amaré, pues, sin esperanza, con una abne- gación completa, y haré por usted lo que el hom- bre hace por Dios. ¿No me ha pedido eso? Voy 8 entrar en un seminario, saldré sacerdoté y edu-

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caré a Santiago. Su hijo será como otro yo: con- cepciones políticas, paciencia, pensamientos, enér- gía..., todo se lo daré. De este modo permaneceré a su lado, sin que mi amor, protegido por la reli- gión como una imagen de plata por un fanal, pue- da ser sospechado. No tendrá que temer ninguno de esos arranques inmoderados que dominan a un hombre y-por los cuales ya una vez me dejé ven- cer; me consumiré en su fuego, y consagraré a us- ted un amor purificado.

Enriqueta palideció y dijo:

—YFélix, no se sujete usted con lazos que un día podrían ser un obstáculo para su felicidad: mo- riría de dolor si fuese la causa de ese suicidio. Además, niño, ¿acaso la desesperación del amor es una vocación? Espere usted las pruebas de la vida para juzgarla; lo quiero, lo mando. No se ease ni con la Iglesia ni con una mujer; no se case de ningún modo, ¡se lo prohibo! Permanezca libre. Tiene usted veintiún años y no sabe lo que le re- serva el porvenir..¡Dios mío! ¿Acaso le habré juz- gado mal? Sin embargo, he creído que dos meses bastaban para conocer ciertas almas.

—¿Qué esperanzas tiene usted? —exclamé, con los ojos brillantes de ansiedad.

—Amigo mío, acepte usted mi ayuda, leido. haga fortuna y sabrá cuál es mi esperanza. En fin—añadió con un acento que parecía revelar un secreto—, jamás deje usted la mano de Magdale- na, que ahora tiene en las suyas.

Se había inclinado hacia mi oído para decirme

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* estas palabras, que probaban cuánto se ocupaba de mi porvenir.

—¡Magdalena—exclamé—, jamás!

Estas dos palabras nos sumieron en un silencio lleno de agitaciones. Nuestras almas estaban do- minadas por esos estremecimientos que las con- mueven, dejando en ellas eternas huellas.

Estábamos ya a la vista de una puerta de ma- dera que daba entrada al parque de Frapesle, y aun me parece ver sus dos pilastras arruinadas, cubiertas de plantas trepadoras, de musgos y de hiedras. De pronto, una idea, la de la muerte del conde, hirió como una luz mi inteligencia, y dije a la condesa;

—La comprendo a usted,

—Es una felicidad —repuso con un acento que me hizo ver que la suponía un pensamiento que no habría tenido jamás,

Su pureza me arrancó una lágrima de admira- ción, que hizo amargo el egoísmo del amor; y, pen- sando luego en mí, me dije que no me amaba lo bastante para desear su libertad. Cuando el amor retrocede ante un crimen, nos parece que tiene límites, y el amor debe ser infinito. EF corazón oprimióseme de una manera dolorosa.

—¡No me ama!—pensé.

Y para no dejar que leyese en mi alma, besé a Magdalena en los cabellos.

—Tengo miedo de su madre de usted —dije a la condesa para reanudar la conversación.

—Yo también lo tengo—respondió Enriqueta,

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haciendo un gesto de niña—; pero no olvide usted llamarla siempre señora duquesa y darle el trata- miento en tercera persona. La juventud actual ha perdido las costumbres de esas formas de etique- ta; recóbrelas usted; hágalo por mi. Por otra par- te, es de muy buen gusto respetar a las mujeres, sea cualquiera su edad, y reconocer las distincio- nes sociales, sin someterlas a discusión. Los hono- res que rendimos a las superioridades estableci- das son una garantía de los que nosotros merece- mos, porque en la sociedad todo es solidario. El cardenal de la Rovére y Rafael de Urbino eran en otro tiempo dos poderes igualmente respeta- dos. En las Universidades y en los Liceos han be- bido ustedes la leche de la revolución, y sus ideas políticas pueden tal vez resentirse de eso; pero, avanzando en la vida, comprenderá usted que los principios de libertad mal definidos son impoten- tes para dar felicidad a los pueblos. Antes de pen- sar, en mi calidad de Lenoncourt, en lo que debe ser una aristocracia, mi buen sentido de campesi- na me dijo que las sociedades no existen sino por la jerarquía. Está usted en un momento de la vida en que es preciso elegir bien... Sea de nuestro par- tido; sobre todo—añadió riendo—, ahora que triunfa.

Me conmovieron vivamente estas palabras, cuya profundidad política se ocultaba bajo el calor del afecto, alianza que da a las mujeres gran poder de seducción, porque saben prestar a Jos razonamien- tos más poderosos las formas del sentimiento. Pa-

125 recía que, en su deseo de justificar las acciones del conde, Enriqueta había previsto las reflexiones que debían surgir en mi mente cuando vi por pri- mera vez los efectos de las costumbres cortesanas. El señor de Mortsauf, rey de su castillo, rodeado de su aureola histórica, había tomado a mis ojos proporciones grandiosas, y confieso que me sor- prendió singularmente la distancia que estable- ció entre la duquesa y él por medio de maneras obsequiosas. El esclavo tiene su vanidad, y no quiere obedecer sino al más grande de los déspo- tas: yo me sentía como humillado al ver el rebaja- miento de aquel que me hacía temblar, dominan- do todo mi amor. Este movimiento interior me hizo comprender el suplicio de esas mujeres cuyas almas generosas están unidas a la de un hombre cuyas cobardías y bajezas tienen que sepultar diariamente. El respeto es una barrera que pro- tego igualmente al grande que al pequeño, y cada uno, por su parte, puede mirarse de frente. Fuí respetuoso con la duquesa, a causa de mi juven- tud; pero allí donde otros veían una duquesa, yo veía la madre de mi Enriqueta, y di a mis home- najes una especie de santidad. Entramos en el gran patio de Fraposle, donde encontramos a nues- tros compañeros. El conde de Mortsauf me pre- sentó muy graciosamente a la duquesa, quien me examinó con aire frío y reservado. La señora de Lenoncourt era entonces una mujer de cincuen- ta y seis años, perfectamente conservada y de ma- neras de gran dama. Viendo sus ojos de un azul

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duro, sus sienes surcadas de arrugas, su rostro seco y macerado, su estatura elevada e imponen- te, sus ademanes sobrios y su blancura lívida, re- conocí la raza fría de que procedía mi madre, con más prontitud que un mineralogista reconoce el hierro de Suecia. Su lenguaje era él de la antigua corte, y, por consiguiente, pronunciaba de peculiar modo algunas palabras. No fuí cortesano ni grose- ro; me conduje tan bien, que, cuando íbamos a vís- peras, la condesa me dijo al oído:

—PFstá usted perfectamente.

El conde se dirigió hacia mí, me cogió de la mano y me dijo:

¿Verdad que no estamos enfadados, Félix? Va- mos, perdone las vivezas de su viejo camarada. Hoy comeremos probablemente aquí, y le convidaremos para el jueves, víspera de la marcha de la duque- sa. Voy a Tours a terminar unos negocios. No se olvide de ir a Clochegourde, pues mi madre políti- ca es un conocimiento a cuyo cultivo le invito; su salón dará el tono en el barrio de Saint-Germain; tiene las tradiciones de la antigua corte; posee una instrucción inmensa, y conoce los blasones de to- dos los nobles de Europa.

El buen gusto del conde, tal vez los consejos de su buen genio doméstico, se dieron a conocer bajo la nueva situación en que le colocaba el triunfo de su causa. No tuvo arrogancia, habló sin énfasis, y la duquesa no hizo alardes de aires protectores. Los señores de Chessel aceptaron la invitación para el jueves; yo agradé a la duquesa, y sus miradas

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me dieron a conocer que examinaba en al hom- bre de quien su hija le había hablado, Cuando vol. víamos de vísperas, me habló de mi familia y preguntó si 0] Vandenesse empleado ya en la dipo- macia era pariente mío,

—Es mi hermano—le contesté.

Entonces me demostró algún afecto, y me que mi tía, la vieja marquesa de Listomére, era una Grandlieu. Sus maneras fueron corteses, como lo habían sido las del señor de Mortsauf el día en que me vió por primera vez; su mirada perdió aque- lla expresión de altanería con que los príncipes de la tierra nos señalan la distancia que hay entre ellos y nosotros. Yo no sabía casi nada respecto de mi familia, y la duquesa me hizo saber que mi tío segundo, un viejo abate a quien no conocía ni aun de nombre, formaba parte del Consejo privado; que mi hermano había recibido un ascenso, y, en fin, que mi padre, por un artículo de la Carta, que yo ignoraba por completo, volvía a ser marqués de Vandenesse.

—Yo no soy mas que el siervo de Cloche- gourde—dije en voz baja a la condesa.

La Restauración se realizaba con una rapidez que sorprendía a los jóvenes educados bajo el régimen imperial; pero esta revolución no fué nada para mí. La menor palabra, el más pequeño gesto de la se- fora de Mortsauf eran los únicos acontecimientos a que yo daba importancia, Ignoraba lo que era el Consejo privado; no conocía nada de la política, ni de las cosas del mundo; no tenía otra ambición que

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la de amar a Enriqueta mejor que Petrarca a Lau- ra; esta ignorancia hizo que la duquesa me tomase por un niño. Aquel día hubo mucha gente en Fra- pesle, y nos sentamos a la mesa treinta personas, ¡Qué embriaguez tan dulce para un joven ver a la mujer que ama, siendo la más bella de todas, saber que ól solo recibe la casta luz de sus ojos y conocer bastante las inflexiones de su voz para encontrar en su palabra, en apariencia ligera y festiva, las pruebas de un pensamiento constante, aun cuan- do sienta en el corazón celos devoradores por las distracciones de la sociedad! El conde, feliz par las atenciones de que era objeto, se mostró casi joven; su mujer esperaba algún cambio de carácter, y yo reía con Magdalena, que, semejante a los niños cuyo cuerpo sucumbe bajo las expansiones del alma, provocaba mi risa con observaciones sor- prendentes, llenas de un talento burlón, exento de malicia, pero que no perdonaba a nadie. Fué un hermoso día. Una palabra, una esperanza nacida por la mañana, fué bastante para dar luz a la naturaleza. Viéndome tan alegre, Enriqueta es- taba alegre también.

—Esta felicidad en medio de su vida sombría y obscura me parece de buen agúero —me dijo al día siguiente, que también pasé en Clochegourde.

Había estado desterrado cinco días, y tenía sed de vida. El conde partió a las seis, dirigiéndose a Tours para redactar sus contratos de compra. En- tre la madre y la hija había surgido un grave mo- tivo de discordia. La duquesa quería que Enri*

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queta la siguiera a París, comprometiéndose a ob- tener para ella un cargo en la corte, donde el conde, volviendo sobre su acuerdo, podía ocupar un pues- to elevado, Enriqueta, que pasaba por una mujer feliz, no quería descubrir a nadie, ni aun al cora- zón de una madre, sus horribles sufrimientos, ni revelar la incapacidad de su marido; y, con objeto de que su madre no penetrase el secreto del hogar doméstico, había enviado al señor de Mortsauf a Tours, donde tenía que entenderse con la gente de la curia. Sólo yo, como me había dicho, conocía los misterios de Clochegourde. Después de haber ex- perimentado hasta qué punto el aire puro y el cielo azul de aquel valle calmaban las irritaciones del espíritu o los intensos dolores de la enfermedad, y qué influencia ejercía la habitación de Clochegour- de sobre la salud de sus hijos, Enriqueta oponía a las exigencias de su madre negativas fundadas, que combatía la duquesa, mujer envanecida, menos disgustada que humillada por el matrimonio de su hija. ¡Descubrimiento espantoso! Enriqueta comprendió al fin que su madre se cuidaba muy poco de Santiago y de Magdalena. Como todas las madres acostumbradas a continuar sobre la mu- jer casada la tiranía que ejercían sobre la joyen soltera, la duquesa se apoyaba en consideraciones que no admitían réplica: tan pronto afectaba un cariño capcioso, a fin de arrancar un consentimien- to a sus deseos, como empleaba una amarga frial- dad para obtener por el temor lo que con dulzura no conseguía; después, viendo que sus esfuerzos AZUCENA.—T. 1. 2

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eran inútiles, desplegó el mismo espíritu de san- grienta ironía que tantas veces había observado en mi madre. En diez días, Enriqueta conoció to- dos los dolores que causan a las jóvenes esas rebe- liones necesarias para establecer su independencia. "Tú, que posees, por fortuna, la mejor de las madres, no puedes comprender esto. Para tener idea de esta lucha entre una mujer seca, fría, calculadora, am- biciosa, y su hija, llena de esa bondad fresca y dulce que jamás se agota, sería preciso suponer la azu- cena, a que mi corazón la ha comparado incesan- temente, metida entre el engranaje de una máquina de acero bruñido. Aquella madre no había tenido jamás la menor semejanza con su hija, y no supo adivinar ninguna de las verdaderas causas que la obligaban a no aprovecharse de las ventajas de la Restauración, y a continuar su vida solitaria; creyó en algún amorcillo entre su hija y yo. Esta frase, de que se servía para expresar sus sospechas, abrió entre aquellas dos mujeres abismos que nada en adelante pudo llenar. Aunque las familias sepul- ten cuidadosamente esas intolerables disidencias, penetrad en ellas, y encontraréis llagas profundas, inceurables, que disminuyen los sentimientos natu- rales; ya pasiones reales y tiernísimas que la con- secuencia de los caracteres hace eternas y que dan a la muerte un golpe cuyas señales son indelebles, ya odios latentes que hielan lentamente el cora- zón y secan las lágrimas el día de las despedidas eternas. Atormertada ayer, atormentada hoy, he- rida por todos, aun por aquellos dos ángeles dolo-

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ridos que no eran cómplices ni de los males que su- frían ni de los que causaban, ¿cómo aquella pobre alma no había de amar al que, no sólo no la lasti- maba, sino que quería rodearla de un seto de espi- nas para defenderla de las borrascas, de todo con- tacto, de toda herida? Si estos debates me hacían sufrir, a veces era feliz sintiendo que Enriqueta se refugiaba en mi corazón, puesto que me confiaba sus penas. Entonces pude apreciar su calma es- toica en medio del dolor y la enérgica paciencia que sabía desplegar. Cada día comprendía mejor el sen- tido de estas palabras suyas: tÁmeme usted como me amaba mi tía.»

—¿Usted no tiene ambición?—me dijo la du- quesa, a la hora de la comida, con un tono duro.

—Señora —respondí lanzándola una mirada pro- funda—, me siento con fuerzas para dominar al mundo; pero no tengo mas que veintiún años y «estoy solo.

La duquesa miró a su hija con cierto asombro; creía que, por conservarme a su lado, extinguía en toda ambición. La estancia de la señora de Lenoncourt en Clochegourde fué para nosotros un verdadero tormento. La condesa me recomendaba el decoro, se asustaba de una palabra dicha con dulzura, y, por darle gusto, me vi obligado a disi- mular, Llegó el jueves, día de enojoso ceremonial, uno de esos días que odian los amantes acostum- brados al descuido de la vida diaria, pues el amor aborrece todo lo que a él no se refiere. Al fin, la du-

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quesa se fué a gozar de las pompas de la corte, y todo entró en orden en Clochegourde.

Mi ligera disputa con el conde dió por resultado adentrarme más y más en la casa. Pude ir a; cada momento sin excitar desconfianza, y los antece- dentes de mi vida me hicieron ser como una planta trepadora para aquella hermosa alma que abría ante el mundo encantador de los sentimientos compartidos. A cada hora, de momento en mo- mento, nuestra unión fraternal, fundada en la con- fianza, se hizo más coherente, más intima; cada cual nos establecíamos en nuestra posición; la con- desa me envolvía en la vivificadora protección de un amor completamente maternal, en tanto que mi pasión, seráfica en apariencia, se hacía lejos de ella abrasadora como un hierro candente; la ama- ba con un doble amor, que despuntaba una a una las mil flechas del deseo, lanzándolas al cielo, donde se perdían en un éter infranqueable. Si me pregun- tas por qué, joven y lleno de fogosos deseos, pro- curaba yo mantenerme en las abusivas creencias del amor platónico, te confesaré que no era aún bastante hombre para atormentar a aquella mujer, temerosa siempre de qué una catástrofe le robase sus hijos, esperando siempre una tempestuosa va- riación del carácter de su marido, atormentada por él cuando no estaba afligida por la enfermedad de Santiago o Magdalena, o sentada a la cabecera de la cama de uno«de ellos cuando su marido le dejaba un momento de reposo, Una palabra demasiado viva quebrantaba su ser, un deseo la ofendía; para

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ella era preciso el amor velado, fuerza mezclada con ternura; en fin, lo que ella sentía hacia los de- más. A ti, a quien tanto amo, puedo decírtelo: esta situación traía consigo, por otra parte, encantado- ras languideces, momentos de suavidad divina y satisfacciones seguidas de tácitos sacrificios. Su conciencia era contagiosa; su abnegación, sin re- compensa terrestre, imponía por su persistencia, y aquella viva y secreta piedad que servía de lazo a sus demás virtudes obraba en derredor suyo como un incienso espiritual. Además, yo eru joven, bastante joven para reconcentrar mi naturaleza en el beso que tan pocas veces me permitió deposi- tar en su mano, por más que me presentase siem- pre el dorso y jamás la palma, límite en que tal vez empezaba para ella la voluptuosidad del sensualis- mo. Nunca dos almas se han enlazado econ más ar- dor, pero tampoco fué nunca el cuerpo más intré- pidamente domado. En fin, más tarde reconocí la causa de esta felicidad. A mis años, ningún interés distraía mi corazón, ninguna ambición atravesaba el curso de aquel sentimiento desencadenado como un torrente y que anulaba todos los demás afec- tos. Sí; más tarde amamos solamente la mujer en una mujer, en tanto que de la primera mujer amada lo amamos todo: sus hijos son los nuestros, su casa es la nuestra, sus intereses son los nuestros, su des- gracia es nuestra desgracia mayor; amamos sus vestidos y sus muebles, sentimos más sus pérdidas que nuestra ruina, y nos enfadamos.con las visitas que desordenan los adornos de su chimenea. Este

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santo amor nos hace vivir el uno en el otro, en tan- to que más tarde, ¡ay!, atraemos una vida a nos- otros, pidiendo a la mujer que enriquezca con la frescura de sus sentimientos nuestras facultades empobrecidas. Pronto fuí de la casa, y experimentó por primera vez en mi vida una de esas dulzuras infinitas que son para el alma atormentada lo que un baño para el cuerpo fatigado: el alma entonces se siente refrescada hasta sus pliegues más profun- dos. no puedes comprender esto: eres mujer, y se trata de una felicidad que vosotras dais, sin re- cibirla nunca igual. Sólo un hombre conoce el pla- cer dulcísimo de ser, en una casa extraña, el pri- vilegiado del ángel de aquel hogar, y el centro se- creto de sus afectos; los perros no le persiguen con sus ladridos, los criados reconocen, tan bien como los perros, las insignias ocultas que lleva, y los ni- ños, para los cuales nada se ha falseado, que saben que su parte no disminuye jamás, que conocen su benevolencia y poseen su espíritu de adoración, le lisonjean y adoran, tienen para él esas dulces tira- nías que reservan a los seres adorados, hacen gala de discreciones llenas de gracia, son cómplices ino- centes, se acercan a él andando de puntillas, le son- ríen y se van sin hacer ruido. Las pasiones verda- deras parecen hermosas flores que dan tanto más placer cuanto más ingratos son los terrenos en que nacen; pero si alcancé los deliciosos beneficios de aquella naturalización en una familia donde se en- contraban parientes del corazón mejores que los de la sangre, tuve también sus cargas. Hasta entonces

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el señor de Mortsauf se había contenido delante de mí, y no había visto sino parte de sus defectos; pero bien pronto los conocí extensamente y con todos sus detalles, y vi cuán noblemente caritativa era la condesa al descubrirme sus luchas cotidianas. Co- nocí entonces todas las asperezas de aquel carácter intolerable, vi sus burlas continuas a propósito de nada, sus quejas de males imaginarios; comprendí aquel descontento innato que marchitaba su vida y aquella incesante necesidad tiránica que le hu- biera hecho devorar cada año nuevas víctimas. Cuando paseábamos por la tarde, él era quien di- rigía el paseo; pero, fuese el que fuese, lo encontra- ba siempre fastidioso, y, ya en casa, tachaba a los demás de causantes de su fatiga. Decía que su mu- jer tenía la culpa, llevándole contra su gusto a donde ella quería ir, sin acordarse de que era él quien nos había guiado; se quejaba de que ella le gobernase hasta en los menores detalles de la vida, y añadía que no podía tener voluntad ni pensa- miento propios, y que era verdaderamente un cero a la izquierda en su casa. Si sus durezas encontra- ban un silencio paciente, se irritaba viendo en él un límite a su poder; preguntaba bruscamente si la religión no mandaba a las mujeres complacer a sus maridos, si estaba en el orden despreciar al padre de sus hijos, y concluía siempre por atacar en su mujer una cuerda sensible, experimentando, cuando conseguía herirla, un placer particular en aquellos alardes dominadores. Algunas veces afec- taba un mutismo sombrío, un abatimiento mor-

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boso que aterraba a su mujer, de quien recibía en- tonces los cuidados más tiernos. Sernejante a esos niños voluntariosos que ejercen su poder sin cui- darse de las alarmas maternales, dejábase mimar como Santiago y Magdalena, de quienes estaba ce- loso. En fin, descubrí que, lo mismo en las circuns- tancias más grandes que en las más pequeñas, el conde obraba con sus criados, con sus hijos y con su mujer de igual manera que conmigo en el juego del chaquete. El día que abarqué en todas sus raí- ces y en todas sus ramas aquellas dificultades que, semejantes a las lianas, ahogaban y oprimían los movimientos y la respiración de aquella fami- lia, haciendo cada día más difícil el buen gobierno de la casa, retardando el acrecentamiento de la for- tuna y complicando las acciones más sencillas y necesarias, sentí una sobrecogida admiración que dominó a mi' amor, rechazándolo al fondo de mi corazón. ¿Qué era yo, Dios mío? Las lágrimas que había bebido engendraron en una embriaguez sublime, y hallé una especie de felicidad en parti- cipar de los sufrimientos de aquella mujer. Me había doblegado al despotismo del conde como un contrabandista se somete a pagar las multas; pero desde entonces me ofrecí voluntariamente a los golpes del déspota, para estar más cerca de mi Enriqueta. La condesa me adivinó, me dejó, tener un sitio a su lado y me recompensó permitiéndome tomar parte en sus dolores, como en otro tiempo el apóstata arrepentido, ganoso de volar al cielo con sus hermanos, obtuvo la gracia de morir en el circo.

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—$in usted, esta vida me hubiera matado —me dijo Enriqueta una tarde en que el conde estuvo, como las moscas en verano, más picante, más mordaz y más cruel que de ordinario.

El conde se había acostado, y. Enriqueta y yo nos quedamos bajo las acacias durante las prime- ras horas de la noche: los niños jugaban a poca distancia, bañados por los rayos del sol poniente. Nuestras palabras, raras y casi reducidas a excla- maciones, nos revelaban la semejanza de ideas mutuas, con lo que nos reponíamos de nuestros co- munes sufrimientos. Cuando las palabras faltaban, el silencio secundaba fielmente a nuestras almas, que, por decirlo así, entraban la una en la otra sin obstáculo, pero sin ser invitadas por el beso; y sa- boreando ambas los encantos de un éxtasis pensa- tivo, se aventuraban en las ondulacionos de un mismo sueño, se sumergían juntas en el río y sa- lían de sus aguas frescas como dos ninfas, tan per- fectamente unidas como los celos pudieran desear, pero sin ningún lazo terrestre. Nos arrojábamos en un abismo sin fondo, volviendo a la superficie con las manos vacías, y nos preguntábamos con una mirada:

¡Tendremos entre tantos días uno solo nuestro?

Cuando la voluptuosidad nos coge flores nacidas sin raíces, ¿por qué la carne murmura? A pesar de la enervante poesía de la noche, que daba a los ladrillos de la balaustrada aquellos tonos anaran- jados tan tranquilos y tan puros; a pesar de aque- lla religiosa atmósfera, que nos comunicaba en go-

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nes dulcísimos los gritos de dos niños, el deseo ser- penteaba en nuestras venas como la señal de un fuego de alegría. Después de tres meses, empezaba a no contentarme con la parte que me concedían, y acarició dulcemente la mano de Enriqueta, tra- tando asi de hacerla sentir el voluptuoso sensua- lismo que me abrasaba. Enriqueta volvió a ser la señora de Mortsauf, y me retiró su mano: algunas lágrimas brotaron de mis ojos; las vió, y me dirigió una mirada llena de dulzura, llevando una mano a mis labios. ;

—Sabe usted —me dijo —que esto me cuesta lá- grimas. La amistad que desea tan grandes favores es muy peligrosa,

No pude contenerme, y estalló en reproches, haciendo valer mis sufrimientos y la pequeña re- compensa que pedía por soportarlos. Me atreví a declararle que a mi edad, si los sentidos se recon- centraban en el alma, el alma tenía un sexo; que sabría morir, pero que no moriría con los labios ca- lados. Enriqueta me impuso silencio lanzándome su altiva mirada, donde creí leer el «Y yo, ¡estoy sobre rosas

¡Ay!, tal vez me engañaba de nuevo. Desde el día en que, ante la puerta de Frapesle, había su- puesto en ella aquel pensamiento que hacía brotar de una tumba nuestra felicidad, tenía vergienza de manchar su alma con los deseos de una pasión bru- tal. Tomó la palabra, y con voz dulcísima me dijo que no podía ser toda para mí, que yo ya lo sabía; y en el momento en que decía estas palabras, com-

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prendí que, si obedecía a mi pasión, se abrirían entre nosotros abismos insondables. Bajé la ca- beza, y ella continuó diciendo que tenía la certi- dumbre religiosa de poder amar a un hermano sin ofender a Dios ni a los hombres, y que experimen- taba cierta dulzura haciendo de ese culto una ima- gen real del amor divino, que, según aquel buen San Martín, es la vida del mundo. Si yo no podía ser para ella algo semejante a su viejo confesor, menos que un amante, pero más que un hermano, sería preciso que no volviésemos a vernos, y ella sabría morir llevando a Dios aquel exceso de vivos sufrimientos, soportados no sin lágrimas y heridas.

—Le he dado a usted —dijo al terminar —más de lo que debía, a fin de que no tuviese nada que tomar, y ya estoy castigada.

Tuve que calmarla, prometiéndole no causarle jamás un dolor y amarla a los veinte años como aman los viejos a su hijo último.

Al día siguiente fuí muy temprano; Enriqueta no tenía flores para los vasos de su salón, y me lancé a los campos y a las viñas buscando flores para hacerle dos ramilletes. Pero, cogiéndolas una a una, certándolas por el pie, admirándolas, pensé que los colores y los follajes tienen una armonía, una poesía que hablé a las inteligencias, encantando la mirada, como las frases musicales despiertan mil recuerdos en los corazones amantes y amados. Si el color es la luz organizada, ¿no debe tener un sentido, como las combinaciones del aire tienen el suyo? Ayudado por Santiago y Magdalena, felices los tres al pre-

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parar una sorpresa agradable para la que amába mos, empecé en los últimos escalones de la escali- nata exterior, donde habíamos establecido el cuar- tel general de nuestras flores, dos ramilletes, a los cuales intenté dar un sentimiento. Figúrate una fuente de flores brotando a borbotones de los va- sos, cayendo en olas bordadas, y del seno del cual se levantaban mil votos, simulados por ro- sas blancas que rodeaban un magnífico lirio de cáliz de plata; sobre este fresco tejido brillaban las violetas, lag miosotis, las viperinas, todas las flores azules cuyos celestes matices armonizaban tan bien con el blanco. ¿No era esto dos inocen- cias, la que no sabe nada y la que lo sabe todo, un pensamiento de niño y un pensamiento de mártir? El amor tenía su blasón, y la condesa lo descifró secretamente; dirigióme una de esas mira- das incisivas que parecen el grito de un enfermo tocado en su herida; estaba a la vez timorata y encantada. ¡Qué recompensa habría en aquella mi- tada! ¡Hacerla feliz, refrescar gu corazón!... ¡Cuánto valor! Apliqué, pues, al amor la teoría del padre Castel, y resucité para ella una ciencia perdida en Europa, donde las flores de la escritura reemplazan a las páginas escritas en Oriente con colores perfu- mados. ¡Qué delicia expresar sus sensaciones por medio de esas hijas del sol, hermanas de las flores abiertas bajo los rayos del amor! Pronto me entendí con las producciones de la flora campestre, como cierto hombre, que más tarde conocí en Grandlieu, se entendía con las abejas.

n

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Dos veces por semana, durante el resto de mi permanencia en Frapesle, emprendí el largo tra- bajo de aquella obra poética, para la cual eran necesarias todas las variedades de gramíneas, de las que hice un estudio profundo, menos de botánico que de poeta, ocupándome más su espíritu que su forma. Para encontrar una flor allí donde nacía, con frecuencia íbame muy lejos, a orillas de los arroyos, al fondo de los valles, a la cima de las rocas, en medio de las Jlanuras; y con estas corre- rías llegué a iniciarme en placeres desconocidos para el sabio que vive en la meditación, para el agri- cultor ocupado en sus cosechas, para el obrero clavado en las ciudades, para el comerciante su- jeto a su mostrador, pero eonocidos de algunos pastores, de algunos hortelanos, de algunos soña- dores. Hay en la Naturaleza efectos cuyos signi- ficados no tienen límites y que se elevan a la al- tura de las más grandes concepciones morales: ora un arbusto florido, cubierto de diamantes del rocío que le baña y con los cuales juega el sol, be- lleza inmensa dispuesta para una sola mirada; ora un pedazo de bosque rodeado de rocas ruinosas, vestido de musgo, guarnecido de hiedra que os cautiva por no qué de salvaje y espantoso, y de donde sale el graznido del quebrantahuesos; a veces una landa sin vegetación, pedregosa, cuyos horizontes se parecen a los del desierto, y donde yo encuentro una flor magnífica y solitaria, ima- gen conmovedora de mi blanco ídolo, sola en su valle; a veces, grandes extensiones de agua sobre

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las cuales arroja la Naturaleza manches de ver- dura, especie de transición entre la planta y el animal, donde llega la vida en algunos, y donde flotan hierbas e insectos como flotan los mundos en el éter; ya es una cabaña con un jardín lleno de verdura, rodeado de algunos campos de centeno, símbolo de tantas humildes existencias; ya, en fin, es un descampado semejante a una nave de cate- dral, en que los árboles son pilares, en que las ramas forman los arcos de las bóvedas, y en cuyas ábsides una claridad lejana, matizada por los tintes rojizos del sol poniente, parece que penetra por los erista- les de un coro lleno de pájaros que cantan. Después, al salir de este bosque freseo y frondoso, veréis un barbecho, donde, sobre musgos ardientes y sonoros, unas culebras hartas entran en su casa levantando sus cabezas elegantes y orgullosas. Poned en estos cuadros, ya torrentes de luz, bien nubes grises ali- neadas como las arrugas en la frente de un anciano, o ya los tonos fríos de una tarde de otoño, y escu- chad: oiréis armonías indefinibles en medio de un silencio que conmueve. Durante los meses de sep- tiembre y octubre no hice un solo ramillete que no me costara tres horas de pesquisas: tanto admiraba, con el suave abandono de los poetas, esas tugiti- vas alegrías en que para se juntaban las fases más opuestas de la vida humana, majestuoso es- pectáculo que va a registrar ahora mi memoria. Hoy me sucede con frecuencia unir a estas grandes escenas el recuerdo del alma antes dilatada en la Naturaleza; aun sigue siendo para la soberana

ya

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cuyo vestido blanco ondeaba en los setos, flotaba sobre el césped, y cuyo pensamiento se alzaba como un fruto prometido de cada cáliz, lleno de estambres amorosos. Ninguna declaración, ninguna prueba de pasión insensata tuvo contagio más violento que aquellas sinfonías de flores en que mi deseo enga- ñado me hacía desplegar los esfuerzos que Beetho- ven expresaba en sus notas: vueltas profundas so- bre mismo, arranques prodigiosos hacia el cielo, La señora de Mortsauf no era más que Enriqueta ante aquellas flores; comprendía todos los pensa- mientos que yo expresaba con ellas, y me sentía recompensado cuando, para recibirlas, alzaba la cabeza diciendo:

—¡Dios mío! ¡Qué hermoso es esto!

Se comprende esta deliciosa correspondencia por el detalle de un ramillete, como se comprende a Saadí por un fragmento de poesía. ¿Has sentido en el campo, durante el mes de mayo, ese perfume que comunica a todos los seres la embriaguez de la fecundación; que hace, cuando logras deslizar tus manos en el agua del río, que entregues a merced del viento tu cabellera y que tus pensamientos se eleven con los tallos de las flores? Una hierbecilla, la menta odorífera, es uno de los más poderosos principios de esta armonía inexplicable; así nadie puede tenerla impunemente junto a sí. Poned en un ramillete sus hojas brillantes y rayadas como una tela de listas blancas y verdes: exhalaciones inago- tables removerían en el fondo de vuestro corazón las rosas en capullo que el pudor aplasta con su

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peso. En derredor de la boca del vaso de porcelana suponed una fuerte margen compuesta únicamente de esas hojas, peculiares de las viñas de Turena, vaga imagen de las formas queridas, plegadas como las de una esclava sumisa. De allí salen las espira- les de las enredaderas de campanillas blancas, las ramitas de la onónide rosa, mezclada con algunos helechos, tallos nuevos de encina con hojas lustro- sas y magníficamente coloreadas; todas avanzan prosternadas humildemente como sauces' llorones, tímidas y suplicantes como plegarias. Por encima de esto, ved las fibrillas sueltas, floridas y sin cesar agitadas de brizna purpurina que vierten en oleadas su polen amarillo; las pirámides de la hierba del campo, los penachos puntiagudos de esas gramas Jlamadas las espigas del viento, violadas esperanzas de que se coronan los primeros sueños y que se destacan sobre el fondo gris del lino, donde la luz brilla entre sus matas en flor. Más arriba, algunas rosas de Bengala entre las dentadas hojas de la za- nahoria silvestre, las plumas del lino, los marabúes de la reina de los prados, los blondos cabellos de la clemátide en fruto, las aspitas de cruciata, blanca como la leche; los corumbos de mil hojas, los tallos de la fumaria de flores rosadas y negras, los ensor- tijados de la vid, los vástagos tortuosos de la ma- dreselva, en fin, todo lo que esas cándidas criaturas tienen de más desmelenado, de más desgarrado, de llamas y de triples dardos, de hojas lanceoladas, desbriznadas, de tallos atormentados como los de- seos enroscados en el fondo del alma. Del seno de

145 este prolijo torrente de amor que se desborda se alza una magnífica y doble adormidera roja, acom: pañada de sus botones próximos a abrirse, desple-, gando las llamas de su incendio por encima de los; jazmines estrellados y dominando la lluvia ince- sante de polen, nube hermosa que revolotea en el aire reflejando la luz de sus mil partículas brillantes. ¿Qué mujer, embriagada por el aroma de Afrodisio oculto en la menta, no comprenderá el lujo de ideas sumisas, la ternura turbada por movimientos indomables, el ardiente deseo del amor que pide una felicidad rehusada en las luchas cien veces en- tabladas de la pasión continua, infatigable, eterna? Poned uno de estos ramilletes, de estos discursos de flores, en plena luz, a finde mostrar sus frescos detalles, sus delicadas oposiciones, sus arabescos para que vuestra reina vea conmovida una flor de la que cae una lágrima, y estará tan a punto de ceder, que será necesario que un ángel o la voz de sus hijos la retengan al borde del abismo. ¿Qué damos a Dios? Perfumes, luz y cantos, las expre- siones más puras de nuestra naturaleza. Pues bien; todo lo que se ofrece a Dios, ¿no lo ofrecemos también al amor en ese poema de las flores que despierta incesantemente las melancolías del cora- zón, acariciando voluptuosidades ocultas, esperan- zas no confesadas, ilusiones que se inflaman y se extinguen como las estrellas errantes en una noche templada?

Estos placeres neutrales nos sirvieron de mucho para engañar la Naturaleza, irritada por la continua

AZUCENA.—T. 1, 10

se yal

/ 5p Ú !

e

146 o contemplación de la persona amada, y fueron para mí, pues no me atrevo a decir para ella, como esas hendeduras por las cuales brotan las aguas conte» nidas por una barrera invencible y que impiden con frecuencia una desgracia, dando su parte a la necesidad. Sin embargo, más de una vez he sor- prendido a Enriqueta ante uno de aquellos ramille- tes, con los brazos caídos, abismada en esos ensue- ños tempestuosos durante los cuales los deseos hin- chan el pecho, animan la frente, llegan a oleadas, se estrellan espumosos y dejan en el alma una lasi- tud enervante. ¡Desde entonces no he hecho un ramillete para nadie! Cuando hubimos cercado ese lenguaje para nuestro uso, experimentamos un con- tento análogo al del esclavo que consigue engañar a su amo.

Durante el resto de aquel mes, cuando corría yo por los jardines, veía a veces su rostro pegado a los eristales; pero al entrar en el salón la encontraba junto a su bastidor. Si no llegaba a la hora conve- nida, sin que jamás nos la hubiéramos indicado, con frecuencia veía su blanca forma sobre la azotea, y cuando la sorprendía esperándome me decía:

—He venido antes que usted. ¿No hay que tener un poco de coquetería para el último hijo?

Los crueles partidos de chaquete entre el conde y yo habían quedado interrumpidos. Sus últimas adquisiciones le obligaban a una porción de corre- rías, de reconocimientos y de mediciones, y estaba ocupado en dar órdenes para vigilar los trabajos campestres, que reclamaban el ojo del amo y que

r So: Entra LA LS 7 dd > se decidían “entre su mujer y él. Le condésa y fo -

A íbamos con frecuencia a encontrarle en sus nuevas

C posesiones, acompañados de los dos niños, los cua-

les, durante el camino, corrían detrás de las mari-

posas, y hacían también ramilletes o, mejor dicho,

[ informes grupos de flores. ¡Pasearse con la mujer

| amada, darle el brazo, facilitarle el carmino!... Esas

alegrías infinitas bastan para una vida. ¡Era en-

l tonces tan confiada nuestra conversación! Ibamos solos y volvíamos con el general, sobrenombre de

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| '

cariñosa broma que dábamos al conde cuando éste * estaba de buen humor. Estas dos maneras de hacer el camino matizaban nuestros placeres con oposi- ciones y contrariedades cuyo secreto sólo conocen | los corazones turbados en su unión. A la vuelta, las / mismas felicitaciones, una mirada, un apretón de manos, pero entremezclados de inquietudes. La pa- ' Jabra, tan libre a la ida, tenía a la vuelta misterio- A. sas significaciones, cuando uno de nosotros encon traba después de algún intervalo una respuesta a interrogaciones insidiosas, o cuando una discusión comenzada continuaba bajo esas formas enigmá- ticas a las cuales se presta tan bien nuestro lenguaje “y que crean tan ingeniosamente las mujeres. ¿Quién. no ha gozado el placer de entenderse así, como en una esfera desconocida, en que las almas se separan de la multitud y se unen, engañando las leyes vul- gares? Un día tuvs una loca esperanza, prontamen- to desvanecida, cuando, a una pregunta del conde, " que quería saber de qué hablábamos, contestó En- riqueta con una frase de doble sentid